Especulación y vivienda

Aunque en los manuales de buenas formas periodísticas suelen avisar de lo impropio que es hablar en primera persona, o  contar cosas personales en las crónicas, voy a eludir el consejo, entre otras cosas porque ni soy periodista ni hago periodismo las más de las veces. Soy narradora de historias, reales o inventadas, nada más. Por lo tanto, hoy les hablo en primera persona.

Estoy inmersa en un cambio de casa. Mi actual hogar me gusta. Escogí mi  casa hace veintitrés años cuando la especulación no era tan notoria y mi economía no me permitía más. Ventanales que me asoman a la bahía santanderina llenando  de sol la casa y adornan cualquier estancia, amplitud, cercana al centro lo que me permite hacer la compra en el mercado de la Esperanza –tan bonito el nombre como su ambiente y sus viandas— además de atender a mi trabajo anterior y al actual en el Ágora, al que llego caminando sin  esfuerzo y en  tiempo breve. El problema ha llegado  debido a una lesión cronificada y artrósica en las rodillas que me han recordado de golpe la fecha de nacimiento que me niego a reconocer porque se fija una foto en la mente mientras la realidad se empeña en desmontar el reflejo juvenil de ese espejo que nos retrata, no como lo que somos, sino por lo que fuimos.

El recordatorio me hizo pensar en comodidades típicas: ascensor (mi bonita casa de barrio popular construido en tiempos del post incendio no lo tiene ni  tampoco ofrece facilidades que la ley obliga a cumplir de accesibilidad) Y ahí me tienen ustedes inmersa en el mercado inmobiliario buscando una vivienda que cumpliera expectativas. A saber: luz, sol, algo de terraza o balcón amplio, dos habitaciones habitables, un salón amplio y ascensor. ¿Común? Pues les diría que sí, para una señora que ha trabajo sin tregua durante cuarenta años, que mantiene cierto decoro y puede permitirse cubrir mínimos o medios básicos. No me gustan las urbanizaciones privadas que semejan lujo a nivel choped, con piscinas innecesarias, pistas de pádel improbables y reflujos de apariencias detestables. Clase media con ínfulas, ya saben.

Tampoco me interesan zonas nobles con pretensiones y lujos estériles.

Con el bagaje descrito y la conciencia de privilegio, porque no tengo familia, no necesito colegios cercanos, ni grandes espacios. Con el privilegio de contar con un presupuesto no elevado pero sí propio a mis necesidades sin tener que recurrir al vía crucis bancario que durante tantos año padecí, me dije que no sería complicada la búsqueda de nueva vivienda. Ilusa de mí.

Durante el tiempo de búsqueda, como el pasado año buscando acomodo para el Ágora, he topado con la terrible realidad de un mercado inmobiliario que produce espanto. Y me lo produce a mí, que les reconozco el privilegio,  por lo que si me pongo en la piel de la pareja joven que busca acomodarse con dos niños, dos sueldos medios y ciertas necesidades , créanme, la situación es espeluznante.

A todo esto unamos que vivo en una ciudad hermosa, Santander, en la que jamás se han sacudido las resmas mohosas de la dictadura porque  su ayuntamiento no ha cambiado de manos. Una ciudad a la que sus gestores se empeñan denodadamente durante ¿cuarenta? ¿sesenta? ¿más de ochenta? años en destrozar el paisaje realizando un urbanismo demencial. Una ciudad que padeció una guerra con bombardeos discriminados (solo barrios pobres) un incendio que arrasó y sobre todo una clase dirigente (y arribista) dedicada en exclusiva a la especulación más rastrera y devastadora. Una ciudad con amo que construye saltándose leyes (Centro Botín, ley de Costas) que cierra calles a su antojo y por sus santos cojones (ovarios, of course, los de Ana Patricia) porque sí, aunque el Ayuntamiento, subsumido al poder, dijera que no. Y no pasa nada. El Banco de  Santander,  no tiene ni ley ni orden.

Una ciudad que se cae, con edificios construidos con dunas de arena de Valdearenas, cuyas paredes son de papel  dejando pasar ruidos y hasta la ventosidad del vecino.

Mi ciudad amada, Santander, se despedaza hasta en los barrios de ricos, los que votaron y seguirán votando a los ineptos, porque  se quejan mucho de las “cositas” molestas pero a la hora de la verdad: mayoría absoluta al PP. Claro que la oposición, hasta la extraoficial, es tan de papel como las paredes de las viviendas construidas después del incendio. En Santander no se mueve nada más que los muros de contención de los edificios, de los servicios públicos, de los puentes del Bocal y de las zanjas abiertas por doquier. El resto anda momificado desde el año 1937, exactamente desde que salió corriendo el alcalde Castillo Bordenave impelido por las tropas italianas que invadieron la ciudad.

Con esta perorata me he desviado del tema principal, ustedes disculpen. Y es que durante la búsqueda del nuevo hogar, me he ido estrellando uno a uno con todos los paneles de la especulación más abusiva, con la realidad de la podrida situación de la vivienda en España.

He visto cosas que ustedes no creerían. He visto zulos invivibles donde por una ranura se ve, o se intuye más bien, un trocito de mar, con dos huecos en donde poner cama de noventa con riesgo a rozar paredes, es tarea improbable,  con cocina donde habría que estar de costado por incapacidad métrica de andar de frente y me han asegurado que las terminaciones eran de lujo y por eso el pisito costaba 350.000€  ¡qué ganga, oiga! No encontrará usted nada mejor por este precio, porque es una filfa pagar 350.000€ por cincuenta metros cuadrados de pocilga.

He visto casas en los aledaños lejanos del centro, en las que no había posibilidad alguna de acceder a la ciudad andando o en transporte público porque “es que la gente que compra tiene coche y lo usa, ya sabe, gente de fuera que viene como turista e invierten para pasar dos meses…por las playas y el clima santanderino. Ya sabe, estamos de moda” Referido con sonrisa complice, mientras a mí se me agriaba el desayuno.

Pueden imaginarse ustedes mi  cara de avinagrada y las blasfemias redondas salidas de mi boca al abandonar los lugares visitados regresando a  la intimidad de mi coche. El grito desaforado ante el ático bonito, eso sí, pero inaccesible al regateo partiendo de 500.000€ inamovibles y eso que estaba en barrio cuasi lumpen. El amargor que sube del estómago ante la vivienda oscura, flanqueada de escaleras (total, son pocas, mujer, se suben fácil) a quince kilómetros de la ciudad, cincuenta metros con terracita, mire usted que mona, y total solo piden 325.000€ eso sí, por lo menos un treinta por ciento en negro. O la vivienda en la que hay que invertir un pico para rehabilitar y que por estar céntrica y tener ventanal al sur, piden 480.000€ que mire usted qué ganga para inversores. Mientras se me ahogaba el grito en la garganta de: ¡no soy inversora, oiga! Y váyase a la mierda.

La vivienda como motor de la economía, dicen. La vivienda como motor especulativo que produce enriquecimiento en unos pocos y dolor en mayorías. La vivienda como detonante de una sociedad envilecida por los métodos especulativos de una capitalismo devorador de ciudadanos condenados a la precariedad absoluta. La vivienda como bien que procesa a la sociedad triturándola hasta el exterminio.

Lo viví el pasado años buscando local para acomodar el Ágora Solidaria. Cientos de bajos que otrora recogían tienditas de barrio, comercios varios que ofrecían servicios y empatía vecinal, convertidos en vivienda turística sin ley. Con el consentimiento tácito de un ayuntamiento más envilecido aún.

Arrasaron con los comercios chicos, con la gente emprendedora que montaba una tienda de lanas y enseñaba a tricotar a la vecina, o la frutería donde se conocía las excelencias de lo vendido y los gustos de la parroquia. Resulta imposible acceder a un bajo donde aposentar un comercio que de lo justo para vivir. Arrasando, antes con franquicias impersonales y ahora con vivienda turística que jalona de vómitos y  trifulcas noctambulas al vecindario que poco a poco huye del centro y de los barrios de unas ciudades diluidas por la turistificación abusiva y hortera.

Y así llegamos a la destrucción del tejido urbano, de una clase media (o lo que sea) que convivía con la tienda de barrio abierta hasta las diez de la noche, presta al auxilio de la viandante que llega a una casa de nevera vacía porque la jornada laboral se ha extendido. Llegamos a los barrios muertos, sin niños ni viejitas cotilleando en la esquina o contándose sus peculios de salud para consolarse unas a otras.

Emigramos, salimos pitando de una ciudad que muere asesinada por ayuntamientos prestos a la coima, dejando al albur de especuladores y constructores tejer una ciudad vivible que se convierte en infierno. Huimos al extrarradio porque nos ahoga la masiva llegada de los nuevos bárbaros que invaden sin permiso las calles y los portales de lo que antes se consideraba tejido vecinal.

Cuando escucho a los fascistas de Vox clamar por la Prioridad Nacional,  pienso en esos barrios masacrados, en ese mercado de la Esperanza invadido por bandadas de panolis que se pasman ante el besugo y el bocarte sacando el móvil mientras cierran el paso a la señora que tiene prisa porque la comida anda sin hacer y no puede caminar mientras , impávidos y con guía, reciben la explicación de la procedencia del bocarte y del chicharro. Y eso con suerte. Con suerte de no recibir la vomitona del trásfuga de la nocturnidad que llegando a su aposento le sale la pota por la boca ruinosa.

 

¿Será eso lo de la Prioridad Nacional? Me pregunto. Y no, porque los fascistillas se refieren a la otra. En sus mentes primarias de primates, detestan al inmigrante que llega con ansia de procurarse una vida vecinal, cómoda y simpática que nosotros también ansiamos. Ponen mesa y mantel a los especuladores, a los vendepatrias que esquilman paisajes y campan por el lodo del poderoso. Ante ese se pliegan. Luego me doy cuenta, que son ellos. Que el votante fascistilla es el especulador, como se demostró largamente en las zonas andaluzas de mayor implante de mano de obra extranjera en régimen de esclavitud, donde los votos a Vox crecieron como la espuma.

Me doy cuenta de que el constructor corrupto que corrompe a políticos y funcionarios, vota a Vox y quiere Prioridad Nacional para seguir especulando además de tener mano de obra esclava. Ilegales y sujetos al albur de su antojo, sea trabajar sin derechos catorce horas diarias o violar a la temporera agotada que ni  fuerzas tiene para resistir.

El tejido urbano se desdibuja. La vivienda se ha convertido en bien especulativo dejando sin amparo a millones de personas que tendrán que acampar en parques públicos por la imposibilidad de acceder a mínimos habitables.

Y todo esto con aquiescencia de quien debiera poner orden y puñetazo legal para evitarlo.

Entre la especulación de la vivienda y la Audiencia Nacional que procesa e investiga con el ojo derecho bien tapado, se nos está quedando un país de mierda que, o estalla con una revolución, o nos convierte en zombis perpetuos.

Para terminar. He encontrado casa, bonita, con terraza hermosa, cómoda y en los aledaños de mi Santander invivible, en donde en unos meses me asentaré intentando seguir contando la vida. Les dije que soy una privilegiada.

Les dije que no es la norma, porque en breve, gente como yo de mayor  tampoco  podrá encontrar donde vivir.  Salvo que remediemos incendiando calles y organismos, claro.

María Toca Cañedo©

 

 

 

Sobre Maria Toca 1918 artículos
Escritora. I Premio de Novela Ateneo de Onda 2016. II Premio Concurso Literario de Relatos del Bajo Cinca, 2015. I Premio de Relato Guadix 2020 Finalista de varios... Hasta el momento, tres novelas publicadas: Son celosos los dioses, Prototipos, El viaje a los cien universos. Poemario: Contingencias. Numerosas participaciones en libros de relatos corales. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina

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