Tenemos preparado un largo memorial sobre Santoña que verá la luz en nuestras páginas sin tardar mucho por lo que no nos vamos a detener demasiado en la peculiar historia del origen de las famosas salazones que han dado lugar a la anchoa con quien se identifica este hermoso pueblo de la Cornisa Cantábrica. Los primeros “salatori”*llegaron desde Sicilia, primero como pescadores del bocarte que en sus aguas desaparecía, por lo que embarcaron en busca de mejores bancos del preciado pescado, trasladándose hasta Santoña donde se daba la mejor calidad de dicho pescado, que hasta la llegada de los sicilianos, era descartado como inservible. Al principio los sicilianos pescaban tornando una vez sazonado en sal el pescado a Sicilia. Con el tiempo pensaron que era absurdo el traslado, fueron cimentando relaciones familiares en el pueblo y comenzaron la industrialización de la anchoa. Los salatori mantienen huella en Santoña, con los apellidos que portan nativos y las ruinas de factorías creadas por los italianos.

La costera del bocarte, como la del bonito o el verdel, ha mantenido a la población masculina embarcada durante meses. Un trabajo duro que ha sido fuente de ingresos familiares, con riesgo de perder la vida como se demuestra en las sucesivas tragedias que tienen lugar llenando de luto a la familia marinera. Al comenzar a instalarse las industrias conserveras, la mano de la mujer, más pequeña y más diestra en las labores de raspado de la anchoa, hizo que se contratara en exclusiva a las mujeres del pueblo y zonas limítrofes como operarias de dichas empresas.
Esto suponía, por un lado, la consecución de unos ingresos que las empoderaban, y por otro, el sustento seguro en los hogares que padecían la precariedad de las variables inherentes a las distintas costeras que unas veces los barcos rebosaban de pesca y otras regresaban con las manos vacías.

El inconveniente que pueden suponer al trabajo femenino es el común que encontramos en todas las épocas. Las mujeres son mal pagadas y explotadas por considerarlas segmento subsidiario en las familias y la poca combatividad del mujerío a la hora de reivindicar los derechos.

Leyendo los artículos periodísticos de Matilde Zapata entendemos el aprecio que gozó entre las operarias de la salazón por la tarea de concienciación realizado en dicho gremio y la defensa realizada por Matilde de las obreras. Es posible que el contacto con el drama de ser un pueblo pesquero que cada poco se sacudía por el dolor de los hundimientos de alguna embarcación donde se lloraba a maridos, hermanos, novios, hijos…hizo de estas mujeres curtidas y bravas como pocas. Se convirtieron en sujetos activos del hogar, manteniendo a la prole en soledad durante muchos meses, ganando su sueldo y se batían contra el frio, la humedad y los escasos derechos de la época.

Durante la República, tal como decimos leyendo los artículos de La Región, las santoñesas se conciencian de su precariedad. Algunas se posicionan en la izquierda mostrando una virulencia ideológica poco común en las mujeres de la zona. Durante esa etapa, tomamos como ejemplo lo que cuenta Emilia Fuentes sobre su madre la Chila referida en la biografía que escribió sobre ellas Jesús Ruiz Mantilla, La cascara amarga.

La historia de Emilia Fuentes Ruiz, fundadora de Conservas Emilia, es uno de los relatos más emblemáticos del espíritu emprendedor de Santoña. No es solo la historia de una empresa, sino la de una mujer que transformó una necesidad familiar en un referente de calidad gastronómica, pero vallamos con orden y hablemos de su antecesora.

La Chila, personaje antológico que nos retrotrae a dramas épicos clásicos, hospiciana a la que el odio incomprensible de un padre y hermanos de adopción la expulsan del hogar dejándola a la intemperie y con la única opción de buscarse la vida cuando es apenas una niña. Contrae matrimonio con un hombre del pueblo; poco después demuestra la escasa capacidad de supervivencia y de lucha por la familia que año tras año se incrementa con nuevos vástagos.

Es bastante común entre los pescadores, como lo era entre mineros, un alcoholismo que les ayuda a escapar de una vida dura exenta de actividades lúdicas. Esa fue la condición eximente del marido de la Chila y de tantos otros que se exiliaron de las obligaciones familiares. Se explica, no se justifica de ningún modo. Años después, durante los años ochenta y noventa, la terrible plaga de la drogadicción abatió a la juventud de Santoña con saña.
El marido de la Chila aporta poco al pecunio familiar y poca compañía, la mujer acostumbrada al desprecio de los suyos tiene una capacidad de supervivencia fuera de lo común. Construye su pequeño negocio adquiriendo alimentos en los pueblos adyacentes a Santoña, a los que va caminando de madrugada, para revender en la villa santoñesa todo lo adquirido. La familia vive con dignidad, incluso ahorra para los malos tiempos.

No sabemos, porque Emilia Fuentes no lo confirma en su biografía, qué clase de conciencia social e ideológica tiene La Chila, ni como la ha obtenido, lo que sí sabemos es que era republicana convencida, que lanzaba bocadillos con las resmas del pescado que le sobraba de sus negocios a los detenidos que llegaban a Santoña en camiones, de camino a los juicios vergonzantes y al encerramiento en el Dueso. La Chila contempla la mirada desvalida, la extrema delgadez de aquellos presos e idea una técnica para lanzar los bocadillos dentro de los camiones.

Ignoramos si fue amonestada, pero suponemos que no le fue fácil realizar la tarea solidaria. Lo que sí confirmamos es que alguien la denuncia (se supo que eran personas a quien había fiado tiempo atrás y como forma de evitar los pagos realizan la criminal denuncia) ¿De qué se acusa a La Chila? De algo muy común en la época y falso en la mayor parte de las veces, ofensa a la religión. La juzgan por haber vendido castañas en un ¡confesionario! y de beber vino en un cáliz. Muchos años después, Emilia su hija y fundadora de la gran empresa de conservas, diría que su madre era republicana pero muy creyente, jamás hubiera insultado sus creencias realizando lo que se le acusaba falsamente.

Eran tiempos en los que todo valía, no hacían falta ni pruebas ni testigos. Cualquier malandro denunciaba de forma anónima y la saña criminal del franquismo se encargaba de aligerar la población incrementando las fosas , las cárceles o los campos de concentración.

La Chila es encarcelada en el infierno de Saturrarán. Allí vivirá el tormento del hambre atroz, del frio (por cualquier nimiedad se las condenaba a la celda de castigo inundada de agua del Cantábrico, llegándoles hasta la cintura pasando días en soledad mientras la humedad les comía los pulmones y los huesos) Al salir muchas morían de enfermedades o del frio que había producido enfermedades insalvables. La Chila sobrevive a pesar de que hay ganas de fusilarla…No se sabe por qué. Lo cierto es que el cura de Saturrarán le toma cariño, protegiéndola del castigo fatal consiguiendo avales para que salga antes de ser enviada al paredón.

¿Dónde andaba la tropa de sus hijos durante los años de prisión? En la calle, puesto que el padre, sobrecogido por los acontecimientos marcha de la casa familiar y nunca más se sabe de él solo que pasea sus borracheras por los barcos de pesca fundiéndose las escuetas ganancias en vino peleón. Los pequeños de diferentes edades son expulsados de la vivienda ante la imposibilidad de pagar el alquiler (los ahorros de La Chila perdieron su valor al cambiar la moneda republicana) Una de las hermanas, unida y jamás olvidada por Emilia, enferma de tuberculosis muriendo poco después del apresamiento de la madre, puesto que no tienen más refugio que los portales del pueblo sin posibilidad ninguna de los cuidados lógicos . Los hermanos mayores buscan comida como pueden, escarbando en la basura, haciendo cola para recoger lo que el Patronato desecha, que dados los tiempos imaginarán que no era mucho.

La Chila en Saturrarán piensa en sus hijos y la angustia de no conocer cómo sobreviven suponemos que era terrible. Allí coincide con mujeres legendarias como La Dinamitera y otras tantas que sufrían el horror de estar encerradas en una de las cárceles más crueles del país. Saturrarán era la puerta del infierno para las mujeres que pasaron por sus mazmorras, ha dejado recuerdo imborrable en quienes sobrevivieron. Las monjas gestoras de la prisión colaboraban con toda su fuerza al terror impuesto por los vencedores prestándose gustosas al envío de “angelitos” al cielo, según recuerdo de una madre dolorida que cuenta el jolgorio con que es consolada por la monja al perder a su bebé muerto de hambre y frío. Son incontables los niños que mueren en las mazmorras por lo que La Chila, dentro de la fatalidad, se alegra de no tener con ella a sus hijos porque supone que si difícil es sobrevivir en soledad en las calles de Santoña, en la prisión languidecerían hasta morir.

Emilia, que fue niña de pequeñez sobrecogedora e infancia precaria, sobrevive con la fuerza que, quizá, le pasó La Chila cuando compartía su útero, sobrevive en los años en que la madre está presa, añorándola mucho, contemplando desde la calla como las luces se encienden en los hogares que ella ve desde la distancia que produce la soledad más absoluta.
En ciertas etapas de ese periodo son recogidos por la familia de adopción de La Chila pero si fueron crueles con ella, con sus hijos la piedad tampoco existe, incluso son utilizados como cómplices del estraperlo que una de las tías lleva adelante durante los años de racionamiento. Enviaba al hermanos mayor de madrugada a buscar alimentos en los pueblos cercanos que le servían para realizar las ventas clandestinas.

Cuando La Chila sale de Saturrarán, la vida familiar se reconstruye en parte porque torna a buscarse la vida. Los hijos que quedan tienen que trabajar en lo que pueden o en lo que sale. La supervivencia en la postguerra es dura y más para quien estaba señalada como roja.
Mientras, en el pueblo, se va formando la precaria industria de la anchoa. Las “sobadoras”** como dijimos al principio son todas mujeres, Emilia con diez años entra a trabajar en una de las empresas que comienzan a nacer. La tienen que poner un banco para que llegue a la mesa y aprende a “sobar” las anchoas. La furia de la desesperación fue quizá lo que le espoleo a ser la mejor, la más rápida, la que pulía la carne del preciado tesoro con más destreza no dejando ni una sola espina, ni una resma de lo desechable. Como ella, las mujeres y las jóvenes, niñas casi de Santoña empiezan a llenar las naves que se van formando al calor de la inversión industrial que convierte en unos años al pueblo en un imperio industrial con la anchoa como protagonista.

Conocemos la historia de Emilia y de La Chila, creemos que es similar a muchas otras. Quizá en la joven Emilia bullía la fuerza que produce la rabia de haber pasado hambre, de no tener un techo de ver a su madre represaliada sin motivo alguno por la furia de una gente que ganó una guerra, pero carecía de valores y de humanidad. Es posible que las variadas humillaciones sufridas en la infancia la convirtieron años después en la fundadora de una empresa que hoy extiende sus redes por el mundo.

Las mujeres conserveras cobraban poco. Al albur del concepto de empresa familiar se produjeron descalabros al llegar la jubilación de algunas obreras que se encontraron con un escamoteo de años de trabajo o cotizaciones minúsculas enfrentando una jubilación precaria. El franquismo, con el simulacro de sindicato y con la fuerza que da la represión, no permitía reclamar los derechos adquiridos. Incluso años después, pasada la Transición, las obreras de la anchoa sufrieron la discriminación que tanto denunciaba Matilde Zapata en sus escritos.

La elaboración de la anchoa es lenta, una vez pescada se limpia y se ensala al momento, es decir se coloca el pescado sobre sal en altas hileras que pasan a conservarse durante meses, a veces llega hasta un año en controlado proceso de humedad e higiene. Pasado ese tiempo llega el trabajo exquisito del “sobado” en el que una a una son raspadas las anchoas por las mujeres hasta eliminar todos los resquicios de espina sin que pierda el sabor para luego rellenar las latas o tarros con aceite y proceder a la comercialización. Hay empresas que han industrializado estas labores, o que sumergen el pescado en agua caliente para expulsar más rápido las espinas perdiendo el sabor en la manipulación. O que el bocarte llega de lugares lejanos, Perú, China…todo lo cual deteriora la calidad de la verdadera anchoa. El proceso manual artesano, aunque pesado y lento, es lo que garantiza el sabor y la textura inigualable de las anchoas procesadas de forma manual.

La sociedad de Santoña no se entiende sin el mar. A él dirigen sus ojos los/as habitantes con alivio al ver llegar los pesqueros con los hombres a salvo, con incertidumbre los días de galerna y con dolor, con mucho dolor, cuando la mar se traga a los que intentan sobrevivir extrayendo el pescado. Las mujeres, tal como dijimos, son la sujeción de los hogares, pasando ocho horas entre humedad y agotamiento realizando un trabajo de precisión absoluta. Muchas aman su labor, sienten el orgullo de haber llevado el nombre de su pueblo hasta confines que ni siquiera imaginan. Gobiernan las casas y las familias sin contar demasiado con sus hombres que pasan meses de costera y al llegar andan descarriados al faltarles el bamboleo del pesquero. No añoran el olor salino que regala en Cantábrico porque ese, nada más llegar a Santoña, te envuelve toda entera, justo hasta llegar a la zona industrial que ahí huele a la salazón que trajeron los viejos sicilianos que enseñaron a hacer el “salati” a las santoñesas.

Un pueblo singular que nunca me cansa. Unas mujeres que ignoran si lo suyo es matriarcado o pura necesidad. Una lección que aprendemos de la historia contemplando la fuerza que mueve a las santoñesas.
María Toca Cañedo©
*Salatori: persona que se llegó a Santoña trayendo la técnica de la salazón del pescado que adoptaron modificando alguno de los procesos, los/as santoñesas.
**Sobadoras: mujeres que se ocupan de sobar el pescado ya salado para eliminar rastros de espinas.
https://www.cantabriaeconomica.com/sin-categoria/emilia-fuentes-fundadora-de-conservas-emilia/

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