Ayer fue un día inquietante.

Todo comenzó en la cafetería de la estación.
Mi tren salía cerca de las cuatro y me senté a tomar un café mientras contestaba mails. Noté que había alguien parado frente a mí, pero no levanté la cabeza, integré esa presencia en el paisaje de gente que va y viene, espera junto a una mesa, pasa sin que retengas un solo dato. No estamos para quedarnos, somos sombras en muchos lugares y alivia lo suyo esa insignificancia. Cuando respondí el último correo, el dinosaurio. Era un hombre vestido íntegramente de verde caqui. Otro enigma es porque a ese color se le llama así, cuando el caqui es queer, excéntricamente naranja, una loca del frutal. El hombre de mi mesa, retorno. Llevaba gafas de metal, tenía el pelo gris. Iba sin abrigo y con riñonera.
“¿Te vas a tomar el azúcar?”, me espetó, señalando el sobre.
“No”, respondí.
«¿Puedo?”.
“Todo tuyo”.
Y el velocirraptor seudocaqui cogió mi azucarillo. Lo observé alejarse hacia la puerta, con él en la mano. Me pregunto si ese breve encuentro quería decir algo que se me dijo en un idioma que no conozco y no supe traducir. Yo esperaba que volviera a una supuesta mesa cercana donde se estaría, presuntamente, tomando un café. Pero se fue, sobre de azúcar en ristre sin café ni mesa. Qué era ese hombre, qué se llevó al conseguir el azucarillo y adónde iba.
En el vagón me fijé en una mujer canosa que leía. Subrayaba mucho. Tenía las piernas muy estiradas y reparé en su pantalón, una especie de jeans pero con estampado de pata de galleta. Volvía pensar en ese nombre. Yo nunca veo las patas del gallo pero el nombre me parece una genialidad, un hallazgo. Alguien que sí las vio llamó así a ese patrón de patas abstractas. Ver y llamar, qué bello es siempre aunque te quedes solo en tu observatorio y tus bautizos. La cosa se hubiera quedado allí si unos minutos más tarde no hubiera visto que una viajera, en la otra punta del coche 2 se levantaba a coger algo del compartimento superior. Llevaba un pantalón de pata de gallo tan poco pata de gallo como mi vecina de asiento.
Bajé del tren. Cogí el metro y bajé en Tirso de Molina. Al cruzar la plaza llena de floristas comprobé que seguía a una tercera mujer con el mismo nada discreto pantalón de gallo cubista.
Hoy lo he comentado en el café del taller.
Dos de las presentes opinan que la culpa es de Mango.
Una ha apuntado que el señor caqui era un fan que quería un recuerdo, como si yo fuera Patricia Highsmith o mi jueves un cuento de ídem.
Yo me quedo con que nos pasan cosas que son más bellas y extrañas, más comienzo de historia si no les buscas una explicación realista.
Patricia Esteban Erlés.

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