VIAJE A SANTANDER Y MÁS (y II parte) 

                                                                                                                                         

Un viaje es una puerta abierta para generar proximidad entre personas de distintas latitudes, además de una forma incuestionable de renovarnos. Viajar a Santander y a otros pueblos cántabros también ha propiciado la entrada en este dúctil y muy grato proceso.

Continuamos con el recorrido que iniciamos en la primera parte, sin duda más fugaz de lo deseado, pero con tiempo suficiente para aprehender y disfrutar de lo que nos ha ido ofreciendo cada lugar, cada persona.

El tercer y el cuarto día decidimos tomar el autobús y desplazarnos para ir a dos pueblos que nos atraían. Los viajes colectivos tienen su gancho, así me lo parece, es una manera de convivir en sociedad desde unos códigos diferentes, sencillos; gancho aumentado si el itinerario es por carreteras comarcales, en las que mirar por la ventanilla es adentrarnos en la naturaleza y contemplar la belleza de los montes y valles y de las localidades intercaladas entre ellos:

Comillas. Villa costera. Fascinantes sus calles, seductor el mirador hacia la costa, con ese ritmo singular y gratamente incesante que no deja de fraguar su mar. Ahí tuvieron mucho que ver los indianos enriquecidos en sus viajes y negocios por las Américas, que quisieron, a la vuelta, hacer de sus hogares relevantes mansiones. En 1881, Antonio López y López, fundador de la Compañía Trasatlántica Española y I Marqués de Comillas, invitó a Alfonso XII –quien creó y le concedió dicho título nobiliario en 1878 –, a visitarla localidad, a la que engalanaron durante meses para tal recibimiento, consiguiendo, incluso, que fuese el primer municipio español en tener alumbrado eléctrico. Al año siguiente repitió el monarca, con la novedad de la visita de su madre, Isabel II, por lo que en Comillas se siguió puliendo y actualizando su estética, cuya evolución, si bien ya añeja, aún es visible en el entramado sus calles y zonas aledañas a su núcleo urbano, con sus impresionantes casas, mansiones y palacios, ya sean de arquitectura medieval, barroca o modernista.

Antoni Gaudí dejó allí testimonio de su singular hacer arquitectónico, en “el Capricho”, por encargo de Máximo Díaz de Quijano –abogado, que trabajó en Cuba para el marqués de Comillas–, hombre que amaba la música y la botánica, y que decidió invertir en la construcción de una vivienda en consonancia con sus aficiones, para la que contrató a Gaudí, joven arquitecto que tenía como fuente de inspiración la naturaleza, y que guardaba similitud en gustos culturales con el propietario, por lo que en Villa Quijano (1883-85), conocida como “El Capricho de Gaudí”, encontramos numerosas referencias en la estructura del edificio y en la decoración exterior e interior, donde no queda nada al azar. Está pensada como un girasol arquitectónico, con influencias persas y del arte mudéjar y nazarí: azulejos, arcos mitrales, cartelas de ladrillo visto y remates en forma de templete o cúpula, con una gran riqueza cromática.

La forma horizontal de la mansión contrasta con la torre-minarete, desde la que se ve el mar Cantábrico. El invernadero está diseñado para dar luz y calor a todo el edifico. El significado de las cuatro columnas del pórtico, los genuinos pentagramas de los balcones, los remates y juntas de las puertas pensadas para que no se filtre el frío, los artesonados con filigranas geométricas, los preciosos vitrales, la estancias destinadas al personal de servicio en la planta de arriba con más aire y luz –cuando lo habitual era destinarles a la planta inferior–, el jardín, la gruta… Ver todo esto y escuchar las explicaciones de la guía, que tan clara y agradablemente nos iba transmitiendo, fue un delicioso acontecimiento.

En la revista ‘Viajar’, Álvaro Martínez Fernández escribió un artículo, en diciembre de hace dos años, del que extraemos el siguiente fragmento: “Una votación popular, en la que han participado más de 50.000 personas de todo el mundo, ha dado su veredicto: el Mejor Monumento del Mundo está en Comillas, Cantabria, y es el Capricho de Gaudí. Y lo han decidido en los premios que, cada año, otorga Tiqets en sus Remarkable Venue Awards, unos premios que celebran los mejores museos, atracciones y experiencias del mundo”. Reseña que confirma la relevancia de ‘El Capricho’, uno de los primeros diseños del genial arquitecto catalán.

La antigua Universidad de Comillas –hoy campus de la de Cantabria–, de factura ecléctica –gótico-mudéjar y modernista–, nos miraba desde enfrente; luego subimos la ladera hasta su puerta, desde allí, contemplar el pueblo con el perfil de algunos de sus palacios fue un gozo.

Santillana del Mar. Villa declarada Conjunto Histórico-Artístico en 1889 –en cuyas inmediaciones se encuentra la Cueva de Altamira, Patrimonio de la Humanidad–, de casas palaciegas decoradas con escudos de gran tamaño muchos de ellos, y calles pavimentadas con piedra haciendo dibujos geométricos, casi todas llenas de visitantes que coincidimos ese sábado. Las tiendas con productos típicos se multiplicaban. Nos costó encontrar un bar, donde por fin pudimos tomar unas reconfortantes tapas. Nos sorprendió el taller de un ebanista que tenía filigranas en madera. Lloviznaba y el agua corría entre los huecos del suelo empedrado, ya sin sed, favoreciendo que no nos calara los pies y que siguiéramos con nuestro caminar.

 

Seguimos recorriendo Santander:

Palacio de La Magdalena. Con diseño de los arquitectos C. J. Ordóñez, J. González de Riancho, y G. Brigas, y sufragado por el Ayuntamiento más las aportaciones de algunas familias santanderinas, fue construido entre 1909 y 1911 para albergar a Alfonso XIII y familia. Costó entonces 700.000 pesetas. En 1977 el edificio fue vendido por Juan de Borbón al Ayuntamiento de Santander por 150 millones de pesetas, venta que suscitó polémica. Actualmente en él se celebran los cursos de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, conferencias, presentaciones de libros –cuando lo visitamos se presentaba uno sobre Alfonso XIII–. Es ecléctico, en el que se reúnen diferentes estilos, entre los que se puede apreciar algunas características de los edificios ingleses antiguos, como tejados apuntados y vigas de madera vistas decorando el frontispicio, con armónicos cuerpos asimétricos que le dan una presencia exterior elegante y sencilla. Es un magnífico inmueble que mira al mar, formando con el entorno un hermoso enclave. El largo tramo del paseo hasta allí siguió nutriendo nuestro mirar y en ningún momento fatigó nuestros pies.

Más espacios culturales. La Biblioteca Central de Cantabria, inmensa, está ubicada en un edificio de arquitectura industrial, neomudéjar, construido en 1900 y espléndidamente adaptado. En sus orígenes, por su proximidad al puerto de Santander, fue el receptor de la mitad del tabaco que se importaba y almacenaba en España, y desde donde se distribuía por diferentes medios de transporte a las 11 fábricas nacionales de Tabacalera. Durante la guerra civil se transformó en cárcel, después volvió a ser almacén hasta 1986. Allí también está el Archivo Provincial de Cantabria. A la salida volvimos por las calles que nos llevaban hasta el ingente ascensor –ya he comentado que la ciudad tiene subidas y bajadas como potentes olas–, a las vías del Cabildo de Arriba. En la calle Alta nos aguardaba la divulgativa exposición “Concha Espina: Querer, Saber, Poder”, instalada en el antiguo Hospital San Rafael (1791), originariamente asilo, hospicio y casa de maternidad o de pobres, para pasar a ser posteriormente hospital relevante y ahora Parlamento de Cantabria con espacio para exposiciones…, curioso devenir.

Comida muy sabrosa. Sirven raciones contundentes –anchoas, cachón en su tinta, pimientos rellenos, cocido montañés, albóndigas en salsa…–, exquisitos los dulces –torrijas, leche frita, sobaos, quesada pasiega…–, y muy rico el pan de maíz, conocido como “borona”, una nueva palabra aprendida, que junto con “pindia” –que allí se refiere a calle empinada–, son dos preciosos términos cántabros que me he traído para tierras murcianas.  Se puede comprar o tomar comida en el Mercado del Este (1842), declarado de Bien de Interés Cultural en 1986, la calidez que aportan sus puestos de alimentación y sus bares, amparados por la estructura de madera, de grata y sencilla estética, hacen de él un apetecible lugar de encuentro.

Huellas impregnadas –asumiendo que nos quedó mucho por ver– de la gran y variada arquitectura, de los fecundos montes con verdes pastos y fauna y flora bien alimentadas, del sonido de mar, de mucha paz y suave clima. Sí, un viaje impulsa a la renovación, también si es por cuestiones literarias… La fuente de la palabra Gracias, por la enorme calidez y amabilidad de las personas conocidas y por todo lo que pudimos recorrer en la acogedora región cántabra en estos días, no deja de brotar.

 

                      Rosa Campos Gómez

 

 

 

Sé el primero en comentar

Deja un comentario