Reconozco la fascinación que de siempre me han producido los malvados. Entiendan, malvados literarios; esos seres perversos que juegan a ser dios maltratando y malmetiendo a la gente contra la que no tienen nada, incluso ni conocen.
Recuerdo a una profesora de filosofía que se nos enfadaba mucho cuando hablábamos de gente mala. Argumentaba, la inocente, que no existía la maldad. Que era un constructo social o una simple torcedura moral producida por un trauma. Yo rebatía con firmeza el argumento porque he tenido la desgracia de conocer de cerca a elementos perversos sin fisura. Seres que pudiendo elegir ayudar a una viejecita caída en el suelo, si no había miradas indiscretas, la pateaban. Seres disfrutadores de maldades obscenas de las que apenas obtenían redito.

Lo presenciamos en los patios de los colegios, incluso en las guarderías. Nenes monísimo que empujan, se ríen de quien se mea a destiempo o ponen motes crueles a compañeros/as “la gorda, la gafotas, la sucia, la tonta, el mongolo, el cojo…” La única forma de controlar a estos pequeños seres malvados son las estrictas normas de convivencia, estructuras firmes de control para que no se desmanden y controlen su maldad ante la posibilidad de castigo en caso contrario.
Ignoro si algo se torció en su primera infancia o en el útero materno, pero es constatable que hay personas perniciosas socialmente. Incluso si sufrieron traumas indelebles, la persona –si está sana mentalmente, claro— puede elegir tratarse para encauzar su comportamiento o convertirse en cabrones de categoría.

¿Qué hacemos con los pederastas, violadores o criminales psicópatas? Es evidente que las leyes protegen, mal que bien, a la sociedad de los seres infames. Una leyes humanizadas y pactadas por personal experto que canalizan la perversión o la controlan. Y no hay sociedad autogestionaria que valga. Hay que poner normas firmes que protejan al común de la sociedad.
¿Qué pasa en la mente de una persona que golpea a gente famélica, encerrada durante días en vagones de la muerte o azuza perros hambrientos de carne humana contra ellos? Contaba Primo Levi que lo más incomprensible para la mente sana era ver la ira sin motivo. Estoy convencida de que ante determinados estímulos el nivel humano de agresividad irracional nos puede convertir en crueles o en asesinos. Pero ¿ cómo es posible ser cruel sin estimulo alguno? Si usted al pasear por la calle contempla a un ser humano solicitando limosna, tullido, caído en el suelo, o despeñado en un barranco ¿le sale ayudarle o rociarle de gasolina y prenderle fuego?

Hay mucha, infinita gente que hace lo primero. Y algunos miserables que optan por lo segundo. Esperamos que pocos. Durante el Holocausto la premisa de ira sin motivo estaba clara. La crueldad criminal más absoluta tomó el poder convirtiéndose en política de estado. Patear, quemar, torturar hasta lo indecible, matar de hambre, esclavizar, violar…a un/a proscrito se premiaba.

Las/os kapos de los campos de concentración eran promovidos a puestos superiores cuanto más crueles se mostraban, cuanto más afinaban la tortura y el exterminio. La burla del desgraciado era símbolo de poder. La crueldad azuzando perros hambrientos contra seres indefensos, niños/as, ancianos en muchos casos, se condecoraba. Hacer pantallas con piel humana, utilizar las joyas, o los visones robados de quienes caminaban hacia la cámara de gas fue forma política del nazismo premiada con cargos.

El mayor lamento que en la biografía realizada al pie del cadalso por Rudolf Höss, no eran los cientos de miles de seres exterminados bajo sus órdenes, sino que las autoridades nazis no le escucharon cuando propuso reformar Auschwitz para, en vez de quemar tres mil cadáveres al día, poder hacerlo con diez mil, lo que hubiera supuesto un avance en la efectividad de la Solución Final. No sé si saben que el mayor problema de los campos de exterminio nazis era la eliminación de cadáveres. La producción excedía con mucho a la capacidad de absorción de los cuerpos.
Höss se ufanaba de que bajo su dirección Auschwitz había tocado el cielo de la efectividad. Y eso lo escribió después de ser juzgado y condenado. Escribía para la historia.

En la guerra de España no se llegó a tanto, pero casi. Les aseguro que he escuchado verdaderas atrocidades, algunas de ellas las encontrarán en las páginas de Memoria de este magazine. Como, por ejemplo, se ensañaban las “amigables” vecinas de la viuda de Cortezón cortando el cable de la luz, o lanzando una patada al cubo de agua de la fuente publica. Todo realizado por simpáticas vecinas contra una viuda de fusilado con siete hijos a cargo. O como devolvieron a la madre de los Grillos al tercero de sus hijos reventado a golpes después de meses de pasar por la Dirección de Seguridad que hoy sirve en Sol de escaparate a la presidenta, que niega una lapida que nombre lugar de Memoria al edificio que fue máquina de triturar inocentes. El delito del último de los hijos de esta mujer, fusilados los dos anteriores, era haber sido sorprendido con un carnet de UGT que cayó al suelo cuando la Guardia Civil solicitó documentación. Regresado al hogar, solo duró una semana. Tres hijos. Tres asesinados y una vida de miedo que llegó hasta la muerte.

Los infames que azuzaban a los presos en los campos de trabajo, que delataban al vecino para quedarse con la finca lindante o con las vacas. La envidia solapada que hacía sonreír a algunos cuando las madrugadas se teñían de rojo en cementerios y barrancas y las casas cuartel rezumaban sangre de las palizas infringidas a detenidos con vergajos, picanas, inmersiones…Todo eso era un envilecimiento social como el ocurrido en la Alemania nazi producido por contagio provocado por la permisividad inicial de la maldad más sobrecogedora que pueda contemplar la historia.

No es que de pronto Rudolf Höss, o los guardias que patrullaban las brañas de Liébana y que frustrados por no cazar al maquis que era dueño del monte, se ensañaran con la novia, la hermana o la madre. No, es hasta posible que esa gente tuviera gestos bondadosos durante su juventud porque estadísticamente no hay tal cantidad de psicópatas o de malvados extremos. Es hasta probable que no fueran los malotes del colegio, a lo mejor eran sumisos y amables.

¿Qué ocurre para que personas normales se conviertan en monstruos de maldad? Por un lado, se produce un deslizamiento sutil y larvado hacia conceptos que salen de la norma de la bonhomía. Si no estás muy formado moralmente en la ética humana y contemplas varias veces que golpear entre varios a un homosexual con pluma y te produce risa, además de engrandecer la hombría y no tiene condena social, es posible (solo digo que es posible) que un día te unas al coro del maltrato y te ensañes con una mujer trans, o un moro o subsahariano.

Si golpeas levemente a tu compañera de vida y nadie lo afea, considera la sociedad que algo habrá hecho o simplemente su actitud cuestiona la autoridad marital masculina, es muy posible que la próxima vez, en vez de bofetón, sea puñetazo o incluso en momento de cólera se le descerraje el bazo a cuchilladas. Si te están gritando en redes, en medios de difusión populares que no tienes casa, que no has podido estudiar o tener un trabajo que emule el lujo de Llados, por culpa del extranjero que viene a robarte lo que es tuyo. Si te insisten que la cultura de tu país, o que tus mujeres (tuyas, de nadie más, ni de ellas mismas) son violadas por los subsaharianos que llegan como hordas para arrebatar, invadir y robar lo que es tuyo, es muy posible que un día tomes una antorcha, te coloques un pañuelo sobre la cara e incendies los campamentos en las que duermen temporeros que cobran a cuatro euros la hora para que tú comas fruta barata o pescado fresco y asequible.

Si el que posiblemente sea presidente de tu país, en entrevistas, confirma que la ley de eutanasia está mal diseñada y que el aborto va a perder parte de sus condiciones liberatorias para las mujeres y que si a tu casa llega alguien pide una pizza, se la traen encastillándose en ella por lo que no podrás recuperar tu hogar porque el okupa muestra como prueba de propiedad el recibo de la pizza. O el posible vicepresidente del país te jura que todos los crímenes sexuales los comenten subsaharianos, o que los musulmanes nos van a arrebatar las catedrales para hacer mezquitas con ellas ( copiando a las hordas cristianas, que tomamos la Mezquita de Córdoba y la reconvertimos en catedral)

Si los presidentes de países cultos y poderosos, aka EEUU, Argentina, insultan y vejan a periodistas, presidentes de países amigos, o se saltan las normas diplomáticas y de la corrección normal y lo trasmiten al mundo entre risas complacientes diciéndote que es así como se gobierna, tú que no estás muy formado en ética social, es posible que en vez de juzgar a los interfectos como gangrenosos sociales, maleducados que recibirían collejas de abuela, te sientas orgulloso de su comportamiento. Si en vez de censurar las actitudes insultantes, los medios afines los agasajaran considerando “valentía” a la absoluta falta de educación y humanidad, es muy posible que, a tu profesor, padre, hermano, novia, esposa, hijo, les agredas verbalmente porque no vas a ser menos que Trump, Bolsonaro, Milei o de la Espriella.

Si los presidentes electos que pierden elecciones asaltan los parlamentos por la fuerza. Si el opositor duda de la limpieza democrática de unas elecciones que es muy posible que gane, pero por si acaso las pierde, lanza dudas…Es altamente posible que una persona no muy formada moralmente o con escasos conocimientos en leyes y estructuras democráticas, se lance enfurecido al asalto de los centros de poder.
Y todo lo expuesto nos van a llevar hacia un camino que se ha recorrido antes con resultados apocalípticos. Decía Churchill (fíjense que era un conservador a ultranza además de elitista en grado sumo) que para hacer política había que saber mucha historia.
El problema es que, o bien nuestra derecha no ha leído nada de la historia reciente del mundo, o si lo ha hecho les importa un pijo las consecuencias porque lo único que quiere es el poder para disfrutar de la crueldad que supone el sometimiento del/a adversaria. Ambas opciones son posibles.

No es difícil convertirse en perverso social. Como comprobó y desarrolló Hanna Arent, afirmando que los psicópatas con caras de asesinos no son frecuentes. El camino de la barbarie se ha recorrido en el pasado siglo en varios lugares del mundo siendo harto posible que la anciana Europa no aguante otra embestida. No es descabellado pensar que si escuchamos y vemos como se eliminan la gratuidad de los medicamentos (Argentina) como se expolia la Sanidad Pública (España) y también la enseñanza pública. Si reímos la gracia de un demenciado que ha bajado las pensiones de jubilados un 40% y lo queremos importar a nuestro país, no es descabellado pensar que concertemos con la otra demenciada eso de “se iban a morir igual” Por tanto nos parezca normal dejar solos a los ancianos ahogándose entre estertores y dolor, o dejemos sin protección a las maltratadas para que las maten sus hombres con el fin de restituir el patriarcado histórico un poco maltrecho bajo la cultura woke. También es harto probable que dejemos que los pueblos y los montes se incendien porque no vamos a pagar bomberos todo un año ¿generan riqueza los sanitarios, bomberos, maestros? No, por tanto, a la mierda. Todo es mercado y mercadeable.

Ya lo dijo el demenciado Milei. La justicia social es lo peor, una infame forma de convivir. Quien se caiga del proceso social que se muera. El paso siguiente puede muy bien ser crear campos de trabajo para los “poco aptos” y hornos para eliminar el problema de exceso de producción de cadáveres.
Lo que hoy nos parece intrascendente, incluso sonreímos ante improperios o insultos vejatorios que destrozan vidas a golpe de calumnias en prime time, puede saltarnos a la cara en no mucho tiempo.
El quince de noviembre de 1935 se publicaron las leyes de Nuremberg. Fueron aprobadas por el Parlamento alemán. En ellas se desposeía de la nacionalidad a judíos alemanes y se proporcionaron normas para examinar la procedencia racial del pueblo alemán.

El catorce de mayo 1948 se creo el estado de Israel desposeyendo a la población palestina de su tierra, nacionalidad y derechos…Fue la ONU quien lo hizo.
Lo que siguió después de las Leyes de Núremberg como de la invasión a Palestina no debió de sorprender a los parlamentarios ni al pueblo, en este caso alemán , que entusiasmado recibía al Fhürer con palmas y alegría. Y miren que había contado todo lo que vino después en su libro que fue publicado justo el dieciocho de julio de 1925…

Los alemanes tuvieron tiempo de leerlo y de escuchar al austriaco tóxico, lo que pasa es que pensaban que exageraba o que podrían dominarle. Tal como refiere la extraordinaria película Cabaret, a la oligarquía alemana les parecía perfecto que esos chicos nazis controlasen a los bolcheviques que estaban siendo molestos…La historia nos cuenta como siguió la peripecia.
Reitero la recomendación de Churchill, para hacer política hay que saber mucha historia.
Atento Feijoo y adeptos, no te pase como al capitalista de Cabaret.
https://www.youtube.com/watch?v=0XICof7BxSs
María Toca Cañedo©

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