Manuel Blanco Chivite, nace en Donosti. Llega a Madrid para estudiar periodismo, y se asienta en la capital. Dese su época de estudiante rodando finales de los sesenta y principios de los setenta escribe y se implica de forma activa en contra de la dictadura, militando en el PCE ml.
La primera detención se produce en 1970, cuando protesta contra el proceso de Burgos. Entonces las cárceles franquista no andaban de broma, torturaban a conciencia y eso le hicieron a Manuel. En 1973 su implicación política en el PCEml llega a nivel de dirigente dando el salto hacia el FRAP poco después.
Manuel vuelve a ser detenido el 17 de julio de 1975 bajo la acusación de haber participado en el asesinato del policía armado Lucio Rodríguez Martín el 14 de julio del mismo año.[2] Pasó una semana en la Dirección General de Seguridad (DGS) interrogado por el comisario Roberto Conesa y sus hombres, imaginamos que también estaría Billy el Niño.

Fue encerrado en la cárcel de Carabanchel y el 12 de septiembre de 1975 juzgado en la base militar de El Goloso en consejo de guerra sumarísimo junto con sus compañeros Xosé Humberto Baena Alonso, Vladimiro Fernández Tovar, Pablo Mayoral Rueda y Fernando Sierra Marco Rodríguez. Los procesados estuvieron aislados impidiendo que hablaran con sus abogados hasta el día anterior. Tampoco se permitió en el juicio lleno de irregularidades, la comparecencia de los testigos propuestos por las defensas. El tribunal dictó pena de muerte para Xosé Humberto Baena, Manuel Blanco Chivite y Vladimiro Fernández; pena de treinta años de cárcel para Pablo Mayoral Rueda y de 25 años de cárcel para Fernando Sierra en sentencia fechada el 12 de septiembre de 1975.[4]

El 27 de septiembre debía cumplirse la pena. Horas antes de la ejecución el gobierno conmutó la pena de muerte de Blanco Chivite y Vladimiro Fernández por cadena perpetua. Sin embargo, confirmó la de Xosé Humberto Baena, quien fue ejecutado en Hoyo de Manzanares con los también militantes del FRAP José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz. Simultáneamente fueron ejecutados los miembros de ETA Ángel Otaegi Etxeberria en Burgos y Jon Paredes Manot –Txiki– en Cerdanyola del Vallès. Los cinco conforman las últimas condenas a muerte por el franquismo cuyo Caudillo se despedía de la vida oficial como la empezó, matando españoles. Blanco Chivite permaneció en la cárcel de Córdoba. Ni él ni su compañero del FRAP fueron incluidos en la amnistía decretada a raíz de la aprobación de la Ley para la Reforma Política de 18 de noviembre de 1976, que sí incluyó a los esbirros del régimen quedando impunes las torturas, desapariciones, crímenes varios y sin ningún tipo de investigación ni reparación tanto las víctimas de la postguerra como las de los años posteriores. La memoria y los criminales quedaron amparados por el silencio de la Ley de Amnistía de 1977. Manuel, desde la cárcel escribió artículos en la revista Primera Plana, denunciando la situación en las instituciones penitenciarias, razón por la que fue procesado por »injurias» a un funcionario. A principios de 1977 fue aislado en una celda de castigo por participar en un motín.

Tras las elecciones generales españolas de 1977 se aprobaron nuevas amnistías para presos políticos. Manuel Blanco Chivite salió de prisión el 8 de noviembre de 1977.[7] Continuó su militancia en el PCE (m-l) y en el sindicato Asociación Obrera Asambleista (AOA), a la vez que fundó y dirigió Agencia de Prensa España Popular (APEP).[8] Fue detenido nuevamente por la policía el 25 de septiembre de 1978 tras una reunión de artistas e intelectuales republicanos en la Librería Internacional de Madrid acusado como miembro de la Convención Republicana de los Pueblos de España (CRPE) de ser la tapadera del FRAP.
Durante los años 1980 fue uno de los principales dirigentes del PCE (m-l) junto a Elena Ódena y Raúl Marco.[11] En 1989 comenzó también su carrera de escritor. Pese a la disolución del partido continuó con su militancia política.
Tiempo después funda la editorial El Garaje, y continua escribiendo.

Años después, una amiga querida, Violeta Baldor me pasa su teléfono y le llamo. Yo que recordaba el día en que vi las caras de los cinco jóvenes en el periódico de la casa de unos familiares y aunque no tenía conciencia política muy definida, sí se me heló la sangre ante la noticia de un estado asesino que, en la madrugada de ese triste día de septiembre. asesinaba a unos jóvenes. Me hice muchas preguntas el día que vi y escuché la noticia de las cinco condenas quedándose clavadas en la memoria las ejecuciones de los cinco jóvenes. Cuando tomé el teléfono para entrevistar a Manuel se me agolparon todas esas preguntas en la cabeza porque iba a hablar con uno de los personajes míticos de mi juventud y de mi educación social, sentimental y política, porque una forja sus creencias y esencias a golpe de lectura, de recuerdos anclados y lo vivido en aquellos años de finales de la dictadura creo que nos definieron a muchas.

Hemos hablado unas cuantas veces, y afirmo sin rubor que Manolo ejerce una cierta docencia virando o cuestionándome en algunas de mis acciones como aquella vez que me insistía: “ir a una manifestación, encierro o protesta lo puede hacer cualquiera, escribir sobre lo tuyo solo tú” Y a esa frase le debo una novela sobre mi tío sobre el camino seguido hasta desentrañar su historia mezclado con los supuestos de una vida que no fue porque se cruzó un golpe de estado, una guerra y mucho dolor. A fuerza de escribir esa historia, yo que detesto la autoficción, forjé un libro de esa forma. Inédito, por supuesto como tantos.

Amigos comunes, como Elsa Osaba y Chato Galante (otro de mis referentes) con quien pasé un día inolvidable lleno de largos recuerdos y alguna risa cuando me perdí por Castro y él me guiaba comentando risueño “ya te vale, yo guiando a una cántabra por su tierra”
Este es Manuel Blanco Chivite y ahora quiero hablar de su obra Hazañas Belicas.

Aquí estamos, Manuel, tal que si nuestra gente hubiera plantado un árbol como hizo la abuela en uno de tus cuentos y bajo su sombra nos cobijáramos del miedo, del odio que brota en este país entre gente que parece normal, pero que de pronto se convierte en alimaña que asesina a un sobrino que se niega a matar a su hermano por una forma de ver la vida.
Aquí estamos, Manuel, a cobijo del miedo que nos produce algún vecino que denuncia al tendero o al zapatero o a cualquiera de ellos para quedarse con su negocio o con su casa, o con todo. A jóvenes mártires o derrotados que viene a ser lo mismo.
Y es que la Memoria, lo que contamos al asomarnos al papel reflejando nuestros miedosos recuerdos no pone a cubierto, no de los tiros ni de las bombas(drones ahora) sino del olvido.
Olvidar, Manuel, bien lo sabes, remata el crimen cometido por ellos sobre nuestra gente. El olvido los mata más y peor. Lo sabemos Manuel, por eso en cada libro, relato, cuento o lo que sea, que contamos de nuestra gente y como fueron exterminados, nos contamos a nosotras porque ampliamos el campo de mira además de aprender qué, cómo y lo que nunca puede volver a pasar.

Bien sabían esto los criminales que llenaron las fosas y ensangrentaron las tapias y barrancas del país. Conocían la importancia del olvido, por eso borraban los nombres, sellaban con miedo las bocas de las y los viudas, de hijos, de nietas, de hermanos. Porque saben que lo que no se nombra es como si no hubiera pasado. Buscan el olvido para repetir, es como si tuvieran cada poco hambre de odio, de sangre, de víctimas. Y quieren repetir. Por eso borran y se enfadan tanto cuando nombramos, señalamos, significamos. Por eso es tan importante libros como Hazañas Bélicas porque remueve con brío literario exquisito el árbol de la memoria contándonos la historia, no la grande que esa es patrimonio de historiadores, sino la cotidiana. La de jóvenes derrotados, madres que languidecen de espera, hermanas que buscan la boda con el sicario para salvarse o familias que se reúnen bajo la sombra de un árbol plantado por la abuela sombre los restos de fusilados.
Recordamos a nuestra gente porque en ellos y ellas está la verdad de nuestra estirpe. La saga de la gente de bien. Porque al asesinarlos quisieron borrar también su pensamiento, las ideas por las que luchaban cada día para construir una sociedad más justa e igualitaria. Y eso es lo importante. Su mensaje, su ideario, porque ni su vida ni su muerte tendría sentido de no ser por las ideas que defendieron y que siguen siendo nuestras.

Me molesta mucho cuando dicen, al agasajarlos, que dieron la vida por…Es mentira. Quizá fuera cierta la frase dedicada a quienes cayeron en combate porque de forma consciente se unieron a una guerra, a la lucha. Pero no es así para los fusilados, los/as paseadas, rapadas, las tiradas en fosas, o a las que obligaron a ingerir ricino. Ellos y ellas, no ofrecieron sus vidas, se las arrebataron de forma alevosa. Les robaron un futuro de lecturas, familia, risas, lágrimas. Les robaron unos hijos, una esposa, envejecer junto a su gente en paz. Se lo robaron, no lo entregaron. También nos los robaron a nosotras, sus nietas, sobrinas, hijas porque nunca sabremos qué nos hubieran aportado.
Por eso es tan importante este libro, porque estamos obligadas a contar. No es opcional, bien lo sabes Manuel, es nuestra obligación y nuestro derecho. Por eso estamos aquí celebrando este magnífico libro.

Nuestra obligación es reponerlos en la historia. Y no solo nombrándoles como hacemos con José Humberto Francisco Baena Alonso, Ramón García Sanz, José Luis Sánchez-Bravo Solla, Ángel Otaegui Echevarría y Juan Paredes Manot . Y también, no nos olvidemos de Antonio Garmedia que es indultado debido a las consecuencias físicas del tiro en la cabeza que recibió durante su detención . Tenemos que contar y nombrar las historias grandes y las pequeñas, porque seríamos cómplices del criminal del Pardo, que después de firmar las sentencias se fue a dormir dando orden de que no se le despertase por nada del mundo. Ni tan siquiera por el Papa que llamó pidiendo clemencia, él, ellos tan fariseamente católicos. Tenemos que despertar a la sociedad del sueño porque de no hacerlo se reproducen como estamos viendo.
Tengo que felicitar al destino porque algunos os salvasteis por pura baraka. Entre ellos tú que adquiriste el compromiso de contar. Y necesitamos saber lo sufrido aquellos meses y el horror del alba del 27 de septiembre de 1975, para que quede en vuestra memoria y alimente la rabia que nos de fuerza para impedir que vuelvan a ganar.

El caso, querido Manuel, queridas lectoras o escuchadoras, que este hombre no quiso parar, porque con la misma fuerza y valor que cruzaste el rubicón en los inicios de los años setenta, sigues hoy luchando y contando como haces en Hazañas Bélicas. No sé si es valor o consistencia que parte de que sabemos que estamos en un lado de la historia que mejora la vida, que camina por la senda de los derechos humanos, de la justicia social, del cuidado mutuo, justo donde acompañamos al extranjero, al precario, a la disidente, a la temporera…
Hoy te muestro el mayor agradecimiento por esa lucha, por la fe que sigues manteniendo y se la extiendo a los compañeros a José Humberto Francisco Baena Alonso, Ramón García Sanz, José Luis Sánchez-Bravo Solla, Ángel Otaegui Echevarría y Juan Paredes Manot además de tantos otros como un día me puse a contar y andan sus nombres en nuestro Ágora Solidaria porque nos negamos al borrado de la historia. Al olvido de nuestra gente que fue arrebatada por humanos miserables.

Este libro que hoy nos presentas aquí es historia viva. Sangran sus páginas con un dolor contenido que te lleva a ampliar la mirada y llevarla hasta Gaza, donde hoy, como antes en España y en tantos lugares, se asesina a niños, niñas, mujeres y hombres. Donde hoy la justicia, la democracia y la verdad yacen entre escombros como en nuestra dictadura yacían en fosas. Este libro hay que leerle despacio, con intervalos porque el dolor que encierran sus páginas, ahoga Manuel. El otro día Elsa Osaba, otra figura memorable, me lo decía. Poco a poco, porque duele, María, duele demasiado.
Este libro abraza a la historia. Une la nuestra, la de nuestra gente con la de los niños gazatíes, terroristas los llama el hijo del genocida en uno de tus relatos, mientras contempla aburrido como su papá derriba edificios y hace saltar por el aire a los cuerpecillos troceados.

Por ellos, por todas las víctimas seguimos empeñadas en contar, con pluma o teclado pero refiriendo una historia que quisieron borrar pero ya nos encargamos nosotras de ganar la batalla al olvido.
La Memoria es nuestra batalla, querido Manuel y la estamos ganando. Tú eres uno de los generales que camina triunfante por esta batalla.
Gracias por este libro magnífico, por tu vida y porque nos sirves de faro.
María Toca Cañedo©
https://lapajareramagazine.com/violeta-l-valdor-artista-y-luchadora-por-la-libertad
Hazañas Bélicas, Manuel Blanco Chivite. editorial El Garaje

Deja un comentario