El edificio Rosas tiene tres plantas y dos pisos por cada una de ellas, además de una planta sótano para trasteros y garaje. Una concepción noruega en su diseño, con un color gris oscuro en la fachada de pequeñas piedras muy bien pegadas, atravesado por tres bandas como rayas de una camisa de un gris claro. Los balcones amplios con barandillas rojas. A ambos lados de la puerta principal, dos ventanas rectangulares de cuerpo y un cuarto, hacia adentro, noventa centímetros de ancho y una red de hierro como frontera también roja. En uno de esos huecos se ha instalado Manuel Martínez. Su vida entró en un túnel de centrifugado hasta salir en situación de calle. Encallado, varado, en la nostalgia de lo que fue su vida, su matrimonio, sus hijos, su trabajo. Sus hermanos le decían: «Manuel, huevón, enfréntate a los problemas y escupe fuego; no me vengas con monsergas y estupideces de soles apagados y lunas rotas, eso déjaselo a los poetas».

Pero Manuel ya no era Manuel, era vino y añoranza, él se había esfumado. Su cuerpo de sesenta años se había desterrado, sus kilos a la basura, su masa muscular en Júpiter, su higiene un desierto, bienvenidos ojos azules hundidos y barba desaliñada, un tipo gris como su ropa, en chanclas y calcetines de montaña grises. Los cambios no le trajeron maldad de espíritu, nunca la tuvo, y ahora, mucho menos para comerse vivo a un concejal, ni siquiera cuando la corporación municipal decidió poner las cosas difíciles a las personas sin hogar con medidas arquitectónicas agresivas. O eras el hombre de goma o en ese banco del parque no dormías ni soñando. Y así, un suma y sigue indeterminado y muy cabrón para cualquier espalda. Tras varios días errante por la ciudad agresiva, dio con el edificio Rosas, sus labios se movieron murmurando, dijo: bicoca.
Allí que dejó su carrito de la compra. Sacó el cartón esterilla, el saco de dormir que le dieron en Jesús Abandonado, y se puso a descansar en uno de los ojos rectangulares del edificio. Nadie le prestó atención, salvo los habitantes del edificio.

La primera en verle acostado en parte de su propiedad común fue Maite. Edad indeterminada. La del 1.º B. Morena de pelo liso, esbelta, recta como un lápiz nuevo. Por su ropa se la puede relacionar con el trabajo en un hospital. Cargaba dos bolsas bien llenas de productos comprados en el súper. Hay gente con esa energía. Da igual turno de noche o de mañana, tiene fuerzas para todo. Fuerza, rigor, para despertar a Manuel y decirle: «Algunas venimos de trabajar toda la noche, otros duermen y echan tufo, qué mal repartido está este mundo». Maite vive con su madre, a la que cuida. Al llegar a casa, le dice: tenemos un nuevo vecino. Un vagabundo raro. Lleva cuidado si bajas a la farmacia.
La segunda en verlo fue Marisa, la del 3.º B. Había salido temprano a caminar. Atlética, joven, luminosa, en mallas negras y camisa de spinning. Hoy no ha terminado la sesión con una serie de estiramientos antes de entrar en el edificio. Ha mirado a Manuel y ha abierto el portal con rapidez. Al llegar a casa, se lo ha contado a su novio: hay un hombre durmiendo en nuestra fachada, en las ventanas del garaje. Ramón, su novio, caracterizado como hombre normal a las afueras de la privacidad del edificio, se acababa de tomar su pastilla de fluoxetina. Le dice: «Cómo me dices eso sabiendo cómo estoy». El golpe que ha dado en la mesa se debió de escuchar en todo el edificio. Más calmado, desde el baño, se le ha escuchado blasfemar en contra de su vida y de la vida del vagabundo, de las casualidades, para acabar en un típico a ver si explota de una vez la Tierra y nos vamos todos a tomar por culo.
Los hermanos Montoro Pérez, de nueve y once años, no entran si no salen. Hoy es día de cole, día de hacienda. Los pequeñajos ven al vagabundo y salen corriendo. En la puerta del cole, a menos de tres manzanas de su casa. El pequeño le preguntará al mayor por qué han salido corriendo. La respuesta del mayor será que no sabe. Quizá por aquello que le dijo la abuela del hombre del saco. Y ojalá no esté ahí cuando vuelva.
¿Por cuál número de siesta irá Manuel? Está dormido, pero no del todo. Siente que le tienen miedo. Siente que no le quieren ni una miaja. Es triste. La tristeza lo inunda todo. Si no, utilizaría el poder del miedo. Pero no, no está ni para pensar en ganarse la bolsa con unos dientes de Drácula. Quizá necesite cierta orientación, sin afán alguno de ver cumplido el sueño de uno en la vida del otro, la de Manuel, en una cita con servicios sociales, una solicitud, una baremación, unos grados, el médico, la tensión, una buena ducha, comer caliente. Al menos un comentario. Por si cuela. Se lo dice Manuel, del 1.º A, el hombre tranquilo, el del bigote cano, ya por la cuarta edad, bajo su premisa de que todo hombre caga y mea, premisa inapelable. Pero no cuela. Ni siquiera con el vínculo de llamarse igual, tocayos. Quizá le falte infierno. Mientras, Manuel, el vecino, mira el cielo. Luego, se va.
Las niñas del 2.º A, Rocío y Paloma, de ocho años, gemelas, tienen cita hoy con el doctor que les ha estado haciendo reconocimiento médico global desde casi que nacieron. Van con su madre, Cristina, a la que le ha sentado mal el bocado del donut después de ver a ese hombre en su fachada. Les dice a las niñas —impecablemente vestidas para la ocasión y con un perfume de esencia a vainilla que huele que alimenta— que pasen rápido, que no se detengan, que ese hombre es un foco de infección. No tiene nada en contra; de lo que tiene contra es de las bacterias. Las hijas le preguntan qué son las bacterias y cómo se sabe que una persona tiene bacterias. La madre les responde haciendo símil con un fregadero que lleva varios días lleno de platos: que las cosas, si no se lavan, se van pudriendo. Las niñas preguntan por qué no se lava. La madre dice que no tiene casa. Las hijas preguntan que por qué no va al río. Una de ellas se atreve a preguntar por qué no llamamos a la policía, si hay bacterias, si podemos coger una infección. Pero la madre no contesta. Ya han llegado al médico.

Cuando lleguen a casa verán que Manuel ya no está en la ventana del garaje. Algunos se preguntarán dónde estará y si estará bien. Otros se preguntarán por sus ideas.
Pep Marín

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