Las próximas décadas serán un tiempo de recomposición moral, política e ideológica de la izquierda bajo una ola de gobiernos autoritarios a veces totalitarios y siempre neoconservadores. Simplifico y por tanto sé que me equivoco, pero mi análisis de las derivas de los últimos veinte años, que han visto tantas transformaciones en el mundo, es, a grandes rasgos, la siguiente:
La política de izquierdas se ha dividido en dos grandes líneas que ahora muestran un agotamiento en la recepción general de la ciudadanía: la política de las pequeñas conquistas legislativas que se suponen irreversibles. La tesis es que la sociedad puede transformarse mediante logros legislativos que hacen del Estado un instrumento efectivo de cambio. Es la línea socialdemócrata política (Psoe, IU) o sindical (CCOO). La segunda línea, en general basada en movimientos sociales, ha sido la confianza en las políticas del agravio, anticipaciones milenaristas y una filosofía política de construcción de un demos basado en la constitución de una barrera “nosotros/ ellos”.

En la oposición nos hemos encontrado con una línea política neoliberal muy simétrica de la socialdemócrata en la que también se concibe la política como una acumulación de pequeñas reformas orientadas a proteger los mercados abiertos. La segunda línea, la neoconservadora, ha adoptado una filosofía política especular de la izquierda no socialdemócrata: la construcción de un bloque “nosotros/ ellos” basado también en políticas de agravio y guerra cultural y un programa político fundado en ideales de “bien común” abstracto: valores fuertes de familia, orgullo de la nación, refuerzo de las tradiciones religiosas cristianas. Como ocurrió en 2015 con las políticas populistas de izquierda, ahora son las populistas autoritarias las que reciben la atención. En 2015 se estaba bajo el shock de la crisis de la globalización que produjo la indignación general. En 2025 estamos bajo la recomposición geopolítica del mundo bajo una carrera por el control tecnológico y material. Las pasiones de indignación se han convertido en miedo y ansiedad que abre las puertas a políticas integristas y autoritarias.

Me resulta obvio que en el desierto que va a atravesar la izquierda ha de darse una recomposición multidimensional: una recomposición moral, mucho más necesaria cuanto está en crisis la autoestima y la supuesta superioridad moral de la izquierda, que ha mostrado en tantas ocasiones demasiada hipocresía entre ideales y acciones. Una recomposición política: las políticas de pequeñas irreversibilidades no son suficientes si las estructuras sociales las absorben, las resignifican, o simplemente las revierten. La filosofía política schmittiana del nosotros / ellos tiene un origen autoritario y siempre volverá a sus orígenes por más que se emplee con otros fines: no es un instrumento neutral. La ignorancia voluntaria de la izquierda radical de todas las cuestiones materiales que se relacionan con el cambio tecnológico y el funcionamiento de la economía es una ceguera que tendrá que repararse. Las políticas del agravio no son suficientes si no anticipan nuevas formas de convivencia que sean percibidas como una mejora de la condición general. Los movimientos sociales son grandiosos en muchos aspectos y defectuosos en ser incapaces de producir un nuevo panorama de bien común. Recordemos que Marx consideraba que la política de la burguesía proponía un bien común que terminaba coincidiendo con el propio, mientras que consideraba que el proletariado proponía un bien común para humanidad que implicaba su propia desaparición. Algo así debe ser el horizonte moral, político y cultural. Esta recomposición política es imprescindible y debe llevar a una nueva forma de pensar la cultura, la economía, el derecho y el estado.
Sé que no me está dado el acompañar hasta el final este cruce del desierto, pero no dudo de la fuerza del viejo topo en la historia.
Fernando Broncano

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