A estas alturas nos hemos dado cuenta de que vivimos tiempos adversos. Cada día al levantarnos nos encontramos con una tragedia, un drama social de mayor calado que el anterior, concatenando sucesos hasta aniquilar la percepción de lo que suponen, perdiendo el sentido de la realidad a fuerza de contemplarlo.
Habíamos pensado que los horrores sociales, las hambrunas, las guerras despiadas, los ataques brutales, se confinaban lejos de nuestra sociedad occidental, sofisticada y socialmente limpia. Las hambrunas, los genocidios eran cosa de países salvajes, de hutus y tutsis, de países poco cultos. No como nosotras, tan edulcoradas por la civilización occidental.

Hete aquí que a pocos kilómetros de nuestras costas (sí, ni Israel ni Palestina se encuentran lejos, son bañadas por el mismo Mediterráneo de nuestras costas turísticas) se ha declarado la barbarie más doliente que podíamos imaginar. Israel, un país con el que tenemos relaciones estrechas, supuestamente democrático, simpático por su cultura gayfriendly, ha invadido a una población indefensa, legitima dueña del territorio para más inri, y la está exterminando a bombazo limpio, mientras ametralla a los hambrientos niños/mujeres/hombres que se acercan a tomar las migajas que han consentido en dejar pasar con la sofisticación monstruosa del genocida.

Nos asombramos de que el país ejemplo de democracia (modo irónico) EEUU haya escogido como gobernante a un orate infame que se regodea eliminando derechos, apoyando al gobierno genocida del sionazi Netanyahu, que expulsa a gente de piel oscura aunque mantengan nacionalidad norteamericana de tercera generación, expulse a quien se le opone y vocifere humillando a gobernantes de la UE. Contemplamos perplejas las imágenes del vejestorio anaranjado perdiendo las formas con cada cosa que le incomoda y nos parece irreal lo que presenciamos. Quizá porque esos modales antes eran típicos de Idi Amín Dudú, Pol Pot, Mobutu u Obiang pero los nuestros eran comedidos, olían bien y lucían impolutos, aunque alimentaran a dictadores e invadieran países poco afines. Lo hacían con cierto decoro, el justo para no horrorizarnos.

Esa etapa ha acabado. Entramos en los años de la ira, casi diría que fue justo al acabar la pandemia aunque ya de antes coleaba el monstruo. Han vuelto ideologías que suponíamos enterradas, perdiendo el pudor los representantes del brutalismo mediático y político, atreviéndose, como Milei por ejemplo, a afirmar que los niños/as con minusvalías, que los enfermos graves, los pensionistas y la gente no productiva, eran problema de su familia y no merecían ningún tipo de apoyo social. Muérete si eres débil, estás enfermo o viejo, nos dicen sin pudor. Muérete si has nacido en un país expoliado por el abuelo de quien te condena, no tienes que comer o una guerra te extermina. Muérete y no molestes que estamos engrandeciendo la patria con los fuertes, con los malotes que no sienten piedad, nos dicen los exegetas del brutalismo político, mediático y social.

Hace poco un tipo defendía las formas represivas de Bukele comparando con ventaja a El Salvador con Suecia, afirmando sin despeinarse que el país que ha encarcelado sin derechos a uno de cada diez jóvenes tiene una sociedad ejemplarizante, no como Suecia que anda carcomida por la violencia. No era un sinsorgo, lucía título de universidad de postín.
Los títeres que persiguen a políticos con infames micrófonos, los oscuros periodistas que calumnian sacan fotos de hijos en la guardería, o ecografías de gemelos, que aseguran las conspiraciones más enfermizas, que enmierdan los dramas sociales convirtiéndoles en espectáculo como la DANA pero obvian llamar al Ventorro o entrevistar a la mujer que entretuvo el tiempo de Mazón o le sirvió las copas, pertenecen a una rama periodística que se da en llamar, brutalismo mediático.

Las características de este brutalismo, mediático, político y social, son simples.
Muestran una crudeza permeada de una aparente honestidad, considerados por sus acólitos como valientes, buscadores de la verdad. Solo ellos se atreven a hacer fotos de bebés, a llamar Begoño a la compañera del Sánchez, a invadir espacios personales saltando muros de casas.
Buscan como locos la confrontación, el shock, la polarización extrema. Son descorteses, sin atisbos de civismo, insultan como forma de deformar la verdad dando valor a ese tipo de brutalidad en un intento de hacerla pasar por valentía, objetividad, periodismo o activismo valiente.
El objetivo no es obtener la verdad, sino humillar al adversario, ridiculizarle, imponer una visión única (la suya) portando un absoluto sesgo de confirmación.

En estos nuevos grupos sociales y periodísticos, existe un claro hiperliderazgo. Todo gira en torno a un líder que se convierte en mensaje indivisible del personaje. Esos hiperliderazgos han sido utilizados desde que el mundo es mundo por todos y cada uno de los dictadores de cualquier signo.
Otra de las características comunes, es un total desprecio por cualquier que no piense como el interpelante. Son amos de la verdad absoluta, sin matices, sin discusión, sin fisura.
El discurso del brutalismo político, social y mediático se enfoca hacia las emociones, el tribalismo, la lealtad brutal e irracional a las ideas defendidas. No hay discusión ni posible disidencia. Cualquier fisura critica supone la exclusión del grupo.

Todo lo referido nos trae recuerdos trágicos porque resume y calca el fascismo que creíamos muerto y enterrado en las fosas de la Segunda Guerra Mundial. Ha resurgido y nos preguntamos por qué.
Quizá la respuesta surge de lo expresado al principio del artículo. Vivimos unos tiempos de ira que suponen una población emocional y colectivamente indignada, rabiosa, enfadada, lo que hace posible que se produzca el citado brutalismo.
La ira es emoción polivalente, puede servir para el estallido revolucionario que cambia el mundo de forma positiva. Recuerden las grandes revoluciones que han surgido siempre de estrepitosos estallidos de ira, como el que produjo la Revolución francesa, o la bolchevique. O los movimientos obreros que torcieron el brazo de los empresarios esclavistas y sacaron derechos que disfrutamos. La misma ira que llevó a miles de mujeres a demandar el voto, los derechos y libertades que el feminismo ha propiciado.
La ira es una emoción social que puede producir hechos gloriosos como el 15M, las Primaveras árabes, las respuestas masivas ante las guerras coloniales y ante genocidios. Lo que ocurre que una emoción dirigida hacia un lugar o un fin poco edificante nos puede sumir en el desastre.

Polarizar la sociedad, fragmentando su endeble andamiaje sin dialogo convirtiendo las diferencias en ataques personales supone riesgo de guerra civil, de confrontación entre dos facciones irreconciliables. Para conseguir esta fragmentación, la ira desviada, tiende una red de desinformación que engaña a la población. Como ejemplo de ello recordemos el odio racial generado por los nazis hacia las razas “inferiores” o el racismo visceral de los blancos sureños que tornaban los trajes de alpaca por sayones y capirotes blancos para ahorcar a todo negro que se les ponía delante. Como fue el genocidio producido sobre la población española en la postguerra eliminando a cualquiera que mostrase tibias diferencias ideológicas con las imperantes. Como ahora sentimos el odio que se está gestando (o está gestado ya) hacia el inmigrante en el civilizado occidente. La tosquedad del argumentario ha sido la base de cualquier barbarie, la mentira ha teñido la diferencia pasando a ser considerada ataque personal.
Ese odio al diferente, al débil, al precarizado es lo que distingue a los tiempos de ira perniciosos de los otros. Es diferente sentir rabia contra el empresario explotador o el hombre maltratador que tiraniza a la víctima, que polarizar el odio contra gente hambrienta, desesperada, herida, que huye de guerras, hambrunas o el miedo. Si la ira se dirige hacia arriba puede producir revoluciones positivas, cambios sociales que hagan progresar a los/as desfavorecidas. Si la ira, por el contrario, se dirige hacia abajo, hacia el débil, se convierte en barbarie.

Para manipular la ira, para gerenciar la agresividad social es preciso una tarea ingente de desinformación, de mentiras, de manipulación. Amalgamado todo ello, llegará el líder salvador y convencerá al pueblo que con él llega la total solución a los problemas que vive la sociedad.
Pregunten a los votantes de Milei, de Trump, de Ayuso, de Abascal, de Orban…observarán que nos son seres irreales, malvados congénitos, perversos sin remedio. Son personas que partiendo de una realidad precaria han sido convencidos de que la culpa era del que llegaba en patera, como antes se convenció a los alemanes burgueses bien pensantes que perdieron la I Guerra Mundial porque el conjunto de los judíos, junto a comunistas, gitanos y gays, habían socavado los cimientos del glorioso ejército alemán.
Un colectivo iracundo es capaz de avances sociales importantes o de desastres criminales. La pasión política es importante, el problema radica hacia donde se dirige esa ira generada por las pasiones irredentas. Puede dirigirse a la revolución o al brutalismo social.
Y en esas andamos.
María Toca Cañedo©

Gracias Maria, ya te encontrabamos a faltar en este impass veraniego.
A vosotros… muchas