Napoleón el Chico, después del triste mirar, recostose taciturno en el fondo del coche; mas no oyeron sus cortesanos suspiro alguno como el que en parecido caso regalo a la Historia Boabdil el de Granada. Reanudose la conversación entre José y el mariscal Jourdan, Madrid y su Palacio, y su polvo, y su claro cielo, y su aire sutil no fueron ya para el hermano de Bonaparte más que un recuerdo.
El equipaje del Rey José, Benito Pérez Galdós

Aunque las voces y discursos populistas tienen a idealizar al pueblo en un afán de almidonar los argumentos halagando a la plebe, constatamos a poco de fijarse en los comportamientos sociales , que hay veces (muchas, demasiadas) que las reacciones, vistas con la perspectiva histórica, son deleznables en muchos casos.

Como prueba recordemos a las turbas rabiosas que regaron de sangre las adoquinadas calles del Paris revolucionario fustigando y guillotinando a sus hijos con las hoces erguidas contra cualquier disidencia después de los fulgores de la Revolución. Como pasó en la Rusia revolucionaria, pasados los primeros momentos de emoción cuando se tocaba la felicidad social con las manos que poco después derivaron en la escabechina de la guerra civil, lo que nos hacen pensar que el pueblo no siempre tiene razón o la pierde al calor de la sangre y la victoria de los ideales, como tampoco tiene comportamientos adecuados al ideario esgrimido, incluso cuando este sea en esencia la defensa de los derechos de ese mismo pueblo.

La historia suelen contarla quienes ganan las batallas y lo hacen a su manera. La guerra de la Independencia ha nadado entre el panegírico historicista adornado con figuras míticas que nombran calles, decorado plazas y ciudades con indumentaria estatutaria admitiendo poca critica. Las estatuas de Daoiz y Velarde, la Agustina pegando cañonazos al francés, los Espoz y Mina, cura Merino o el Empecinado tienen suficiente literatura como para resultar incuestionados, aunque en algunos casos, sobre manera los guerrilleros salidos de zonas inhóspitas, eran a veces sanguinarios analfabetos con nula cultura política y dosis altas de crueldad. Es una guerra mal contada, como casi todas, tejida con redes de honorabilidad y decoro grandilocuente por la victoria pírrica que fue, siendo a veces, todo menos eso.
Empezaremos por el principio ya que la mentira básica fue la de la invasión, que nos induce a errores si no referimos las causas que detonaron la invasión y la guerra posterior. A poco que rasquemos en la verdad (esa que sale despedida por la ventana al primer disparo) nos encontramos con matices diferentes que reescriben la realidad histórica.

Fue el parasito rey Carlos IV quien solicitó la ayuda napoleónica ante las desavenencias con el Príncipe de Asturias, el ínclito Fernando VII (el Felón o el bien nombrado por Concostrina, Mastuerzo) que había provocado el motín de Aranjuez contra sus padres y Godoy. De lejos venían las desavenencias familiares borbónicas, tradición continua en la familia que presenta generación tras generación disfunciones que ni se toman la molestia de disimular. La madre del heredero, María Luisa, aborrecía a su hijo mayor porque le conocía bien. Eran conocidas sus traiciones y mezquindades infames desde chico además del interés absoluto en usar sus grandiosos atributos sexuales que arriesgaban el destripamiento de las jóvenes que se atrevían al gozo marital con el Mastuerzo. La caza también le gustaba porque es tradición borboniénse, dicho deporte, además del gusto por el poder y enriquecerse sin dar palo es cosa de mucha tradición como podemos observar en el presente.
El joven había conspirado contra su padre revolviendo al pueblo tiempo atrás en el citado motín de Aranjuez. Pueblo que no se sabe bien porqué amaba a ese hombretón sin atributo virtuoso alguno y zote de natural. De ahí que el inane de Carlos IV clamara a Napoleón con el fin de salvar su trono alicaído y tembloroso por las traiciones del Príncipe de Asturias.

El pusilánime Carlos IV había dilapidado la obra positiva de su padre, Carlos III, pudiéndose considerar el menos malo de la saga, que adecentó Madrid convirtiendo el barrizal capitalino en una ciudad digna de un imperio. Carlos III se había impregnado de los nuevos aires que soplaban por Europa, ya que procedía de Italia, trayendo resmas de la Ilustración a Madrid. El hijo, en cambio, de puro lerdo no supo continuar la labor liberalizadora -de aquella manera, se entienda- de su padre, confiando el poder al atractivo truhan Manuel Godoy , que además de gobernar el país, según rumores bien informados, daba justa complacencia a la señora reina mientras el monarca paseaba sus reales ancas por los montes del Pardo cazando liebres o lo que sea que se cace en el Pardo antes de que lo habitara un general bajito de voz aflautada y cabeza fascista.

Así que el bueno de Napoleón aprovechó la jugada, perplejo ante la imbecilidad de la familia real española que le servía en bandeja al país, llevándose a todos hasta Bayona, al tiempo que convencía al personal hispano de que sus tropas atravesarían la península camino de Portugal que, aliada de ingleses eternos enemigos de Francia, le convenía invadir. Así lo hizo, solo que de paso se aposentó en nuestra patria consagrando a su hermano José Bonaparte como José I de España, mientras la familia real española borboneaba a discreción en los palacios que el sire les prestó para entretenerlos. Hay cartas dirigidas a Napoleón por el Príncipe de Asturias que nos enrojecen como país*.

Ya estábamos invadidos. El ejercito español, que no ha ganado nunca una guerra en el extranjero porque le gusta más masacrar al pueblo del que procede y le paga, no hizo nada contra el país invasor, dejando a las doradas huestes imperiales pasear por España sin despeinarse ni un pelo.

Fueron las turbas del pueblo las que, molestas por la prepotencia francesa y el gusto por el robo de cosechas y arte, las que formaron el estallido del Dos de Mayo en Madrid. Las fuerzas vivas del estado (iglesia, ejercito, administración) criticaron mucho dicha revuelta popular porque no les venía bien ver como alborotaba el pueblo llano en una revolución patriótica de chulos, majos, y alipendes varios. Lo que tanto se celebra ahora con barahúnda y fanfarria militarista patriotera fue denostado entonces por la iglesia, ejercito y aristocracia.

¡Que furia revolucionaria desaprovechó el pueblo español! que furor mal empleado empleó contra el francés mientras se dejaba chulear por las fuerzas vivas del poder monárquico y eclesial. Por eso, les decía, que el pueblo a veces se equivoca mucho, o vira sus iras en dirección opuesta a donde debe. Mientras la ciudadanía francesa y de otros países, se revelaban contra los absolutismos monárquicos o las tiranías militares, en España las revoluciones, o se quedaban en salva mojada (Cortes de Cádiz, I República, II República) o se hacían en complicidad con un poder que los sometía. Nuestro pueblo fue siempre de ¡Vivan las Caenas! y de tirar de baras soportando una monarquía borbónica esquilmadora y mezquina en grado sumo.

El rey José I, mal llamado Pepe Botella, por el infundio indemostrado de que bebía mucho, tenía cultura liberal habiendo olisqueado los furores revolucionarios de la Francia anterior al imperio de su hermano aportando ideas más que positivas para adecentar la política social española. No hay más que revisar el Estatuto de Bayona (también conocido como la Constitución de Bayona), aprobado el 7 de julio de 1808, cuyos puntos fundamentales nos iluminan del carácter de la monarquía bonapartista.

Resumimos algunos puntos del Estatuto de Bayona que fue el primer texto con vocación constitucional en la historia de España, que buscaba modernizar el Antiguo Régimen, recogiendo principios de la Revolución Francesa y del constitucionalismo napoleónico tales como:
- La supresión de las aduanas interiores.
- La abolición de la tortura, avance impensable en la medieval sociedad española.
- Cierta libertad de imprenta.
- Abolición de la Inquisición (aunque fuera solo por eso, merece respeto)
- También hubo un intento claro de un embrión del sistema judicial moderno con la supresión de las jurisdicciones señoriales.

A la contra está que mantuvo la religión Católica, Apostólica y Romana como la única del Rey y de la Nación, sin permitir ninguna otra (Artículo 1). Hay que decir que recortó firmemente la influencia del clero en la sociedad, lo que propició que muchos clérigos se echaron al monte combatiendo al francés como a la anti España, imbuidos por la confluencia histórica del sentimiento patrio con la religión católica, que también será uno de los detonantes más importantes de la Guerra Civil, un siglo más tarde.
José I, intervino durante su rocambolesco reinado en la enseñanza, imponiendo mejoras notables en la educación de niños y jóvenes ya que el pueblo padecía un índice de analfabetismo muy alto, expulsando a los clérigos de las aulas y potenciando la enseñanza de ciencias y letras.

Hubo muchas mejoras en la gobernanza del país por lo que si objetivamos la historia deberíamos concluir que José Bonaparte, de haberle dejado, hubiera sido un buen rey, indiscutiblemente e infinitamente mejor que el que vino después, el infausto Fernando VII, tan mal rey como mala persona y al que debemos los crímenes cometidos contra los liberales, traiciones varias, guerras carlistas, dejarnos a la consorte como regente, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, que fue expulsada de España nada menos que tres veces. Las tres por ladrona. Además de un reguero de odios encendidos en las comunidades históricas como Cataluña, Euskadi.

Vuelvo a traerles una cita del maestro Galdós que refiere en la doceava entrega de los Episodios Nacionales, El equipaje del Rey José, las siguientes palabras dedicadas al pueblo:
“El populacho es algunas veces sublime, no puede negarse. Tiene horas de heroísmo, por extraordinaria y súbita inspiración que de lo alto recibe; pero fuera de estas ocasiones, muy raras en la Historia, el populacho es bajo, soez, envidioso, cruel y sobre todo cobarde.
Todos los vencidos sufren más o menos la cólera de esta deidad harapienta, que por lo común no sale de sus madrigueras sino cuando el tirano ha caído…”

Lo bueno que tienen los clásicos es que cuando releemos observamos que no han perdido ni un ápice del buen ojo sobre lo que bien podría ser la actualidad.
Este inciso llega para explicar la segunda parte de este artículo. Al momento de la llegada del francés y oficializada su entronización a pesar de Bailén y de las terribles escaramuzas guerreras que regaron de hambre y miseria parte del país, hubo intelectuales, funcionarios estatales y militares que se posicionaron a favor del invasor con todo el tesón del que eran capaces.

Se entienda, no a todo afrancesado o josefino le guiaba un ideario altruista afín al bonapartismo; hubo a quienes solo les motivaba una cuestión de pragmatismo acomodaticio encaminando sus pasos al colaboracionismo del que luego abjuraron sin resultado y pagándolo muy caro.
El mismo don Benito, y en el mismo libro, tiene varios personajes que definen perfectamente ambas posturas. Por un lado, el del joven y enamoradizo Salvador Monsalud, que pasea con su uniforme rojo de guardia español -formación creada por José I en enero de 1809- en donde servía el bueno de Monsalud con fidelidad pecuniaria que se va convirtiendo en honorable frente a la de su tío Andrés Monsalud, fiel y doblegado funcionario (covachuelo, lo nombra Galdós con esa maestría de encontrar la palabra justa que define la situación y al personajes) mientras duró en el gobierno josefino, saltando sin disimulo a un cobarde españolismo que a su sobrino le parece detestable.

Vemos caminar al pobre joven Salvadorcito por las callejuelas de Madrid en el turbulento marzo de 1814, cuando se anuncia la huida de José, vistiendo el infamante uniforme mientras una turba de mujeronas y raterillos de calle le lanzan bolas de barro que enrabietan al orgulloso hijo de Pipaón, ensuciando su impoluto terno, preludio de males mayores que se sucederán en el devenir del pobre joven.
Esas dos posturas fueron los sesgos afrancesados. Intelectuales que padecieron todo tipo de vejaciones como Leandro Fernández de Moratín, Juan Melendez Valdés, Alberto Lista, Miguel José de Azanza y Gonzalo O’Farrill, José Mamerto Gómez de Castro y el pintor Francisco de Goya y Lucientes, que como saben murió en el exilio por más que intentó con sus grabados congraciarse con el Felón y su corte de vengativos odres llenos de odio.

El grupo de los afrancesados intelectuales fue objeto de un intenso desprecio popular y una brutal persecución por parte de los vencedores acusándolos de Traición (Infidencia) a la patria y a la dinastía borbónica considerada legítima por el pueblo. No hubo piedad para nadie que hubiera confraternizado mínimamente con el enemigo francés porque la visión patriotera de la Guerra de la Independencia se construyó sobre un fuerte sentimiento nacionalista y de odio a lo francés. Los afrancesados, que representaban la continuación de las ideas ilustradas (vinculadas a Francia), fueron el chivo expiatorio de este rechazo que fue irracional y cruel a lo sumo.

Muchos de los afrancesados eran ilustrados reformistas que vieron en el gobierno de José I la oportunidad de modernizar el medievalismo español (como la supresión de la Inquisición, la reforma judicial, etc.) sin caer en la revolución violenta ya que tenían el referente cercano de la Revolución francesa y no querían provocar los horrores vividos en el país vecino. Creían en la «tercera vía« la cual fue rechazada tanto por los absolutistas como por los liberales de Cádiz. Porque los dignificados liberales de las Cortes gaditanas fueron mezquinos y nunca mostraron ni el mínimo atisbo de piedad hacia los afrancesados, aunque el ideario político tenía amplias similitudes. Los liberales de las Cortes, amaban como los absolutistas a Fernando VII, siendo ellos quienes entronizaron a la corona borbónica en la Constitución liberal que firmó en paripé traidor el Felón, creyendo los ingenuos diputados que el Borbón, después de haberse batido seis años por él, respetaría la modernización de España y el fin del absolutismo que suponía dicha Constitución. Caro pagaron su “amor” borbónico, compartirán conmigo que ha sido uno de los errores más notables de la trágica historia española.

La intelectualidad afrancesada, los funcionarios públicos, militares y clérigos además de los gobernantes cuya culpa, en muchos casos, únicamente fue intentar mantener la estructura administrativa del Estado durante la ocupación, fueron los que colaboraron, aunque fuera de manera fútil, con José I, para luego depurados, castigados, linchados y asesinados y los que pudieron exiliarse pasearon su trágico destino por Europa hasta la muerte.

Fue un duro futuro al que se sumaba gente común que no pudieron huir de España, bien por falta de medios o por la cicatería del gobierno francés, siendo pasto de la delación y la vileza de vecinos y familiares, condenados a muerte, torturas e incautaciones de propiedades.

Claro que algunos de los colaboracionistas que se habían agarrado a los invasores como forma de asegurarse un futuro a corto plazo, supieron borrar el dispendio tratando de adaptarse al nuevo gobierno bajo la corana de Fernando VII, prestando servicios con más saña y crueldad contra el enemigo a batir, llámese afrancesado o liberal. Fue el caso de integrantes del ejercito, de algunos eclesiásticos que se arrimaron al francés disimulando su clerigalla afrancesada para luego tornar al absolutismo borbónico con furor.
Por todo ello, justo es que rindamos homenaje a la disidencia afrancesada como compensación al mal trato histórico de todas las partes sociales implicadas en los albores del siglo XIX, pensando que es más que posible que su opción fue de las más acertadas si la desnudamos de sesgos patrióticos más que discutibles.
María Toca Cañedo©
*»Mi venerado padre y señor: Para dar a Vuestra Majestad una prueba de mi amor, de mi obediencia y de mi sumisión, y para acceder a los deseos que Vuestra Majestad me ha manifestado reiteradas veces, renuncio mi corona en favor de Vuestra Majestad, deseando que Vuestra Majestad pueda gozarla por muchos años.»
Texto de una misiva enviada por Fernando VII a Napoleón desde Bayona el 5 de mayo de 1808, mientras los españoles se mataban por él.
«Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo de S. M. el emperador nuestro soberano. Yo me creo merecedor de esta adopción que verdaderamente haría la felicidad de mi vida, tanto por mi amor y afecto a la sagrada persona de S. M., como por mi sumisión y entera obediencia a sus intenciones y deseos.»
Esta es de fecha indeterminada, enviada desde Valençy también dirigida a Napoleón al que imaginamos la perplejidad que le invadiría ante tamaña y humillante sumisión.
Durante la boda la boda de Napoleón con María Luisa de Austria, se recoge que Fernando VII participó activamente gritando: «¡Viva el emperador, nuestro augusto soberano, viva la emperatriz!«
Los españoles seguían matándose y pasando hambre y penurias en la Guerra de la Independencia…poco se puede añadir a la repulsiva y traidora sumisión de Fernando VII.
Bibliografía:
El equipaje del Rey José, Benito Pérez Galdós.
Los afrancesados, Miguel Artola Gallego
Epistolario, Leandro Fernández de Moratín.

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