Hay algo que llevo tiempo observando y que también me interpela personalmente.
La facilidad con la que algunas mujeres colocamos a determinados hombres en un lugar de autoridad.
No hablo de la autoridad que alguien tiene porque posee una determinada responsabilidad profesional.
Hablo de algo más profundo.
De esa autoridad que emana antes incluso de que hayamos comprobado qué sabe esa persona, qué experiencia tiene, cómo trabaja o cómo utiliza el poder que posee; cómo se ubica en el mundo.

Porque los hombres no parten de cero.
En una sociedad patriarcal existe una distribución desigual de autoridad que los precede.
Un hombre que habla con seguridad puede ser percibido como más competente.
Un hombre que ocupa un lugar de liderazgo puede ser leído como alguien que sabe.
Un hombre que utiliza un lenguaje elaborado puede adquirir rápidamente autoridad intelectual.
Y una mujer puede acabar preguntándose si quizá ella no sabe tanto como creía. Si no es tan válida.
Esto lo he vivido.
He estado en espacios formativos y terapéuticos en los que hombres con menos formación, cualificación y experiencia profesional que yo eran colocados simbólicamente por encima de mí; constante y naturalizadamente.
Por encima de mí (disculpad la ego referencia) y de compañeras super valiosas.
Hombres a los que llamaban maestros.

Durante un tiempo yo también acepté ese lugar e incluso repliqué posiciones de subordinación para pertenecer, ese verbo que conjugamos durante media vida.
Hasta que apareció una pregunta que me resultó bastante incómoda y que mi cuerpo ya manifestaba.
¿Cómo he llegado yo a colocarme por debajo de alguien que sabe menos que yo, que tiene infinito menos recorrido, que se muestra encima tan misógino, altivo?
No creo que la formación académica determine quién es mejor terapeuta, profesional o persona.
Pero sí creo que necesitamos aprender a distinguir algunas cosas que confundimos con demasiada facilidad:
Autoridad no es sabiduría.
Seguridad no es competencia.
Carisma no es conocimiento.
Posición jerárquica privilegiada no es bondad o humanidad.
Una posición de poder no convierte automáticamente a alguien en referente.

Y aquí creo que tenemos una tarea pendiente.
Porque a determinados hombres les llamamos maestros, expertos, terapeutas o gurús con una facilidad y un automatismo que no aplicamos a las mujeres.
A nosotras mismas y a otras profesionales.
A ellos les concedemos crédito antes de haberlo contrastado o incluso chirriándonos de lejos su comportamiento.
Les entregamos nuestra confianza.
Nuestro dinero.
Nuestras experiencias más íntimas.
Y, en ocasiones, incluso nuestra capacidad de pensar por nosotras mismas.
Mientras tanto, podemos ser extraordinariamente exigentes con y entre nosotras.
Con nuestra formación.
Con nuestra trayectoria.
Con cada error.
Con cada palabra que utilizamos.
Con cada movimiento vital algo menos ajustado.

Somo muchísimo más entomólogas con otras compañeras y les exigimos avales a cada paso e incluso señalamos errores o faltas disparando con dirección clara a la línea de flotación.
Pero ésta ¿qué se cree?
Me pregunto:
¿Por qué no aplicamos ese mismo criterio a los hombres?
¿Qué humildad manifiesta, qué bondad real tienen esos que nos rodean?
¿Coincide su discurso con como tratan a los demás, a quienes tienen menos capital social que él o ellos?
¿Qué formación tienen realmente?
¿Qué experiencia?
¿Quién supervisa su trabajo?
¿Cómo responden cuando alguien les contradice?
¿Cómo utilizan el poder que manejan?
¿Qué ocurre cuando se equivocan?
¿Cómo tratan a las de su alrededor? ¿Cómo tienen que colocarse las mujeres para tener un sitio cerca de ellos?
¿Son capaces de escuchar a alguien que sabe menos que ellos? ¿Y a quién sabe más, si es una mujer?
¿Y, sobre todo, qué ocurre cuando alguien no acepta colocarse por debajo?
Porque hay una cuestión que me parece fundamental:
El poder no desaparece porque una persona hable de él.
Tampoco alguien se vuelve más sabio porque utilice un lenguaje sofisticado.
Y nosotras no dejamos de estar atravesadas por el Patriarcado simplemente porque seamos mujeres formadas, profesionales o algo conscientes.
Nosotras también replicamos el orden social establecido.
También podemos haber aprendido a reconocer como autoridad aquello que socialmente nos han enseñado a asimilar como tal en un continuum histórico sin cuestionamientos.
Creo que tenemos que mirarnos.
No para desconfiar de todos los hombres.
No para negar el conocimiento o el trabajo que puedan aportar.
No para pensar que una mujer sabe más por el simple hecho de ser mujer.
Sino para recuperar algo que hemos entregado demasiadas veces:
el derecho a evaluar nosotras mismas quién merece nuestra autoridad, confianza y crédito, prima.
Porque quizá un referente no debería ser quien ocupa el lugar más alto.
Ni quien habla con más engolamiento.
Ni quien tiene más seguidores o más dinero.
Quizá deberíamos mirar también qué hace una persona cuando tiene poder y posición.
¿Por qué lo tiene?
¿Cómo contribuyo yo a aupar a estos señores con los que probablemente fuera del crédito social y viendo cómo se comportan ni me tomaría un café tranquila?
A los hombres les damos todo.
Los traemos al mundo, los cuidamos, los ayudamos, los amamos por encima de la reciprocidad, los aupamos y cuidamos su mundo intrapsiquico.
Y también los hacemos ricos, trabajando para ellos y enseñándoles lo que sabemos hasta que lo capitalizan y lo hacen propio.
No sé si alguna vez seré feliz. Es algo inasible.
Pero más libre de admirar a quien de veras lo merece para mí.
Eso sí lo voy a ser. Jurado.
Buen día, otro día.
María Sabroso.

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