Hoy es día de cita médica y el autobús urbano va lleno de cuerpos en obligación.
Llueve y hace un día incómodo.
Hay personas que ceden el asiento a quien tiene menos movilidad.
Intentamos no mojarnos con los paraguas ajenos. Nos apartamos para dejar pasar.
Al llegar al centro de salud el personal de seguridad ofrece plásticos de protección e incluso mete los artilugios anti-agua en las bolsas de quien se aturrulla.
Se organiza una ordenada cola silenciosa para sacar el número de atención por especialidad.
La enfermera que realiza la espirometría es amable y hace mención a nuestros rizos comunes.
La profesional que a continuación mide el nivel de oxígeno es amable y me comenta que tengo las manos frías, que «si me encuentro bien».
Ambas reparten sonrisas.
Le comento al médico neumólogo con actitud de interruptor masculino que me deje terminar las frases, que si no va a ser difícil entendernos y responde un ok sonriente.
Me tomo un café al salir y la camarera pregunta un «qué te pongo mi amor,» transoceánico y cuidadoso, «sin lactosa, ahora mismo».
Agradezco mucho, infinito, la amabilidad de los extraños.
Correspondo de vuelta con todo lo que puedo y considero que ese amor en dosis cotidianas, constantes, todo eso que hacemos para que la depredación no solape a los cuidados, nos vuelve más humanos y nos ofrece una esperanza resistente.
Gracias; como Blanche Dubois siempre he confiado en la bondad ajena.
Y en que podemos hacernos mucho bien.
Buen día, otro día.
María Sabroso.
Ilustración de Vivianne Cardoso.

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