En las historias de quienes crecieron sin sostén (entre violencia, indiferencia, negligencia o directamente con dificultades graves para ser registradas en su identidad) aparece a menudo una estrategia de supervivencia silenciosa: la de la autocirujana.
Esa parte que, sin manos externas que cuiden, ayuden o co-regulen, aprende a explorar y operar las propias heridas emocionales.
La autocirujana lee, estudia, analiza, busca explicaciones una y otra vez.
Se interroga frente al vacío desde que se recuerda con una estatura de 1,40.
Sobrepiensa, aprende, tiene hambre voraz de conocimiento.
«Por qué se comporta ese hombre así, por qué me siento tan mal, por qué ha hecho un familiar tal cosa, por qué la textura de ese alimento me estomaga, quién soy en medio del Universo, no entiendo lo que acaba de ocurrir, el domingo por la tarde me mareo, por qué esta angustia existencial si tengo doce años.»
La autocirujana acude y ordena el caos con palabras, con teorías, con libros que ofrecen marcos de sentido.
Te impele desde siempre a responderte algo que calme o acompañe cuando las preguntas son agujeros negros y tú masa pequeña.
Masa adolescente angustiada frente a la multiplicidad de galaxias y la nada.
Desde fuera pueden llamarlo “demasiado”: demasiado mental, demasiado intensa, demasiado autosuficiente, demasiado intelectual, demasiado sensible, demasiado rara.
Demasiado crítica, demasiado preguntona, demasiado triste.
Pero nada de esto es exceso. Es creatividad necesaria frente al dolor sostenido o frente la diferencia que provoca en lo grupal extrañeza ajena o (auto)exclusión.
Ofrezco (ahora ya con todo mi ser adulto personal y profesional) reconocimiento al valor de esa autocirugía solitaria.
Al mismo tiempo que observo la importancia de acompañarnos con compasión para depositar en algún momento el bisturí y permitirnos experimentar seguridad, regulación compartida y confianza en el otro/a. Solo así el conocimiento se convierte en integración y la herida puede transformarse en cicatriz.
De los libros y la teoría a la piel y la calma.
Tengo que decir, con algo de experiencia propia y vicaria, que hasta la más hábil autocirujana necesita descanso.
Porque lo que nació en la herida del vínculo, solo puede terminar de sanar en el calor de otro vínculo.
El bisturí abre, pero no abraza. El conocimiento contiene, pero no sustituye la experiencia de ser sostenida. Los Congresos, los cursos, enseñan pero las risas compartidas alimentan.
Los libros acunan pero no tocan la espalda, el aprendizaje da sentido pero no termina de ser antídoto frente a la desconexión social o afectiva.
El vínculo daña y el vínculo repara.
La comprensión intelectual aporta contención, pero la verdadera integración requiere experiencias emocionales reparadoras: la vivencia de ser escuchada, validada y sostenida en una relación, amistosa, amorosa, terapéutica o de cuidado.
En sociedad.
En grupo.
La autocirujana fue necesaria, prima.
«Si no hay nadie ya me lo hago yo, me consuelo yo, me cuido yo».
No se trató de un exceso, sino de una respuesta adaptativa frente a la soledad y la falta de acompañamiento.
Pero hoy, quizás, también mereces dejar el bisturí, el escalpelo y el quirófano solitario a un lado y permitir que otra mano acompañe la cicatriz y le dé crema, caricia y comprensión.
Imagino la de veces que buscaste medicina.
La de veces que la anestesia no te llegó a tiempo o estaba fuera de stock
en el equipo básico del otro.
La de veces que llamaron rareza, arrogancia, pedantería, «hablas que no se entiende«, a tu pura supervivencia y tu identidad.
La de veces que no pudiste reclamar daños y perjuicios a nadie por lo ocurrido.
La de veces que el amor o la amistad resultó yatrogenia en vena. La de veces que tú también empujaste hacia afuera lo interno, lo oscuro, ciego y desbrujulado.
La de veces que buscaste equipo médico y sin encontrar uno que supiera de tu mal (o al menos te escuchara sin traducir el mensaje gratuitamente) te disfrazaste de valiente y extirpaste el residuo.
A pelo.
La de veces que te tuviste que operar sola, expulsar la pus y cerrar la herida en medio del suelo de la cocina, delante de un libro que ponía palabras a la confusión, con la compañía de un cenicero montaña o tal vez un Diazepam y un helado.
La de veces que a tu resistencia cirujana la llamaron autosuficiencia.
La de veces que un yo puedo, aprendo y sano sola no fue soberbia y barbilla levantada.
Tan solo fue, amiga, inevitable.
Lo UNICO posible.
Te abrazo fuerte.
Me abrazo contigo.
Por si sirve.
María Sabroso.

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