Pon un Rufián en tu comunidad

Vivas donde vivas, seguramente tu casa es un edificio peculiar. No aparece en los mapas, pero todo el mundo sabe dónde está. Es un bloque antiguo, con fachada desconchada, tuberías que gimen y un ascensor que se estropea cada vez que alguien intenta subir con un programa electoral. Lo habitan, en régimen de alquiler, partidos y grupos que se autodenominan de izquierda. Conviven, discuten, se ignoran, se vigilan y, de vez en cuando, se reúnen para decidir si cambian la bombilla del portal. Nunca lo hacen. Ni falta que les hace: ya se han acostumbrado a vivir en penumbra.

El dueño del edificio es un fondo buitre que compró el inmueble hace años por cuatro duros. No arregla nada, sube el alquiler cada temporada y se frota las manos viendo cómo los inquilinos se pelean entre ellos por el uso del patio interior. A veces ni siquiera necesita intervenir: basta con dejarles hablar. El casero sabe que, si un día se incendia el edificio, los vecinos convocarán una asamblea urgente para debatir si el fuego es estructural o coyuntural.

En el primero vive una señora llamada Yolanda Sumar. Es la administradora general de un piso compartido donde cada habitación está alquilada a otros inquilinos que tienen derecho a su propia cerradura, pero nadie sabe quién paga la luz. En el segundo, un tal Maíllo conserva archivadores con actas de reuniones de comunidad desde 1936, que saca a relucir cada vez que alguien propone pintar la escalera. En el tercero, Bildu ha conseguido poner orden en su casa, pero los demás lo miran como si llevara un manual de instrucciones oculto. En el cuarto, ERC discute consigo misma sobre si tirar un tabique o levantar otro. En el quinto, el BNG baja poco a las reuniones, pero cuando baja trae propuestas que nadie escucha. En el sexto, Adelante Andalucía insiste en que la fachada debería ser de otro color. En el séptimo, la Chunta Aragonesa pide que se respete el reglamento de la comunidad, aunque nadie lo haya leído. Y en la azotea, Pablo Podemos confía en asaltar los cielos mientras sigue entrando y saliendo del edificio como si aún viviera allí, recordando a todos que el portal antes era suyo.

La vida en este edificio es un espectáculo. Cada cierto tiempo, algún vecino propone crear una “plataforma unitaria de residentes progresistas”. Se convoca una reunión. Se imprimen documentos, se abre un grupo de whasap, a veces incluso se redacta un manifiesto, y se discute sobre si el manifiesto debe tener doce o catorce puntos y si debe ser monolingue, bilingüe, trilingue o cuatrilingue. Se vota pero nunca hay una mayoría clara. Se abandona el grupo. Se crea otro. Y al final, la bombilla del portal sigue fundida.

Las discusiones, por llamarlo de alguna forma, suelen ser patéticas y estériles. Tres horas hablando sobre si el felpudo debe decir “Bienvenidas” o “Bienvenidos”; un debate sobre si el ascensor es un símbolo burgués; la propuesta de un vecino que exige que el reparto del correo sea proporcional al peso demográfico de cada piso; otro que propone cambiar el contestador automático por uno “más inclusivo”; el vecino del quinto exige que el tendedero interior sea de uso rotatorio y proporcional a la representación parlamentaria de cada piso; otro, el del séptimo, propone que se reserve un espacio para “tendederos emergentes”; y un debate interminable sobre si el patio interior debe ser un espacio de convivencia, un huerto urbano, un ágora para asambleas o un memorial a las luchas vecinales. El casero, al final, viendo el caos, lo alquila para bodas y comuniones. Eso sí, todos de acuerdo en que el casero es un explotador… mientras le siguen pagando religiosamente.

En esta comunidad de izquierdas los problemas llevan tantos años empadronados que ya pagan el IBI. Incluso hay un registro de ellos en cada Acta que se hace como si fueran patrimonio histórico del edificio.

La última propuesta ha venido de un vecino del cuarto, un tal Rufián, que desde su balcón, ha sugerido montar un frente amplio para que todos los inquilinos hablen con una sola voz. La idea ha sido recibida con entusiasmo… durante media hora. Después, cada cual ha vuelto a su piso a redactar un comunicado explicando por qué la unidad es imprescindible, pero siempre que se haga según su propio plano de obra. En el último grupo de wasap, alguien ha escrito: “Unidad sí, pero no así”. Otro ha respondido con un pdf de 47 páginas. Un tercero ha abandonado el grupo. Y un cuarto ha creado uno nuevo llamado “Unidad de verdad (esta vez sí)”.

Mientras tanto, el casero —ese fondo buitre que no pierde ocasión— ha enviado una carta anunciando una nueva subida del alquiler. Los vecinos han reaccionado como siempre: con indignación, comunicados, declaraciones solemnes… y pagando religiosamente. El casero sabe que no se pondrán de acuerdo ni para cambiar el felpudo de la entrada. ¿Para qué temerlos? De hecho, el casero ya ha anunciado que va a convertir el trastero comunitario en un coworking premium. Los vecinos han protestado, claro. Han redactado un manifiesto, convocado otra asamblea y solicitado  un informe jurídico. Y al final, han aceptado que el casero haga lo que quiera porque “no es el momento de abrir ese melón”.

La derecha, que vive en el edificio de enfrente, observa la escena con una mezcla de diversión y alivio. No necesitan hacer mucho: basta con mirar cómo los inquilinos del bloque progresista se enredan en sus propias reuniones de escalera. La política se derechiza, el casero se enriquece, y el edificio se deteriora mientras sus habitantes discuten sobre si el buzón debe ser inclusivo o simplemente funcional.

Y quizá la pregunta incómoda sea esta: ¿y si el problema no es que no se pongan de acuerdo, sino que ya se han acostumbrado a vivir así? ¿Y si el casero no necesita dividirlos, porque ellos solos se encargan de mantener el edificio en permanente asamblea? ¿Y si la izquierda, más que una comunidad de vecinos, es un bloque en ruinas que nadie quiere rehabilitar, pero en el que todos insisten en seguir pagando alquiler? El casero, desde luego, está muy tranquilo..

(Continuará, no como parodia sino como propuesta. Si la asamblea lo aprueba.)

 

Txema García, periodista y escritor

 

Sobre Txema García 13 artículos
Periodista. Escritor

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