Días de malas noticias (¿cuándo no?)

Entiendo perfectamente la ola de depresión que inunda a tanta gente en España estos días en que se acumulan tantas malas noticias y negras nubes de tormenta. Es un momento en que necesitamos una mirada atenta a lo lejano para ver de cerca. Una parte de la desesperación nace comprensiblemente del sentido de la injusticia con la que se tratan unos casos y otros, otra parte nace de la ansiedad que causa el inmenso poder conservador en este país: la prensa, el sistema judicial, los gobiernos autonómicos, los locales, el poder económico en la sombra, la disgregación social producida por la externalización del trabajo …, etcétera. Digo que necesitamos repensar con tiento algunas cosas. Una de ellas es ubicar la política, el sistema político me refiero, en su lugar y lo mismo con el Estado. Una vieja tradición revolucionaria considera que el estado es el centro de gravedad y control de la sociedad, como si fuera algo separado. Tanto el leninismo (en sentido muy amplio) como el pensamiento liberal (y ahora el neoconservador) tienden a pensar en estos términos, y de ahí los impulsos por el control del aparato del Estado. Gramsci, entre otros autores y autoras, nos enseñó que las cosas discurren de otra manera: el estado es una parte de la sociedad, y el sistema político un subsistema diferenciado de ella. A lo largo de un par de siglos, la sociedad ha ido evolucionando e integrando en los aparatos del estado diversos procesos sociales que se han ido considerando públicos. A veces por una conciencia de solidaridad, a veces por la conciencia casi egoísta de que la sociedad debe preservar ciertos bienes públicos simplemente para sobrevivir. Qué bienes públicos se van integrando es algo que depende de la misma evolución de la sociedad. Los liberales pueden intentar rebajar impuestos a los ricos, pero saben bien que no pueden destruir el sistema recaudatorio de la hacienda pública sin generar un desastre colectivo, es más, necesitan un dispositivo de control suficiente para recaudar y endeudarse (obsérvese la creciente deuda en US con los gobiernos más conservadores). Se puede negociar qué parte de la reproducción social hay que cargar a las familias y qué parte al estado (este es el centro de la discusión política).

Lo que llamamos el Estado del Bienestar tiene que ver con las disputas por la inclusión de servicios y derechos y la negociación sobre los límites financieros y de gestión de estos servicios y derechos. Pero, y este es un gran «pero», por debajo de estas discusiones están las irreversibilidades que nacen de la dinámica general de las sociedades. Estas dinámicas son más incontrolables de lo que se piensa y hay muchas cegueras que se tienen sobre la capacidad de influir sobre estas dinámicas. Se puede controlar la presión ideológica mediante los grandes poderes mediáticos de propaganda, pero no se puede controlar la experiencia colectiva y las reacciones micro. ¿Volverán los católicos a la castidad forzada y a negarse a los preservativos?, ¿volverán a quitar las leyes de divorcio? Hay pasos adelante y pasos atrás, pero lo que se comprende mal es cómo están muy relacionados los cambios unos con otros.

Estas irreversibilidades dependen mucho de los cambios en las sensibilidades. Pienso, por ejemplo, en las reacciones patriarcales que inundan la guerra cultural, pero pienso también en si estos nuevos militantes pueden controlar la experiencia y expectativas de sus madres e hijas, o si serán conscientes de cuántos deseos homosexuales están escondidos en sus armarios ideológicos y sus estéticas de testosterona. Vaya, para decirlo en pocas palabras: las guerras culturales también atraviesan las propias psicologías de los neoconservadores y sus conciencias desgarradas (no menos que las contradicciones de la izquierda). Eso es la dialéctica.
Fernando Broncano

Sobre Fernando Broncano 21 artículos
Profesor de humanidades (cultura y tecnología) en Universidad Carlos III de Madrid Estudió en Universidad de Salamanca Filosofía.

Sé el primero en comentar

Deja un comentario