Los Juegos del Hambre.

 Hace un tiempo, en un concierto de homenaje a Ludovico Einaudi, ocurrió algo aparentemente pequeño pero profundamente revelador.
Delante de mí había sentada una pareja joven. Ella, que parecía visiblemente emocionada con las composiciones, el entorno y la ambientación, en un momento determinado se puso a llorar.
Él, en cambio, se mostraba allí de otra manera: atento al concierto, sí, pero no a ella. No se tocaban, no se miraban, no había ningún gesto de acompañamiento, ninguna complicidad mínima.
No quiero resultar maniquea pero el rostro de él destilaba tensión. Resultaba tan distante, desabrido y cerrado que me costaba no mirar la escena.
En medio del concierto, cuando ella empieza a llorar él se gira y le dice de forma seca, torva:
¿Qué haces?
Y entonces lo vi claro.
No pocas veces se repite una escena doméstica y mundana nada anecdótica: una mujer expresa malestar, tristeza o simplemente la necesidad de sentir que su pareja está emocionalmente presente. No pide heroicidades, ni grandes gestos, ni disponibilidad absoluta.
Pide un mínimo humano de cuidado y conexión, un «estamos juntos en ésto», ese ésto que sostiene un vínculo.
Y ocurre de vuelta algo muy doloroso: cuando más lo necesita, más se aleja él.
Más se distancia, más se olvida de tu existencia.
Te quita la mano, se aparta, mira a otras personas, censura tu amorosidad.
Ese alejamiento no es un accidente. Forma parte de un aprendizaje de género donde lo emocional es un territorio incómodo para el modelo tradicional de masculinidad.
Conectar, acompañar, registrar lo que le pasa a la otra implica abandonar el pedestal de la autosuficiencia y entrar en la vulnerabilidad. Y muchos hombres no se sienten seguros ahí.
Lo abominan.
Y sí, hablamos de los «costes» de la masculinidad pero especialmente de los privilegios. Sí, hablamos de apego y evitación, pero especialmente de poder y control.
Cuando ella pide cercanía, él toma distancia. Y esa distancia se justifica con explicaciones aparentemente inocuas: “No me doy cuenta”, “No estoy a la altura”, “No soy tan emocional”,No puedo estar pendiente todo el rato”.
Una variante especialmente reveladora es aquella que tiene que ver con la intermitencia del afecto, del amor o de las mínimas atenciones.
«No puedo estar siempre para ti.»
Como si las mujeres heterosexuales pudiéramos a gritos una madre omnímoda dando alimento permanente y no un hombre presente a nuestro lado.
Esa frase «no puedo estar siempre para ti», como si ese fuera nuestro secreto deseo de género, es el artículo uno del reglamento no escrito de «Los Juegos del Hambre» emocionales.
En él cabe todo: la naturalización de la intermitencia masculina en los afectos, la idea de que quererte y preocuparse por ti es opcional y no una responsabilidad relacional compartida, la aceptación implícita de que el trabajo emocional estable es tarea mayoritariamente nuestra, y, sobre todo, la convicción de que ese reparto desigual es “así”, casi natural.
En estos juegos él administra el cuidado.
Decide cuándo está disponible y cuándo no.
Raciona la presencia, la dosifica, la maneja.
Y ella aprende a sobrevivir con lo que le dan.
Mientras tanto, entramos en un circuito de autointerrogación constante:
¿Estaré pidiendo demasiado?” “¿Será que soy dependiente?” “Igual es verdad que soy muy intensa».
Porque cuando alguien te da a entender siempre que la afectividad, el cariño, la atención es algo que se ofrece escasa y erráticamente el mensaje subyacente es que la estabilidad del cuidado es un premio femenino, no una obligación masculina.
Y que pedir regularidad, consistencia o presencia es pedir fuera de lugar.
Esto es lo que llamamos un mínimo y un modelo relacional androcéntrico: el estándar emocional se ajusta a la comodidad del hombre, no a las necesidades del vínculo. Y desde ese estándar, cualquier demanda se vive como una exigencia excesiva.
Aquí aparece la inversión de la culpa: él se reserva la libertad de estar o no estar, mientras que nosotras nos vemos obligadas a revisar las demandas, a ajustarnos, a minimizar nuestro sufrimiento para no incomodar.
No sé yo si tú necesidad es excesiva o en realidad lo excesivo es el desequilibrio en la corresponsabilidad afectiva, amiga.
Por eso es tan importante nombrarlo, prima. No para ellos; ¡para ti!
– Cuidar es un componente estructural del vínculo.
– No existe la neutralidad emocional: existe una socialización que asigna a las mujeres el cuidado y permite a los hombres administrarlo.
– La demanda de presencia no es demasiado: es lo suficiente.
– La distancia masculina no es per se desinterés natural: es un mecanismo aprendido para evitar la vulnerabilidad y tener PODER.
– Y la etiqueta de “eres muy intensa” es una forma de devolverle la culpa a quien sostiene el vínculo.
Reivindicar los mínimos relacionales desde el feminismo es salirse de estos Juegos del Hambre.
Es negarse a competir por migajas de cuidado.
Pedir conexión no es pedir más.
Es pedir lo básico.
Para que, cuando la emoción aparece en un concierto, en la vida, en el dolor, en lo gozoso, no te pregunten “¿qué haces?”.
Dejar la batalla de estos Juegos del Hambre no es aprender a pedir mejor, ni a regularnos más, ni a adaptarnos con mayor delicadeza.
No es volvernos menos emocionales, menos demandantes, menos vivas.
Es dejar de subsumirnos al modelo androcéntrico de la emocionalidad como si fuera el único posible.
Es rechazar la idea de que la frialdad es madurez, que la distancia es equilibrio y que la desconexión es neutral.
No queremos ser admitidas en relaciones que funcionan a costa de nuestra renuncia.
No queremos tener que adaptarnos a un estándar que nos deja solas cuando sentimos.
No queremos seguir compitiendo por migajas de cuidado en un sistema que legitima la retirada masculina y exige la sobreadaptación femenina.
La alternativa no es sentir menos o considerarte «demasiado» y tener que meterte un palo en el culo en medio de un concierto emotivo para no ser censurada, hermana.
La alternativa es no aceptar como norma un modelo emocional que te borra.
Te deja sola con lo común como si fuera TUYO.
Y te aliena en nombre del «amor».
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso.
Sobre María Sabroso 178 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

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