Vivir con miedo al castigo relacional es habitar un país con frontera invisible y normas gelatinosas.
Es aprender desde muy temprano que la pertenencia no está garantizada, que el lazo puede tensarse o romperse por un gesto, una palabra fuera de lugar, un stop que no conviene al otro.
Las mujeres hemos aprendido, generación tras generación, que la sanción más temida no es el castigo físico ni la agresión visible, (aunque esas existan y atraviesen tantas vidas) sino la retirada del afecto, la mirada que se desvía, el silencio que cae como un telón.
Un silencio que dice: “Te has pasado”, “Ahora verás”, “Así no te voy a querer”.
Pero que además nunca suele conllevar razones explícitas .
Que te deja sola en el sobreanálisis y la duda.
¿Qué he hecho ahora para que al verte no me saludes o me mires con dureza?
Dime qué pasa.
¿Por qué dejas de contestarme y retiras tu energía sin permitirme saber?
¿Por qué ese tono frío y displicente al otro lado del teléfono?
¿Por qué ya no me hablas de un día para otro?
Ese es el castigo relacional: la corrección emocional que se aplica sobre nuestros cuerpos, nuestras palabras y nuestras decisiones para mantenernos pequeñas, manejables, legibles para los demás.
Sumisas al refuerzo aleatorio.
No aparece de un día para otro. Se teje lentamente en la infancia, cuando una criatura experimenta que disentir o ser distinta puede significar perder el calor de un abrazo, que enfadarse puede ser castigado con distancia, que el llanto cansa, que la necesidad molesta.
Que ser tú es incómodo a los ojos de quien tiene que cuidarte o de tus iguales.
Se afianza en nuestras adolescencias, cuando descubrimos que la autonomía tiene precio y ese precio es, a menudo, la soledad.
Y termina consolidándose en la adultez, cuando entendemos que muchos vínculos (parejas, amistades, familias, incluso espacios laborales o formativos) funcionan bajo un contrato tácito: si quieres formar parte, sostén la carga emocional de todos, prioriza al grupo, cuida, aguanta. Calla.
Haz teatro, no seas crítica.
No queremos a nadie que vea de más.
Tu relato incomoda.
Sigue el discurso dominante.
Es este un miedo disciplinario, profundamente político, que se nos inculca para que vivamos negociando nuestra propia presencia.
Para que dudemos de nosotros.
Para que no pidamos demasiado.
Y, sobre todo, para que jamás pongamos en riesgo el status quo y los lugares de dominancia.
El castigo relacional no es un accidente interpersonal: es una arquitectura social.
Se sostiene en un sistema que espera de las mujeres disponibilidad constante, comprensión infinita y una especie de templanza emocional que roza lo inhumano.
Cuando no cumplimos con ese ideal imposible, la sanción es la retirada: del cariño, del reconocimiento, del acompañamiento.
A veces incluso de la pertenencia misma.
Es una auténtica falacia creer y dogmatizar con que ningún grupo te expulsa, sino que tú te vas.
No es verdad.
Cuanto más rígida es la narrativa familiar o grupal y sus consecuentes normas implícitas o claras, más fácil es que lo tildado como diferente sea expulsado.
Y no hace falta haber cometido un crimen para esta expulsión disciplinaria.
No tener respuesta en la comunicación que se trata de establecer, ser acusada de mentirosa, de peligrosa, de desestabilizadora o rara, es la bala perfecta para que una persona se vaya.
Es la puerta de la vivienda abierta sólo para ti.
Vivir así desgasta. Afecta al cuerpo, al sueño, a la capacidad de sostener conversaciones, al modo en que respiramos cuando sentimos que alguien se ha enfadado o ha dejado un mensaje sin responder.
Tiene consecuencias en cómo nos colocamos frente a los demás: pedir se vuelve una amenaza, confrontar parece un riesgo, expresar dolor suena a “ser demasiado”.
Cada gesto ajeno se evalúa con cautela, cada palabra se revisa mentalmente antes de salir, cada emoción se tamiza para que no resulte excesiva.
Este miedo no es un defecto personal, no es una fragilidad individual.
Es el residuo de vivir en un sistema, pequeño o gigantesco, que ha castigado a quien no se amolda, adapta o subsume.
A quien no pelotea o admira al poderoso o a quien tiene más capital social.
Hablar del castigo relacional desde una perspectiva feminista es nombrar lo político en lo íntimo.
Es reconocer que muchas mujeres no tememos al conflicto, sino a las consecuencias del conflicto: la soledad impuesta, el distanciamiento, la invalidación, la culpa que se utiliza como herramienta de control.
Y es también reconocer la valentía profunda que supone poder ser una misma y validar la propia historia, prima, incluso cuando la amenaza es perder lo poco de afecto que se nos ofrece.
Comprender este miedo ( el que se desata cuando alguien te mira mal, cuando aquella amiga no te incluye en los planes o bien un familiar querido no te responde a los mensajes y te deja en visto) es comprender la historia del cuerpo que lo carga.
Es saber que no se trata de un temor abstracto, sino una respuesta aprendida ante pérdidas reales, rechazos vividos, silencios que dejaron marcas, amiga.
Ahora, a lo mejor, es el momento de abrir el lugar íntimo a la reconfiguración: a crear vínculos donde el disenso no implique castigo, donde los límites no se vivan como traición, donde no haya que elegir entre autenticidad y pertenencia.
Ahora, quizá , podemos imaginar una forma de estar con otros que no dependa del miedo, sino de la reciprocidad.
Es decir: lo que siento tiene historia, tiene raíz y tiene explicación.
No soy yo sola sosteniendo un pánico irracional; es un sistema sosteniéndose a través de mi miedo.
Y en esa comprensión, tal vez, empieza la posibilidad de vivir sin castigo.
De vivir sin el permiso de quien no te respeta o aprecia.
De vivir sin miedo.
De vivir sin preguntarte:
– ¿Qué ha pasado ahora? mientras miras con ojos de cervatillo asustado en cuerpo de adulta, tratando de entender lo inentendible.
María Sabroso
Espero de corazón que os sirva.

Deja un comentario