Esto no es la primera vez que nos pasa. Lo del cambio radical del mundo en el que vivimos, digo. Napoleón Bonaparte y su ambición por anexionarse trozos de tierra podría ser el que hoy es nuestro Donald Trump, mientras que la Revolución Industrial del siglo XVIII supuso el cambio radical que, sin duda, hoy veremos con el desarrollo de la imparable inteligencia artificial.
Cuando reflexiono sobre determinados periodos de la historia especialmente rupturistas, mi cabeza siempre echa a volar pensando: ¿cómo lo vivieron las gentes de aquella época? ¿Eran conscientes del momento histórico que estaban atravesando? No son preguntas fáciles de contestar, pues el obstáculo del paso del tiempo, la perspectiva y el
contexto es bien profundo pero, por suerte para nosotras, el arte nos ha dejado testigo de aquel sentir para acompañar (y ayudar a sobrellevar) nuestra vivencia presente y, personalmente, el “Monje a orillas del mar” (1809) de Caspar David Friedrich es la obra que mejor representa mi sentir en este momento de la historia.
Siendo uno de los grandes maestros del paisajismo del siglo XIX y destacado representante del Romanticismo alemán, Friedrich representó como nadie la íntima compenetración del ser humano con la naturaleza, la capacidad de asombrarse con su grandeza infinita y, en consecuencia, la toma de conciencia de nuestras limitaciones. En este óleo sobre lienzo, un enorme cielo ocupa la mayor parte de la superficie del cuadro en el que no podemos ni definir si es de día o de noche. Abajo en una zona rocosa se distingue (casi con dificultad) la figura del monje, que contempla el horizonte con actitud pensativa llevándose la mano al rostro.
Friedrich (ni ningún otro ser humano presente o pasado) nos es ajeno. Su vida no fue fácil en lo personal, tampoco en lo colectivo, pues en el año 1813 tuvo que ver como Bonaparte y sus tropas asediaron su ciudad natal, la localidad alemana de Dresde. Más de doscientos años después, otro niño malcriado y caprichoso en el cuerpo de un adulto, aterroriza y amenaza al mundo, y la estupefacción de nuestro monje, parece poca.
Como dice Argan respecto al género paisajístico del Romanticismo “la naturaleza no es sólo fuente del sentimiento” sino que “también produce pensar” y los paisajes de Friedrich son mucho más que una bonita panorámica. Son rebeldía y reivindicación, contemplación frente a urgencia, reflexión frente a pensamiento autómata. Pero sobre todo, un recordatorio de nuestra insignificancia.
Quién pudiera coger a todos los sátrapas que se creen con algún poder en este mundo y ponerles frente a este lienzo, para que sientan la soledad, el silencio y el freno en seco a la vertiginosidad del tiempo. Pero sobre todo, para que se sientan tan pequeños como ese monje ante la inconmensurable fuerza de la naturaleza. Porque de ahí venimos y
allí volveremos, y eso nos hace iguales, aunque no quieran. Porque la humanidad es una, y todas las vidas importan. Porque están equivocados, pero aún no han tenido la suerte de darse cuenta y quizás, nunca la tendrán.
Noemí Gómez Pereda.

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