Pasos atrás

 

Hace unos días visionando la serie de Netflix,   Pasos atrás que cuenta la historia de Adelina Tatilo, periodista italiana, fundadora junto a su marido de la revista erótica Playmen  — podría considerarse la versión italiana de Play Boy– fui sintiendo, conforme avanzaba la serie biográfica  un respingo de recuerdos dolorosos me nubló la realidad del argumentario principal de las secuencias.

La historia, debidamente edulcorada y ampliada, refiere cómo fueron los tiempos en que las revistas eróticas, a la vez que el cine y lugares de encuentro liberales, rompían el secular puritanismo hipócrita italiano, que bien podría extenderse con los mismos sesgos a  España, Portugal y Grecia. Países en donde el catolicismo, la educación retrógrada y la enorme influencia de una iglesia anclada en el pasado, detentaban el poder sobre moral y costumbres sociales,  mientras abusaba de niños/as  cubriéndose de escándalos internos su trayectoria histórica.

La disyuntiva que el argumentario de  la serie nos plantea al feminismo es conocida ¿Hasta dónde se puede considerar liberador la utilización del cuerpo femenino como objeto erótico en revistas cuyo visionado era totalmente masculino? Tal como pasó en la popular Interviú española, los artículos de crítica social y periodística difuminaron el contenido erótico de dichas publicaciones convirtiéndolas en una vanguardia informativa mientras en la portada y en sus páginas centrales se lucían suculentos desnudos femeninos que aligeraban el mal trago de los reportajes. Era la fórmula impuesta por el tiempo de destape. El supuesto liberalismo que el tardofranquismo filtraba para adormecer la falta total de libertades en otros campos.

Pero no es eso –o no solo–  lo que me produjo la desazón de la que quiero hablar.

La serie, exquisitamente documentada, tanto los exteriores como en los interiores de domicilios, oficinas y lugares de encuentro conforman el decorado sentimental que guardamos de los años setenta del pasado siglo, a quienes los contemplábamos estrenando la vida recién salidas de la niñez.  El papel couché, el cine y algo de la televisión recreaban el ambiente festivo, rompedor incluso, que en la historia que nos cuentan,  se fue tornando  hostil mientras, casi sin querer, rememora sucesos sociales que la propia dinámica del recuerdo lleva a caer en la tibia capa del paso del tiempo,  y nos relega al olvido quizá lo más desagradable en aras de potenciar la juventud y los descubrimientos que nos solazaban el entretenimiento.

Quizá sea supervivencia de especie, o cierta configuración mental que nos hace a  las personas tender  a traspapelar en el lado oculto de la memoria lo desagradable, el lamento profundo que nos produjeron unos tiempos que, si bien andaban envueltos en un celofán coloreado,  se  guardaban tétricas pertenencias dentro del envoltorio.

La protagonista de la trama, Adelina Tatilo, es traicionada por un marido narcisista y manipulador en extremo, que transita de amante en amante sin menoscabo del “amor” que profesa a su “santa”. Todo muy latino, exquisito en el disfrute egoísta de las enormes ventajas de una sociedad patriarcal que aún no se había cuestionado, o no demasiado. Y es precisamente en ese momento cuando la serie socava lo superficial y se adentra en la sima social con la que se adorna de liberalismo cuando  se nos tuerce la mirada, contemplando cómo son los procesos de divorcio, o cómo se trataban los casos de violación, en donde el agresor, con el fin de reparar la falta, ofrecía matrimonio a la violada con la total aquiescencia de las familias implicadas, salvando así en “honor” de ambas partes condenando a la mujer a una convivencia eterna con el violador. Recuerden, no existía el divorcio.

Visionando las turbias escenas no podemos evitar que   se nos agrie la mirada de forma paulatina y afloren  recuerdos que  de pronto se avivan al contemplar lo que ofrece la pantalla  que se nos torna dolorosamente común a las que lo vivimos aunque fuera de refilón todo aquello. Las  que hoy nos apodan, Charos, con el mimetismo del estúpido, los cabezas huecas ultras de hombres más necios que fascistas.

De pronto aparecen en la pantalla  del recuerdo las humillaciones, las miradas obscenas lanzadas a la niña que caminaba con recato porque solo tiene doce o trece años, senos incipientes y una caderas que forzaban  más de la cuenta las costuras del pantalón estrenado dos meses atrás. Las palabras que escupen bocas de hombres adultos, tan insultantes que no se entendían,  percibiéndolas  como latigazo por el tono soez que bajaba por el andamio, o traspasaba el ruido vecinal haciéndonos  huir de aquel siniestro tipo que con voz susurrante, salivando espasmódico  y con ojos acuosos, nos lo comía todo. Y nos preguntábamos ¿dónde quedó el tiempo de la inocencia? y con suerte, con mucha suerte, nadie nos escupía salivazos machistas obscenos. Añoramos la infancia. Detestabamos crecer porque las miradas masculinas nos ensuciaban la propia mientras no se comprendía . Nos preguntabamos  ¿qué había pasado? para convertirnos en pieza de caza para cualquier  amigo de papá o conocido.

Al punto, se nos recuperó el momento en que no querías pero cedías un poco a la invasión de la mano intrusa que ejercía una presión, más dolorosa que molesta, en la teta izquierda mientras te decía al oído: “no seas estrecha, joder, que mira como me pones” Y tú, cómo querías que te quisieran y ser estrecha no estaba entre tus opciones te dejabas un poco, atragantada por una náusea, mientras una lengua viscosa y atabacada te revolvía el paladar con poco lustre casi hasta la arcada.

Y recordabas el embarazo imprevisto de la amiga, o el tuyo; la búsqueda ingente de una solución que te permitiera seguir con la vida de adolescente. En silencio y en secreto porque  en la familia no se entendía perder la honra o no había dinero para el aborto cuidado…y se buscaba entre amigas que hacían(mos) cuestación solidaria sin saber que estábamos inventando la sororidad, porque el feminismo quedaba lejos y aún no había llegado al barrio, al pueblo o al instituto.

Hubo muertes. Una vecina matrona se lanzó, desesperada ante la delación,  desde el piso once de la Residencia Cantabria, por no poder enfrentar el proceso de un aborto que salió mal. Abortos que  se realizaban en  cocinas, con útiles que escamoteaban de los quirófanos, sin asepsia pero bien pagados por las pobres a las que no les llegaba para Londres, o para la clínica de lujo del centro de la ciudad en la que abortaban entre ramos de flores y sonrisas amables las chicas del Sardinero, Calvo Sotelo o Reina Victoria, porque ya sabemos que el pecado y hasta el delito se hizo para pobres. Y, sobre todo, para mujeres pobres…o menos pobres,  pero mujeres.

Visionando la serie escuché al fiscal preguntar con palabras tal que rebenques “Cuándo pasó el suceso que denuncia? ¿estaba usted entera o ya había perdido la honra?” A la denunciante de la violación la vemos encogerse porque sí, ya había sido deshonrada antes, le habían realizado unas fotos que se publicaron sin permiso porque el cuerpo de la mujer era (¿es?) público,  por tanto no merecía el respeto a negarse, a no querer. Lo realizado por el vecino que decía amarla, incluso estaba dispuesto,  en el grado supino de generosidad, a casarse porque, aunque ya estuviera deshonrada de antes, la chica le gustaba y de esa forma evitaban problemas ambas familias. A la joven  la vemos empequeñecerse, quedarse sin palabras porque en sus adentros tenía interiorizado a través de siglos de patriarcado que si se ha perdido la honra,  su cuerpo  se convierte en autopista de paso por donde cualquiera puede transitar.

Es que era así. Nos habían clavado lo que ahora llaman “mujer de alto valor” las normas para serlo a sangre y fuego durante siglos. Tenías valor si te mantenías “pura para ÉL”. El elegido. Mejor, el que te elegía para hacerte suya de por vida. Tenías valor si cocinabas, cosías, te gustaban los niños y el instinto maternal te brotaba espontáneo, inherente  a tu condición de mujer. El valor subía si eras sumisa, pero firme en las propuestas indecorosas; si sonreías con beatitud, no bailabas más que para los Coros y Danzas de la Sección Femenina, portabas en mayo flores a María que madre nuestra es y tu vestimenta era bonita, incluso colorida para resaltar el arrebol de la juventud, pero tan decorosa que podía pasar la revisión inquisitorial del párroco censor o de la monjita del colegio. Eras mujer de “alto valor” si cosías, bordabas, leías vidas de santos  mientras  el resto de la sociedad  quedaba tan lejos que ni se intuía  el mundo que se convulsionó en el 68 pero solo para los/as pecadores franceses y sobre todo las francesas que llegaban con sus bikinis ¡horror! a llenar las playas hasta hace poco socorridas y familiares llenándose de pecado tentador para los agrestes jóvenes extranjeras. Lo malo llegaba de fuera –casi como ahora– nosotras éramos la reserva moral de Occidente, clamaban desde el poder mientras ellos follaban a discreción. Pero eso no contaba, te decían, porque ellos podían. Nosotras si queríamos mantener el “valor” no. Andábamos sobre un trapecio de sebo con alto cuidado de no perder el «valor» que nos daban desde afuera.

Eran cotidianos los desprecios, los chistes soeces que se realizaban en la oficina, y que la propietaria de Playman soporta con una cínica sonrisa y el cigarrillo humeante entre los labios amoratados de un carmín poderoso, porque sabe que anda por la selva y se maneja a golpe de disimulo bajo el poder limitado de los simios. Poder que pierde bajo los golpes que  en un momento dramático, la propina el marido enfadado, cuando comprueba que ya no tiene el cetro porque su mala cabeza se lo ha perdido, o no tanto, y se producen moratones deformando la cara pero no se denuncia porque la amenaza de perder los hijos es suficiente para acallar la boca, volver a ponerse hielo en el moretón y disimularlo con base de maquillaje densa y tira para la calle.

Las preguntas capciosas, las disculpas de que dentro de la casa y en un matrimonio nadie puede meter la mano porque luego se arreglan y a saber qué ha hecho ella para hacerle perder los nervios con lo simpático y atento que parece y el dinero que tiene y total, si tan mal la trata ¿por qué no se va? Todo se aguanta con el estoicismo aprendido de siglos, que transmitieron madres y abuelas que soportaban el asalto nocturno y abortaban introduciendo agujas de hacer punto, con irrigaciones de ruda y perejil o tirándose por las escaleras por si había suerte y el feto no se había agarrado, que las más de las veces era que sí, y se volvía a parir al quinto o al sexto porque qué más da, donde comen cuatro comen cinco y más manos para la labranza.

Reconozco, queridas lectoras/es, que me restañaron en la memoria muchas de esas escenas porque las reconocí. Mejor, las recordé, incluso algunas las viví en propio cuerpo y otras en la de amigas queridas que se comían las lágrimas con mocos en el silencio de un abrazo tierno entre nosotras. Siempre entre nosotras. Inventando sororidad sin saberlo.

Me abrasa la idea de que  demasiada gente ignorante, quiera tornar a esos tiempos, torciendo la manilla del reloj y llevarnos en la máquina del tiempo a los años setenta (tampoco me voy más atrás) cuando pegar a un maricón o humillarle en público era lo normal y solo en las oscuras catacumbas de antros de perdición una persona podía abrazar a otra de su mismo sexo, o darle un beso sin miradas alertas y censoras. Claro que ni los muros de la clandestinidad protegían del todo porque  los cachorros malditos del odio fascista, rompían las puertas, o tiraban un cóctel Molotov para que salieran despavoridos los libertinos y golpearles hasta lo inaudito, hasta que olvidaran que el amor y el sexo es goce o no es.

Todo eso quieren que nos vuelva a la sociedad. Pensábamos que se había superado el horror de odiar como forma de evidenciar al diferente. Hoy ellos –y algunas ellas–  hablan de “mujeres de alto valor” de “volver a la familia tradicional” o “reconvertir a desviados” y  a las que vivimos en esta sociedad y andamos de vuelta, se nos abren las carnes porque sabemos por propia experiencia el dolor, la terrible soledad que encierran esas frases que se traducen por odio, ignorancia, brutalidad, poniendo la crueldad animalesca sobre cualquier conciencia social.

No sé qué decir, ni cómo acabar este artículo, solo prometer que ni un segundo de mi vida ha de pasar sin que siga el empeño de no volver atrás, de no retroceder ni un solo paso del avance social conseguido. No valen los discursos falsarios empeñados en falsas investigaciones de denuncias falsas (malditos Sotos Ivars de turno) no valen las falacias porque nosotras, las mujeres de entonces tenemos la memoria muy fresca y sabemos que a eso no se vuelve porque es violencia y dolor, mucho dolor.

No duden de que se van a encontrar con el frente unido de las “Charos”  junto a  las jóvenes que volverían a sufrir lo vivido, y  por los colectivos lgtbiq+ que serían afectados al igual que nosotras.

Ni un solo paso atrás. Ni uno solo. Y vean la serie que es buena.

María Toca Cañedo©

Sobre Maria Toca 1913 artículos
Escritora. I Premio de Novela Ateneo de Onda 2016. II Premio Concurso Literario de Relatos del Bajo Cinca, 2015. I Premio de Relato Guadix 2020 Finalista de varios... Hasta el momento, tres novelas publicadas: Son celosos los dioses, Prototipos, El viaje a los cien universos. Poemario: Contingencias. Numerosas participaciones en libros de relatos corales. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina

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