Ha salido del horno del Vaticano la primera encíclica del recién estrenado Papa León XIV. Su criatura se llama Magnifica Humanitas (mayo de 2026) y, para sorpresa de este púlpito laico, el Santo Padre se ha puesto el traje de crítico cultural para alertar sobre el «tecnofascismo» y los peligros de la Inteligencia Artificial. Dice Su Santidad, con un misticismo enternecedor, que debemos de protegernos del peligro de no pensar, él que representa a una institución que penaliza el pensamiento crítico. Que fascinante paradoja.

Como mujer ecoactivista y entusiasta de los principios democráticos, celebro el diagnóstico: la IA no es neutral, está sesgada hasta las cejas y perpetúa un control de élites que huele a rancio. Pero el remedio vaticano sigue siendo el de siempre: más «inteligencia del amor místico” y un retorno a su Dios como eje central. Qué pereza. La democracia no se defiende rezándole al código fuente ni apelando a una supuesta «esencia humana» tutelada por el patriarcado celestial de una selecta línea varonil directa que baja del Cielo, pasa por la tiara papal y llega hasta los sumisos bancos de la iglesia. El resto de los más de mil millones de fieles observa el proceso con la misma capacidad de decisión que tiene una maceta en la Capilla Sixtina. La democracia se defiende con datos, con soberanía ciudadana y con la única herramienta que ha demostrado sacar a la humanidad de la caverna: la evidencia científica.

Hablemos de sesgos, pero con perspectiva de género. La IA es machista y colonial porque replica los datos de un mundo que ya es machista y colonial. Los algoritmos de contratación descartan currículums de mujeres y el reconocimiento facial falla estrepitosamente con las pieles oscuras. Frente a esto, la encíclica propone una «civilización del amor«. Romántico, pero inútil. La receta papal para el sufrimiento humano no es la justicia social (esa grosería que busca extinguir la brecha entre ricos y pobres), sino la caridad. Lo que necesitamos no es la estructua androcéntrica de la Iglesia —esa que sigue excluyendo a las mujeres de la toma de decisiones reales y congelando sus derechos reproductivos—, sino una fiscalización científica, auditorías de código con perspectiva feminista y leyes democráticas que obliguen a la transparencia.

La ética democrática no emana de la revelación divina, sino del pacto social entre iguales. El verdadero peligro de la IA no es que carezca de «alma», sino que carece de control democrático.
La fe es un excelente sedante para la incertidumbre, pero un pésimo motor regulatoria. Creer que la técnica se corregirá volviendo a las esencias espirituales es de una ceguera cultural alarmante. Los sistemas algorítmicos se desmantelan con regulación multilateral, educación crítica y ciencia abierta. Menos oraciones, tradiciones y misterio y más matemáticas inclusivas.

Para cerrar con broche de oro, León XIV tiende la mano a sus primos hermanos: el judaísmo ortodoxo y el islamismo más rancio. Los tres grandes clubes abrahámicos olvidan sus viejas rencillas para unirse en lo que de verdad importa: ser el freno de mano de una sociedad equitativa, biocéntrica y respetuosa con la naturaleza.
Sabemos que la libertad y la igualdad de la ciudadanía del siglo XXI se defienden en la Tierra, con los pies en el barro de la realidad material y ecológica, no en las nubes de un humanismo cristiano que llega tarde a todas las revoluciones de derechos. Así que al César lo que es del César, y a la ciencia lo que es demostrable: la ética democrática será laica, feminista y basada en evidencias, o simplemente será el decorado de una nueva tiranía algorítmica.

Nota sobre otros aspectos: El Papa León XIV, su encíclica de mayo de 2026, aborda con acierto desde este laico púlpito los riesgos de la automatización militar y la pérdida de memoria histórica, pero mantiene el sesgo teológico de situar la dignidad humana como un reflejo divino en lugar de un derecho político conquistado.
Marisa Maliaño Toca

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