La niñez tiene sus espacios y, tal vez, uno de los que con más frecuencia recuerdo, sea el de los carrillos que se ubicaban bajo los soportales de la Plaza.
A veces, me he parado a pensar, sin encontrarla, en cual sería la réplica para los niños y niñas de hoy. Porque los carrillos fueron en aquella infancia más que un lugar, más que un pequeño dispensario acristalado y ambulante que ocupaba su lugar por la mañana y desaparecían cada noche arrastrando un cierto halo de precariedad y melancolía.
Los carrillos fueron los depositarios de muchos sueños, cortos en estatura. El precio, una peseta, la que mi abuela me daba cada domingo, un diezmo que ella pagaba con gusto a cambio del beso matinal, de mi sonrisa agradecida, de mi cariño pleno de un interés desinteresado.

Una peseta, en mis manos, todo un capital que había que administrar con juicio y sin arrebato, pues no habría otra oportunidad de hacerlo hasta el domingo siguiente. La decisión nunca fue fácil, aunque la situación se repitiera regularmente cada siete días. Una cita a la que nadie faltaba.
Recuerdo que lo primero que tenía que decidir era en cuál de los «carrillos» la invertiría. La oferta era diversa y tentadora: un cartucho de avellanas, en el carrillo de Jesús, con o sin cáscara. Ésta tenía la ventaja de no agotar el capital, una o dos gordas, eran más que suficientes y daban pie a otra elección; un tebeo del Guerrero del Antifaz, del Jabato o del Capitán Trueno, en el de Sebastián «el manco«; o tal vez, la figura de plástico de un pistolero o un indio que añadir al fuerte, o un coche del mismo material, que podría adquirir en el resto de carrillos.
Todo un dilema en el que se me iba buena parte de la mañana recorriendo, de una punta a otra, los portalillos. La realidad es que, al final , casi siempre, mi elección fue a parar el Carrillo de Paco, quise decir, a Paco el del carrillo. Uno de los personajes de mi infancia, un hombre, de gesto serio que, sin embargo, me atraía por alguna razón que ahora creo dilucidar. Recuerdo que la primera vez que lo vi fuera de su hábitat cotidiano, andando con dificultad ayudado por dos garrotas, mientras su hija empujaba el carrillo, me causó mucha impresión.
Conforme fueron pasando los años y las figuras de cowboys o los vehículos de plástico fueron sustituidos por los primeros cigarrillos sueltos o las piedras para el mechero de yesca, llegué a preguntarme en alguna ocasión por la historia de aquel hombre de gesto adusto y una profesionalidad admirable en el trato con su clientela. No recuerdo la fecha en que aquel carrillo desapareció de mi vida o yo, cliente fiel, de la de la suya.
Como enseres escurridizos, los carrillos fueron arrastrados por el tiempo, y hoy, cuando escribo sobre ellos, creo que llegaron a ser de las pocas luces que dieron color a mi infancia, la misma que una dictadura cruel y bendecida se había encargado de pintar de negro y gris, de gris y negro.
No, no sé si mis nietos tendrán su réplica, ni cómo será, a mí, me cuesta imaginarla. Lo único que espero es que abriguen la misma ilusión que yo abrigué en algo de tan escaso precio y un valor tan grande.
Juan Jurado

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