«Construir, habitar, pensar», deliberaba Heidegger ante los arquitectos alemanes en los primeros momentos de la reconstrucción de la República Federal en el en el Darmstädter Gespräch de 1951 (y Ortega le respondía con su «Meditación de la Técnica«). Por otras razones, también había entonces un problema de vivienda. Un mundo tan imaginario como criminal se había derruido y la pérdida de hogar de Heidegger, en tanto que condición humana, era algo más que una metáfora. Heidegger entonces promocionaba una mirada nostálgica al «lar«, fuego constitutivo de un mundo ideal, común, en el que la lengua, la tierra y el poder se entrelazaban en un solo proyecto, ese mundo nostálgico que la modernización había destruido. Leo en las redes a muchas voces proclamando que la «Remigración» nos devolverá ese hogar perdido del centro de las ciudades (lo que implica la «remigración» mejor no pensarlo mucho. Y mejor no pensar tampoco en esos emigrantes ya estabilizados que piensan «a nosotros no, es a ellos, nosotros estamos con Vox«, igual que los judíos de la diáspora pensaban «nosotros no, nosotros somos alemanes, más alemanes que los alemanes«).

Pero el punto filosófico sigue siendo la pérdida de hogar como condición existencial. Movimientos nostálgicos como la moda de la camperización, de las cabañas y refugios rurales, de la vuelta a los ranchos por parte de los ricos (el rancho de nuestro ínclito Felipe González en la Sierra de los Ibores, en Guadalupe). Soluciones tan imaginarias como individuales de nostalgia del hogar perdido, a lo que nuevas generaciones responden con otra forma de construir, habitar, pensar: el hogar está aquí, aquí me quedo, y se instalan en la plaza pública en un caos organizado visual y emocional.

No es la vivienda, o no es la vivienda solo, sino la cuestión del espacio y el lugar, del territorio y el paisaje, de las formas de habitar en un mundo congestionado. Un mundo que ha de pensarse como en un tiempo similar lo pensó la Bauhaus, ahora perseguida por la ultraderecha racial. Hacer del despacio salvaje de la ciudad y la metrópolis una nueva forma de hogar sin la nostalgia del fuego y sin los imaginarios criminales que han recorrido la modernización.
El urbanismo es y debería ser ya una rama sustancial de las humanidades. De humanidades que no aborrezcan los cálculos y las medidas, y de ingenieros y arquitectos que lean a Vitrubio y a Tucídides. A Tucídides, especialmente, para entender cómo ciudades que vivían más o menos en paz fueron conducidas a una de las primeras guerras suicidas, la de la civilización helénica.
Fernando Broncano.

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