A veces escucho esta frase como si “ser una misma” justificara cualquier forma de actuar.
Pero, para mí, la pregunta no es si puedes ser tú o no.
La pregunta es: ¿qué partes de ti están llevando el volante cuando dices “ser yo”?
Porque si la parte que aparece cuando “eres tú” es una parte que:
minusvalora,
achica a la otra persona,
niega su existencia emocional,
la hace pequeñita para sentirte más segura,
aplica la ley de hielo como castigo,
compite en lugar de vincular,
se coloca en la superioridad o en el desprecio,
tiene que sobresalir siempre,
ganar siempre,
entonces no es que no puedas ser tú.
Es que esas partes están haciendo daño y probablemente se te devuelva algo enfrente.
Y todas tenemos partes así: heridas, defensivas, temerosas, protectoras extremas; partes que aprendieron a sobrevivir cerrándose, atacando o alejándose.
Por eso, el tema no va de “tú contra mí”, ni de “déjame ser yo”.
Va de qué partes tuyas y mías se encuentran en esta relación.
Cuando las partes lastimadas o protectoras toman el mando, la relación se vuelve difícil.
Cuando puede liderar una parte más presente y responsable, el vínculo se transforma.
Reconocer qué partes están actuando no es un juicio: es un camino.
Un camino para relacionarnos desde un lugar más honesto y menos reactivo.
Un camino donde ninguna de las dos tenga que encogerse para que la otra respire.
Donde no pasemos de la persona al monstruo y del monstruo a la persona en un chás.
A veces, y digo a veces, mejor no ser tú.
Tanto.
Y poder ser nosotras.
Buen día, otro día y un abrazo para todas las personas que se sientan otoño hoy.
María Sabroso.
Collage de @jazmin.

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