“Es por tu culpa”, amiga.

En el crimen de Sueca, en el que un hombre asesina al amigo de su hijo a sangre fría, el agresor explicó su violencia culpando a su exmujer: ella lo había vuelto loco.
No, no es una frase aislada, ni un exabrupto individual.
Es una pieza más de un engranaje viejo, profundamente machista, que conocemos bien.
Un patrón social que dice: los hombres actúan, las mujeres provocan.
Los hombres que ejercen violencia verbalizan que la causa siempre está fuera de ellos. Y casi siempre tiene nombre de mujer, niña.
Es por tu culpa” es una frase fundacional del patriarcado.
Si soy violento, es porque me sacas de quicio.
Si grito, es porque me provocas.
Si consumo porno, es porque no me satisfaces.
Si soy infiel, es porque no me cuidas.
Si nuestros hijos tienen problemas, es porque tú no sabes educar.
Si me hundo, es porque no me sostienes.
La responsabilidad masculina se diluye; la femenina se vuelve infinita.
A las mujeres se nos ha hecho gestoras emocionales del mundo.
Responsables del bienestar de los hombres en las relaciones heterosexuales y del equilibrio de la familia, de la salud emocional de los hijos, del clima relacional, del éxito o del fracaso de lo doméstico.
Y cuando algo falla (ruptura, sufrimiento, dinámicas insostenibles) el dedo vuelve a señalar en la misma dirección.
Este mecanismo no es anecdótico: es estructural. Funciona porque desplaza el foco.
En lugar de preguntarnos TODOS por qué un hombre ejerce violencia, nos preguntamos qué hizo ella.
En lugar de interrogar la masculinidad hegemónica, vigilamos la conducta femenina.
En lugar de hablar de responsabilidad, hablamos de provocación.
Es una trampa perfecta, prima: el agresor se convierte en víctima y la víctima en culpable.
Decir “me volvió loco” no es solo una excusa individual; es un relato socialmente disponible.
Un relato que sigue encontrando en mucha gente comprensión, matices, dudas.
Un relato que resuena porque encaja con siglos de pedagogía patriarcal: la mujer como origen del mal, del caos, del pecado, del desorden.
Eva, la tentadora. La histérica. La manipuladora. La exagerada. La que “algo habrá hecho”.
Este “es por tu culpa” no solo legitima la violencia extrema; también sostiene las violencias cotidianas, las más invisibles. La culpa que se cuela en terapia, en las conversaciones íntimas, en la crianza, en la cama.
Mujeres agotadas, preguntándose en qué fallaron, qué no supieron hacer, cómo podrían haber evitado lo inevitable.
Como si el autocontrol masculino fuera una tarea femenina más.
Nombrar este patrón es urgente.
Porque mientras sigamos aceptando que la violencia tiene causas externas (una mujer, una ruptura, una frustración) seguiremos evitando la pregunta incómoda: ¿por qué tantos hombres sienten que tienen derecho a descargar su malestar sobre las mujeres de forma agresiva, abusiva?
Romper con el “es por tu culpa” es un acto político.
Implica devolver la responsabilidad a quien actúa.
Implica decir con claridad que la violencia no se provoca.
Que el deseo no se impone: se gestiona. Que la frustración no autoriza el daño.
Y que ninguna mujer es responsable de la incapacidad emocional, de las partes oscurísimas y de la violencia desatada de un hombre.
Ninguna.
Pero mientras no desmontemos este relato, seguiremos asumiendo lo que no nos corresponde.
El «es un buen hombre pero» ella ( tenga la edad que tenga) lo volvió loco, lo provocó, deseó que ocurriera el abuso o lo desquició no puede convertirse en la verdad de la conducta masculina en todos los ámbitos.
Es una mentira sostenida que nos cuesta la vida y la salud mental.
Buen día, otro día.
María Sabroso.
Ilustración de @cassiab.
Sobre María Sabroso 179 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

2 comentarios

    • Debe de tener algo de responsabilidad, quizá por lo imbricada que está con el patriarcado. Si fuera solo cuestión del catolicismo afectaría a ambos sexos por igual y no es así. A nosotras nos machaca mucho más. Gracias por tu lectura y comentario.

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