Hay sitios donde está complicado nacer. O no nacer, pero sí vivir. Eso le pasó a Berta Cáceres, que viene al mundo el cuatro de marzo de 1971 en La Esperanza, Honduras, un país hermoso y rico y por tanto bocado apetecible para ser devorador por las fauces capitalistas que suelen ojear los rincones de esa América depauperada y empobrecida pero llena de vida y orgullo, para aumentar su capital.
El padre es José Dosé Cáceres Portillo y la madre María Rusta Berta Flores, que además de partera y enfermera fue alcaldesa en tres ocasiones además de activista durante toda su vida por los derechos humanos, derechos sobre la tierra y defensora del pueblo Lenca, al que pertenecen.

La niña Berta creció viviendo el acoso, la persecución, el secuestro y el injusto encarcelamiento de su madre, quien supo trasmitir a todos sus hijos que la vida se lucha porque los derechos no prescriben y ningún poder puede contra la voluntad férrea de un pueblo unido. La casa familiar de los Cáceres acogió a exiliados de los pueblos vecinos, se luchó contra los golpes de estado y cualquier tiranía que suponía detrimento de las libertades.

Con esos sesgos, siendo aún muy joven, Berta Cáceres toma partido por su pueblo. Pero no solo, se da cuente de que siendo mujer lo tienen más difícil y se cuestiona por qué. Nos lo cuenta ella con estas palabras: “no es fácil ser mujer dirigiendo procesos de resistencias indígenas. En una sociedad increíblemente patriarcal las mujeres estamos muy expuestas, tenemos que enfrentar circunstancias de mucho riesgo, campañas machistas y misóginas. Esto es una de las cosas que más puede pesar para abandonar la lucha, no tanto la transnacional sino la agresión machista por todos lados”.

Su conciencia la lleva hacia un feminismo de lucha campesina y cultural. Sus hermanos son baleados varias veces, secuestrados por el poder corrompido de unas zonas dejadas de dios y cercadas por el hambre del infierno capitalista. Berta Cáceres se casa con otro luchador indigenista, Salvador Zuñiga y tienen cuatro hijos.
La madre, María Rusta Berta Flores, es elegida gobernadora de Intibucá y diputada al Congreso. A la joven Berta, que ya anda inmersa en luchas contra el colonialismo cultural y el espolio brutal que sufre su pueblo, le llegan noticias de que hay maquinas grandes bordeando el río Gualcarque, con la idea de realizar una presa hidroeléctrica de capital extranjero. Se trata de privatizar el rio sagrado de los Lenca, de entregarlo a las multinacionales para su explotación en kilovatios que alumbren grandes urbes. Y es el rio sagrado lo cual enfurece al pueblo Lenca.

Berta Cáceres cofunda en 1993, el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH) para defender los derechos de su pueblo y el territorio, organización que dirige y que lucha prioritariamente en contra la privatización de la tierra. Nadie ha consultado al pueblo Lenca, que habita la tierra desde tiempo ancestral. Nadie les ha pedido permiso para arrasar su rio porque es seguro que jamás lo hubieran cedido.

El poder económico mundial es así, toma, roba, arrebata lo que considera oportuno y si hay que eliminar la gente que se opone, se hace y listo. Desde el primer momento la lucha contra la presa de Agua Zarca une a la gente lenca enfrentándose al poder de la familia Atala Zablah accionista mayoritaria de la empresa DESA que explota las obras y la presa futura. Esta presa supone el desplazamiento de comunidades indígenas y la privatización de ríos y territorios habitados desde el ancestro por los mismos que la defienden. Se concesionaron territorios de los pueblos indígenas negros, destinándose casi el 30% del territorio nacional a concesiones mineras. COPINH denuncia en 2010 que el Congreso Nacional otorgó docenas de concesiones de ríos en toda Honduras, porque no es solo es el río Gualcarque que se concede por veinte años a la empresa DESA, para que lo explote, sino que hay muchos más. El rio de los Lenca, además de sagrado, proporciona los alimentos y medios de vida a los pueblos indígenas

Además de los ríos que quieren destrozar se ha regalado parte del país a los capitales extranjeros.
Hasta entonces, Cáceres era conocida por su incansable labor en oposición a la tala ilegal, las grandes agroindustrias, las bases militares pero a partir de ese momento, planta batalla contra los proyectos de represas hidroeléctricas que amenazaban a las comunidades indígenas. Sin tregua y sin descanso.

Su activismo y capacidad de liderazgo la convierten en demasiado molesta para DESA, lo que supone riesgos graves. Comienza a recibir numerosas amenazas de muerte . En 2015, fue galardonada con el prestigioso Premio Ambiental Goldman, considerado el más alto honor del mundo para los activistas ambientales de base por lo que su prestigio internacional se dispara. Ya es una voz escuchada, su organización gana gente para la causa y la participación en contra de la presa se convierte en algo muy incómodo para los poderosos que pretenden morder la tierra y arrebatarla a sus dueños.

Y como ha ocurrido en muchas ocasiones en las tierras de América Latina, o en cualquier parte del mundo, cuando hay oposición al capitalismo, este se torna asesino.
El 2 de marzo de 2016, Berta Cáceres es asesinada en su casa en La Esperanza, Honduras. El crimen provocó indignación internacional y puso de relieve los peligros que enfrentan los defensores del medio ambiente y los derechos humanos en Honduras en cualquier parte del mundo. El escandalo trasciende y tanto el COPINH como su familia impulsan la nueva lucha para señalar y conducir a los culpables a la cárcel.

Su hija, toma la antorcha dejada por la madre, por la abuela, por los ancestros y se consigue que, en 2018, siete hombres, incluidos empleados de la empresa de la represa DESA y exmilitares, fueran condenados por su asesinato. En 2021, un ejecutivo de DESA, Roberto David Castillo, también fue declarado culpable como coautor del crimen. El unico implicado de la familia Atala Zablah, David Atala Midence es condenado pero sigue prófugo y perseguido por la Interpol. Los asesinos son antiguos militares, conocidos sicarios del poder político y económico. Los culpables son otros. La construcción de la presa se para y el legado de Berta Cáceres se ha trasformado en bandera mundial de la lucha por la tierra, el feminismo indigenista y la lucha anticapitalista.

“Tú tienes la bala, yo tengo la palabra; la bala muere al detonar, la palabra vive cuando se replica«, sigue siendo un poderoso símbolo de su perdurable compromiso con la justicia y los derechos humanos.
Inolvidable, Berta Cáceres. La lucha y la simiente de sus ancestros ha crecido y sigue adelante.
María Toca Cañedo©

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