Vivo en el fondo del océano. En el profundo silencio azul, verdoso a veces, otras oscuro e insondable. Miles de criaturas pasan rozándome y me miran con atención. Son gigantescas, pequeñas o incluso casi invisibles. Las grandes a veces dan miedo, pero solo te miran. Sin embargo, las pequeñísimas se aferran a ti, buscan un hueco y viven en tu cuerpo, si es que yo tengo un cuerpo. Llevo encima racimos de seres microscópicos. De noche, algunos brillan.
Me dejo llevar por la corriente y siento que recorro distancias enormes. Una vez descubrí un grupo de estatuas de piedra verdosa. Yo me parecía a ellas. Da igual. También he visto enormes estructuras de hierro, alargadas como barcos, o de piedra, con puertas y ventanas, como casas. En una tempestad o por la noche sirven de refugio. Estas nociones, barco, casa, hierro, están en mi mente desde el principio. Desde antes de llegar al fondo del mar. Cuando vivía en el ruido, en la barahúnda angustiosa, la luz cegadora, la sombra, el viento, las ruinas más feas que las del fondo del océano.
Mi primer recuerdo es salir de dentro de alguien que me limpió y me abrazó contra sí. Me llegó la noción “soy tu madre”. En “madre” percibí que era suyo para siempre y me pareció bien. Pero el ruido era atronador, el entorno árido y destruido. Y surgían otras formas parecidas a madre que nos atacaban. Corríamos y corríamos. Madre agarró un trozo de piedra afilado y se defendía de las formas enfurecidas. Casi siempre las dejaba tendidas en el suelo, y desaparecían. Era fuerte. Yo iba colgado de ella, agarrado con todas mis fuerzas. Si me resbalaba de ella desaparecería.
Pero me fui haciendo grande y madre se encorvaba y se cansaba. Un día intenté cargarla yo, pero no le gustó. Me agarró una mano muy fuerte. Anduvimos largo tiempo hasta llegar a una planicie maravillosa, azul, que se balanceaba suavemente. “Es el mar” murmuró madre. “Ha llegado mi hora, tú sabrás cuidarte”. Me soltó la mano, avanzó deprisa mientras yo miraba extasiado, y desapareció dentro de lo que había llamado “mar”.
Yo la seguí corriendo. ¿Qué iba a hacer?
Aquí estoy, esperando encontrarla.
Luisa Horno.
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