Hay violencias que no dejan marcas visibles pero que hieren en lo más profundo. Una de ellas es el despojo simbólico de la identidad: ese proceso en el que otra persona intenta, y a veces consigue, apropiarse de tus espacios, tus vínculos y hasta tu saber, con la intención de dejarte «sin sitio» en tu propia vida.
Lo devastador es cuando esto viene de alguien que se presenta como amiga. Alguien que empieza a pedir amistad y a seguir en redes sociales a todos tus contactos, incluso los más periféricos y que al poco tiempo organiza planes con ellos sin avisarte.
Después y enseguida se refiere a ese grupo como “mis amigas”, “mi familia elegida”; un círculo que tú misma habías tejido durante décadas. Es un movimiento intencional que borra y te deja fuera de lo que tú sembraste.
Las escenas se repiten:
Una tarde te dice con naturalidad: “Acabo de hablar con mi amiga X y la van a operar. ¿Lo sabías?”
X es como una hermana para ti, hablas con ella a diario y, de hecho, fuiste tú quien las presentó.
En una conversación comenta ligeramente anécdotas tuyas delante de otras personas como si fueran suyas.
Te habla de cursos y talleres a los que tú habías asistido, como si conociera a los profesionales que los impartieron y mimetizando vivencias que no eran suyas. Tu desconcierto se hace carne.
Te lanza frases que devalúan, envueltas en un tono supuestamente halagador: “Si yo tuviera toda tu formación me comería el mundo y mira tú dónde estás”.
En redes sociales llega incluso a presentarse con tu misma profesión tras un curso de apenas un mes, nombrándose con un título que corresponde a tu trayectoria, no a la suya.
Y así decenas de movimientos sinuosos.
En estos vínculos aparece también y vas notando un movimiento perverso: la instrumentalización.
No se trata solo de apropiarse de espacios, sino de usarte como trampolín mientras, al mismo tiempo, se te resta valor.
Un ejemplo: te etiquetan en un post en redes sociales para atraer a tus seguidores —porque tú tienes más— sin siquiera avisarte.
Y cuando lo nombras, la respuesta no es disculpa sino burla: “era un post colaborativo; además, tú sales más guapa que yo en esa foto, que lo sepas”.
Ahí queda expuesto el mecanismo: te uso para ganar visibilidad y, de paso, te coloco en un lugar incómodo con un comentario que te rebaja. Subirte y bajarte en un mismo gesto.
Ese despojo alcanza también lo profesional.
Es un golpe brutal: tu identidad, tu esfuerzo y tu voz convertidos en un disfraz que otra se cuelga para brillar a tu costa.
En ese momento piensas que estás enloqueciendo o con dosis de paranoia: ¿cómo es posible que alguien tan cercana use tu vida, tus saberes y tus vínculos para intentar sustituirte?
A todo esto se suma la violencia del discurso externo que culpabiliza cuando nombras lo que sucede: “lo que pasa es que no te gusta que tus amigos se hagan amigos de otros”.
Una acusación falsa, porque siempre fuiste tú quien los presentó, quien tejió puentes.
Pero esa frase cumple una función: silenciar tu herida, desacreditar tu percepción y colocarte en el lugar de la celosa, la posesiva, la exagerada. Es gaslighting en estado puro, la negación de la realidad que estás viviendo.
Con el tiempo entendí que lo que estaba ocurriendo tenía nombre: envidia, rivalidad y narcisismo relacional.
Y que el grupo, en lugar de cuestionar esos movimientos, los avalaba. Porque en toda red siempre hay una figura que lidera y a menudo los demás optan por adaptarse a ella en lugar de confrontarla. Ese aval colectivo es otra forma de violencia: valida a quien usurpa y deja aún más aislada a la persona desplazada.
Cuando pude reconocer esto, salí.
Salí de ahí porque comprendí que no era “inseguridad” ni “mala suerte”, sino un patrón claro de despojo simbólico.
Nombrarlo me permitió dejar de dudar de mí y recuperar la autoría de mi vida lejos de esa persona.
Este no es un asunto privado ni anecdótico. Lo que está en juego es más amplio y político.
Porque el despojo simbólico de la identidad se enmarca en un guion cultural donde a las mujeres se nos enseña que no cabemos todas. Que el mundo es demasiado estrecho para dos, y que hay que hacer el movimiento de “quítate tú para ponerme yo”. Donde podría haber alianza, sororidad y sostén mutuo, se instala la lógica patriarcal de la rivalidad y la apropiación.
Lo que duele no es solo la exclusión de una amistad, sino el reflejo social: ver al grupo avalar a quien usurpa mientras tú quedas aislada y etiquetada como la conflictiva. Es un borrado colectivo que cala hondo en la identidad y hace tambalear la confianza en la propia percepción.
Nombrar este proceso es un acto de reparación. Fue violencia simbólica, una forma de usurpación y exclusión que se disfraza de amistad. Y justamente por presentarse en clave íntima y afectiva, resulta tan devastadora.
Sanar implica recuperar la autoría y también politizar la experiencia: comprender que no se trata de algo personal aislado, sino de una violencia que responde a un sistema que nos quiere enfrentadas, invisibilizadas y dudando de nosotras mismas.
Frente al despojo, la respuesta feminista es clara: ensanchar el mundo. Romper la lógica del “solo hay sitio para una” y construir espacios donde todas podamos brillar sin que el brillo de una implique la sombra de otra.
Porque lo que trataron de arrebatar no era solo una red o un título: era el derecho a existir con autenticidad.
Y ese derecho, al nombrarlo, lo recuperamos.
Lejos de mí, lejos, todos esos juegos relacionales.
Mi ingenuidad y mi necesidad imperiosa de pertenencia ya no están al frente.
Ahora defiendo lo mío y no me voy ni esquino yo.
Yo no me voy.
Que ha costado un mundo llegar hasta aquí.
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso.

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