Mi formación política y social no se hizo en las universidades ni en los foros culturales de la Transición. Entre otras cosas porque andaba sobreviviendo y criando a mis hijos, aunque por edad y ganas debía estar entre libros, conspiraciones y corriendo delante de los grises. No fue así porque un embarazo imprevisto (tiempos en que los anticonceptivos andaban prohibidos y no digamos el aborto) truncó las ansias de libertad, aunque no las capacidades ni el deseo de participar en la sociedad para transformarla.

Como les decía, no me formé donde lo hacía la dulce intelectualidad de aquellos años en que cual lagartija amputada, coleaban los restos de una dictadura criminal que asesinó y cerró a base de miedo la boca de millones de españoles/as. Y yo tenía ansia de saber, de conocer qué había pasado para que un abuelo vivo pero inerte muriera de un ataque al corazón, que bien pudiera considerarse de pura pena y para que mi abuela se encerrara con labios apretados cuando escuchaba algunas cosas y estallara enloquecida cuando me decidía a preguntar y opinar.
El famoso “no te signifiques” “la política solo trae disgustos” “no digas eso, niña que las paredes oyen” se nos clavó en la mente y en las conciencias a la gente de mi generación. No nos quedó otra que buscar en los anaqueles de bibliotecas o librerías a los historiadores que nos refirieran con ecuanimidad nuestra pasado reciente.

Y en la prensa. La diaria, la semanal, además de una radio más que digna y una televisión que descorría con timidez los visillos de la censura mostrándonos otras realidades que las de la propaganda infame nos hacía llegar. La entrada diaria en casa del País y la semanal de Cambio16 eran la eucaristía con que alimentaba el alma y el conocimiento que, hambriento ante el presente y el pasado, se fundían en uno. Creo que mucha gente suscribirá mis palabras. Nos formó la prensa al común del pueblo que en los albores de la democracia no tuvimos el privilegio de estar donde debíamos. Luchando y estudiando en la universidad o trabajando sindicadas y politizadas. Cubrimos las deficiencias culturales devorando prensa, escuchando las voces radiofónicas y escrutando esa televisión en blanco y negro por donde brotaban entrevistas de altura a Federica Montseni, Vargas Llosa, García Marquez, Jorge Semprún, Pasionaria, Carrillo, Rosales (ay, el poeta falangista contándonos los últimos tiempos de Lorca que de tan repetidos ahora suenan hasta falsos) Podría llenar hojas con los nombres de gente que vi en los programas de antaño. Y los informativos en donde salían señores (casi siempre porque las señoras aún no habían llegado) encorbatados y seriotes contándonos con voz autoritaria las novedades del día. Sin juicios de valor ni connotaciones sectarias. Claro que solo había dos canales de televisión y si el telediario intentaba neutralizar el escoramiento del poder, la otra prensa, la escrita, lo señalaba con furia.

Forjé, inocente de mí, un túmulo del periodismo mitificando a las firmas que me enseñaban lo que era democracia, liberalismo, economía de mercado, justicia social y algunas veces hasta lucha de clases – eso tuve que buscarlo por mi cuenta conforme pasaban los años y la social democracia se me desmoronaba como una piñata vieja- Me enseñaban que se podía no estar de acuerdo con un criterio, defender con fuerza la divergencia pero respetando al adversario y que en el momento en que surgía el exabrupto o el insulto personal, se acaba el razonamiento y vencía en el contraste el que mantenía el tipo.
Me enseñaron que la verdad tiene aristas, jamás es monolítica. Que la violencia es mala, aunque los movimientos de liberación de los pueblos oprimidos tienen toda la razón de ser, menos de caer en manos impías que se afilien a lo que combaten.

La prensa me enseñó las guerras que el imperialismo enceraba para esquilmar a los pueblos que decía liberar de opresiones. Me enseñó que la libertad sindical era imprescindible en la defensa del grueso social de un pueblo. Me enseñó que los políticos hablaban –negociación se decía entonces—con saña para llegar a un lugar de encuentro. También aprendí que hubo gente que no se plegaba al concierto transicional y lo pagaron caro. La prensa de entonces describía políticos de altura, aunque no fueran de los míos pero se les notaba la inteligencia y la capacidad de adaptarse al futuro.

Me enseñaron que la ilustración es la voz que debiera escucharse por encima del discurso, del mitin o del grito. Aprendimos que la cultura era una señora que no debía casarse con nadie, aunque se sabía mucho más cuidada y amparada por la izquierda. Fue la prensa la que formó el entramado del pensamiento social; el moral me lo imprimieron mis abuelos para lo que sí se debía, y mis padres para lo que jamás debía ser. Por eso la mitifiqué y por eso me desespera contemplar el trato que se le está dando en diversos (demasiados) medios en la actualidad.
Hace poco me decepcionaba ante la completa indiferencia de la prensa de mi comunidad ante la llegada de una persona importante en la historia de nuestro país, proveniente de la resistencia antifranquista y de la literatura como es Manuel Blanco Chivite. Un hombre condenado a muerte por el franquismo que ha permanecido de forma impenitente dentro de la coherencia política y del activismo social. Mi colaborador del Ágora, ante mis quejas doloridas, me comentaba que en la prensa actual las noticias culturales se dejan para el fin de semana. Es decir, para cubrir huecos que deja la actualidad y/o la política diaria. El saber que eso es cierto me revuelve. Me indigna, porque demuestra, primero que el periodismo adolece de una fragrante falta de conocimientos culturales y segundo, la falta de profesionalidad.

Claro que veo al periodismo como una suerte de sacerdocio a tiempo completo. Creo en la absoluta necesidad de la independencia de la prensa y aborrezco sobre todas las cosas la prensa partidista. De cualquier color. Y digo partidista que no política, porque es imposible inhibirse de las creencias personales, sean intelectuales o emocionales porque ambas se imbrican en lo que llamamos ideología.
Decía Almudena Grandes que es imposible ser neutral siendo historiador/a pero lo que sí es exigible es ser honestas. Lo que es aplicable en el periodismo. Nadie nos pide neutralidad a la hora del voto o de la conciencia social pero sí es imprescindible la honestidad suficiente para interpretar la critica de forma ecuánime, sin que jamás la creencia se interponga a la verdad.

Me dirán ustedes que es costoso. Claro, hacer una casa o arreglar tuberías también. El periodismo se aprende, no siempre en la universidad, y se practica conformando una verdadera empalizada inexpugnable que jamás debe saltarse.
Hoy, que vemos y escuchamos odiosas mentiras –disimuladas bajo epígrafe de fake news—se nos producen heridas sociales incurables contemplando el partidismo escandaloso, la loa aprovechada prestando oído, micro o canutazo a verdaderos infames que perviven a base de halagos falsarios y agasajos de dinero público que engrasa la yunta que alimenta a los bárbaros.

Un titular falso hiere, lo mismo que una noticia relegada a página impar cerca del faldón. Y se hace con la impunidad que da el saber que es practica común. Solo ver la cabecera sabemos en que noticia se pondrá énfasis y cual será relegada. Solo ver el nombre o la imagen de quien escribe o habla, sabemos de antemano el tono a favor o en contra del político, del gobierno o del acto que toque.
Y eso es lo deleznable. La militancia absoluta del periodismo, o del periodista de turno. Tanto que creemos posible exigir ecuanimidad. Por otro lado, la militancia “exige” fidelidad absoluta al periodista sin fisuras con la causa que procesa. Hace poco leía con perplejidad las criticas despiadadas que se realizaban a Silvia Intxaurrondo –poco antes agasajada por las entrevistas bien documentadas a otros personajes del bando contrario—debido a un acido interviú que realizó a Irene Montero. No se criticaba la estulticia de Montero, su sonrisa denotando prepotencia y duda de sus propias palabras, sino que era la periodista la acusada de acritud hacia la lideresa.

Como ese caso, muchos. He asistido a variados linchamientos de periodistas por opiniones desfavorables o criticas hacia el espectro político cercano. Sin ser periodista, me he visto atacada y marginada en las mismas circunstancias por realizar alguna crítica y no dejo de preguntarme ¿por qué molesta tanto a la gente con poder, tanto social como político, la crítica? Deberían entender que si algo mejora a la sociedad son precisamente quienes apuntan las fisuras de lo que conocemos bien. Y que somos, precisamente, las que estamos cercanas al suelo las que vemos mejor lo que se hace mal. Apuntar la fisura no es abdicar del pensamiento o de la creencia, solo quererla mejorar.
Creo que nuestros dirigentes deberían estudiar a fondo los conceptos que imbrican a la democracia como mejor sistema posible de gobierno.

Por último, lanzan granadas de mano a la verdad y a la independencia periodística los montajes que cada poco sorprendemos que nacen en las redacciones. Ese “es muy burdo pero vamos con ello” o “no podemos publicarte porque criticas a alguien cercano” que hemos escuchado con frecuencia.
Sin periodismo caminamos de cabeza hacia el despeñe de la tiranía. Sin la independencia y la honestidad periodística no hay régimen democrático que sobreviva. Soy consciente de las dificultades económicas que mucha de la prensa sobrelleva como puede. La tentación del clikbait, del titular tan molón como falso que hará saltar los resortes del algoritmo, es grande pero si se intenta imitar a los nefastos youtubers o a la llamada pseudoprensa que puebla el recinto estelar de la comunicación con babosadas repartidas por millones de lectores ¿cómo elegiremos la prensa identitaria?

Para ser como el Xocas, tenemos al Xocas. O a Inda. O a Negre. O a Quiles. El problema está en convertir las cabeceras serias en basura complaciente con ciertos poderes ocultos y ocultados. El problema está, más que en la censura, en autocensurarse para escalar puestos o clikbaits. O ceñirse a la corrección impuesta en despachos ajenos.
No dejemos que la prensa de verdad bastardee la verdad. Nos va la democracia en ello.
María Toca Cañedo©

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