Perder el límite

Una cita de Anne Carson de su libro «Eros dulce y amargo«, en la maravillosa traducción de Jaume Andreu:

 

El yo se forma en el límite del deseo y el conocimiento del yo surge del esfuerzo por dejarlo atrás. Pero hay más de una reacción posible a la conciencia aguda del yo que subsigue a la consecución del deseo: Neville lo concibe como una «contracción» del yo sobre sí mismo y lo encuentra simplemente extraño. «¡Cuán curiosamente nos transformamos!», medita. No parece ni odiar ni entusiasmarse por el cambio. Nietzsche, por otro lado, está encantado: «Nos presentamos ante nosotros mismos transfigurados, más fuertes, más ricos, más perfectos, somos más perfectos […] No solo desplaza el sentimiento de los valores; el que ama, vale más, es más fuerte». En el amor no es infrecuente experimentar este sentido acentuado de la propia personalidad («Soy más yo mismo que nunca», siente el que ama) y regocijarse en ello, como hace Nietzsche. Los poetas líricos griegos no se regocijan tanto. Para estos poetas, el cambio del yo es la pérdida del yo. Sus metáforas sobre la experiencia son metáforas de guerra, enfermedad o desintegración corporal. Estas metáforas adoptan una dinámica de asalto y resistencia. El epicentro del poeta es la tensión sensual extrema entre el yo y su medio, y la imagen que predomina de esa tensión es peculiar.

En la poesía lírica griega, Eros es una experiencia disolvente. Es costumbre llamar al mismo dios del deseo «aflojador de miembros». Mira con ojos «más lánguidos que el sueño y la muerte». El amante al que convierte en víctima es un trozo de cera que se derrite bajo su contacto. ¿Es disolverse algo bueno? Queda un poco ambiguo. La imagen implica algo sensualmente delicioso, aunque venga acompañada de ansiedad. En opinión de Jean-Paul Sartre, la viscosidad es una experiencia que repele por derecho propio. Sus apreciaciones sobre el fenómeno pegajoso pueden proyectar alguna luz sobre la antigua actitud hacia el amor:

«Un niño pequeño al hundir las manos en un tarro de miel se ve envuelto de inmediato en la contemplación de las propiedades formales de sólidos y líquidos y la relación esencial entre la subjetiva experiencia del yo y el mundo experimentado. Lo viscoso es un estado a mitad de camino entre sólido y líquido. Es como un corte transversal en un proceso de cambio. Es inestable pero no fluye. Es suave, blando y compresible. Su pegajosidad es una trampa, se agarra como una sanguijuela. Ataca el límite de mi ser. Estas largas y blandas columnas de sustancia que bajan desde mi mano hasta la capa viscosa simbolizan una especie de derrame de mí mismo hacia lo viscoso. Si me meto en el agua, no experimento malestar alguno: sigo siendo un cuerpo sólido. Tocar algo viscoso es arriesgarse a diluirse en la viscosidad. La viscosidad se aferra como una fidelidad perruna que se da aun cuando no se quiera más de ella.»

(JEAN-PAUL SARTRE, El ser y la nada)

Sobre Fernando Broncano 55 artículos
Profesor de humanidades (cultura y tecnología) en Universidad Carlos III de Madrid Estudió en Universidad de Salamanca Filosofía.

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