El monstruo de Frankenstein es un ser hecho con cadáveres ajenos, cosido con prisas.
Se mantienen en pie de milagro y no tienen una estrategia real. Los monstruos actuales no tienen la piel verdosa, los ojos hundidos ni balbucean sonidos incoherentes (bueno esto último a veces sí). Son personas aparentemente normales que intentan pasar desapercibidas en la sociedad y se cuelan a través de la cultura del postureo en el
gremio. Son aquellas figuras de liderazgo que brillan mucho desde arriba pero que queman a los que están abajo. Las peores amenazas no llevan trajes oscuros, los peores jefes a veces visten con ropa casual como todos nosotras, te llaman “equipo” pese a que sus intereses van siempre por delante. Son los nuevos monstruos Frankenstein y están en todas partes.

Cuando el monstruo empieza a tambalearse porque falla por las costuras – a causa de su propio caos organizativo o estrés – comienza a culpar a sus empleados en lugar de asumir que su propio “diseño” es una aberración. Los acusa, por ejemplo, de querer ir a un baño una vez en seis horas, de obsesión por irse a su hora, aunque si se quedan
cuarenta minutos más, hace la vista gorda. Otros presuntos delitos son la “incompetencia”, o el de tenencia ilícita de libro… Todos hemos conocido a monstruos de Frankenstein que si se señalasen con el dedo a sí mismos las veces que acusan a los demás, muchas empresas crecerían en vez de perder talento. En muchas ocasiones, la demanda de un máster o de idiomas es desproporcionada, ya que el monstruo de Frankenstein mide el rendimiento por “horas silla”.

Su forma de gestionar es coser parches sobre parches como consecuencia de su incapacidad para gestionar la carga de trabajo. Hay luchas de egos, malas lenguas o desamparos de la salud mental del eslabón más débil: el empleado, en un clima de sobreexplotación. Y como no pagan bien, cogen un trozo de aquí y otro de allí y empiezan a coser demandas que no pegan ni con cola. Los monstruos laborales prosperan porque los cazadores de monstruos rara vez se atreven a encender la luz de la inspección. Estos personajes han terminado por creerse los dueños del mundo
laboral español, actuando bajo la premisa de que todo capricho, por ilegal o inmoral que sea, está permitido porque nadie va a venir a detenerlos. Y así proliferan, sobre todo en verano por nuestras costas, como los mosquitos. Crecen con el calor y la avaricia.
Invito compartir de manera anónima o con seudónimo alguna experiencia personal en el sector laboral, para destapar a los monstruos de Frankenstein.
Nota: Roald Dahl escribió Las Brujas en 1983. En la obra de Dahl, las brujas reales no llevan escobas ni sombreros puntiagudos: son mujeres aparentemente normales que odian a los niños.
Celia Soler.

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