LA CELEBRACIÓN DEL 250 ANIVERSARIO DE TRUMP ES UN FIASCO

 

«Hablas demasiado, y demasiado de ti mismo.»

Esta cita de “El largo adiós”, de Raymond Chandler, resume bastante bien el fiasco en que Donald Trump ha convertido el 250.º aniversario de la Declaración de Independencia.

Podría pensarse que presidir una celebración de este tipo habría sido un éxito fácil para Trump. Al fin y al cabo, es un hombre del espectáculo. Le encantan los desfiles y las grandes exhibiciones. Lo tenía todo a favor: una oportunidad sencilla, un regalo, una ocasión para que un presidente de segundo mandato ahora impopular se reinventara como líder de todos los estadounidenses. Solo tenía que hacer una cosa: por una vez en su vida, no comportarse como un ególatra desquiciado.

No fue capaz.

Si las cosas siguen desarrollándose como hasta ahora, recordaremos la historia de las grandes conmemoraciones estadounidenses de este modo:

Centenario: una gigantesca exposición industrial en Filadelfia.

Bicentenario: una regata de grandes veleros en el puerto de Nueva York.

Doscientos cincuenta aniversario: un fracaso de Trump en Washington D. C.

-Trump sabe que ha arruinado la conmemoración. Él mismo lo reconoce. Anoche publicó en su plataforma Truth Social la siguiente diatriba contra su propio programa:

Deberíamos celebrar un enorme MITIN MAKE AMERICA GREAT AGAINpor el 250.º aniversario, en lugar de contratar cantantes carísimos que nadie quiere escuchar, cuya música es aburrida y que no hacen más que quejarse. Que lo cancelen, igual que yo cancelé mi participación en el decadente e inseguro Kennedy Center, porque un juez federal corrupto y claramente parcial dijo que no debía permitírseme dedicar mi tiempo y mi dinero a HACER QUE EL CENTRO VOLVIERA A SER GRANDE, en realidad mucho más grande de lo que jamás fue. También habría sido bonito ver una unión republicano-demócrata devolverle la vida. El Kennedy Center está roto, es inseguro y está arruinado desde hace años. El juez Cooper también afirmó que la prestigiosa junta directiva del centro no estaba autorizada para añadir el nombre «TRUMP», pese a que serán necesarios cientos de millones de dólares de mi tiempo y mi dinero para su exitosa resurrección. Ahora el Kennedy Center colapsará, tanto estructural como financieramente. El juez Cooper y su esposa, Amy Jeffress (¿alguien habla de ocultación?), deberían avergonzarse. El juez Cooper, como tantos otros jueces corruptos que han intervenido en mis casos, debería ser destituido. ¡MAKE AMERICA GREAT AGAIN! Presidente DONALD J. TRUMP.

Traducido al lenguaje corriente, el presidente se quejaba de que siete de los nueve artistas previstos para encabezar el programa musical del fin de semana del 4 de julio habían cancelado su participación en un plazo de 48 horas, al darse cuenta de que el evento se estaba transformando en un homenaje hiperpardidista a la figura de Trump. ¿Su solución? Sustituir a los artistas ausentes por un discurso de campaña de Trump. Un discurso centrado, además, en su indignación porque un juez le impidió rebautizar el Kennedy Center con su propio nombre.

El 4 de julio de 1776, el Congreso declaró no solo la ruptura del vínculo político entre trece colonias británicas y su antigua metrópoli, sino también el fin del gobierno monárquico en Estados Unidos. Durante los 150 años anteriores a 1776, las colonias americanas habían sido gobernadas por una sucesión de reyes y reinas. Los nombres de aquellos monarcas estaban inscritos en el mapa estadounidense: Virginia, Jamestown, Charleston, Annapolis, Georgia y un sinfín de calles llamadas King Street o Queen Street.

Entonces, en un único pergamino, la nueva nación repudió su origen político y proclamó que «todos los hombres son creados iguales». Fuera cual fuese el significado exacto de aquellas palabras, y pese a toda la hipocresía esclavista que las acompañaba, prometían un futuro republicano para los habitantes de aquella tierra.

El hombre que asumió la responsabilidad de organizar la conmemoración del 250.º aniversario decidió, en cambio, convertir la jornada en una celebración monárquica de sí mismo: tratando de estampar su rostro en monedas y billetes, exhibiendo su imagen en pancartas por el centro de Washington y programando el acto central de la celebración —una pelea televisada en una jaula— para el día de su propio cumpleaños, el 14 de junio.

Puede que una pelea en una jaula les parezca a algunos una forma bárbara de honrar el gran manifiesto de Thomas Jefferson. Pero muchos estadounidenses la disfrutarán y, en una ocasión como esta, hay espacio para actividades de muy diversa índole. Lo que no tiene cabida es elevar la presidencia creada por la revolución de 1776 a la categoría de un estridente culto a la personalidad. El empeño de Trump por transformar el 4 de julio de 2026 en un gigantesco Día Nacional de Trump ha provocado, por el contrario, una actualización rebelde del llamado «Espíritu del 76».

Los estadounidenses que vivían en 1776 leyeron y compartieron Common Sense (El sentido común), de Thomas Paine. Aquel panfleto denunciaba, dos siglos y medio antes de los hechos, precisamente las pretensiones de la versión trumpista de «America 250». El gobierno de los reyes, escribió Paine, fue «la invención más próspera que el Diablo haya puesto jamás en marcha para promover la idolatría. Los paganos rendían honores divinos a sus reyes muertos, y el mundo cristiano perfeccionó el método haciendo lo mismo con los vivos».

El esfuerzo de Trump por convertir el sesquicentenario en un Día de Trump no dejó tiempo, presupuesto ni energía para el verdadero propósito de la efeméride. A medida que su propia celebración personal se ha ido desinflando, se ha abierto un vacío entre el programa oficial de actos y el auténtico sentido de la solemnidad del 4 de julio de 2026.

Esta fecha tan poderosa transcurrirá sin ningún acto de memoria digno de la nación. El Reflecting Pool será repintado con un azul excesivo por un contratista sobrepagado adjudicado sin concurso. Las estatuas del Memorial Bridge serán doradas con un brillo exagerado por otro contratista igualmente sobrepagado y también sin concurso. Existe incluso un proyecto para levantar un arco triunfal al estilo de Albert Speer con vistas al Potomac.

Pero Trump no ha conseguido las victorias que dicho arco podría haber conmemorado y, del mismo modo que la guerra con Irán ha quedado estancada, también se han paralizado los planes para su construcción.

Quizá el símbolo más elocuente de todos sea que la Casa Blanca aparece flanqueada por una obra inconclusa allí donde antes se encontraba el Ala Este. Trump consiguió arrancar suficientes contribuciones a quienes buscaban favores gubernamentales para iniciar la construcción de un gran salón presidencial, pero no obtuvo dinero suficiente para terminarlo.

Ahora se pide a los contribuyentes que paguen la diferencia. Un juez federal ha ordenado paralizar las obras hasta que el Congreso vote el proyecto y Trump ha reducido tanto sus mayorías en la Cámara de Representantes y el Senado que aparentemente no puede aprobar la financiación necesaria. Si pierde el control de cualquiera de las dos cámaras en noviembre, es poco probable que la construcción se reanude.

Así, en lugar de un Gran Salón Trump, el elemento más visible de la Casa Blanca de Trump en 2026 es un inmenso Agujero Trump.

El más célebre de todos los discursos pronunciados un 4 de julio fue el que Frederick Douglass pronunció en Rochester, Nueva York, en 1852, durante el 76.º aniversario de la independencia estadounidense. En los primeros párrafos de aquel discurso, Douglass observaba con inquietud:

«La mirada del reformador se encuentra con destellos de ira que anuncian tiempos desastrosos».

Y, sin embargo, aunque preveía la inminente Guerra Civil y lamentaba los defectos de la nación, seguía expresando la esperanza de que «las elevadas lecciones de sabiduría, justicia y verdad acabarán guiando su destino».

 

Trump ha convertido en una penosa chapuza lo que debería haber sido un momento glorioso. Pero la nación que ese momento debía honrar conserva todavía la capacidad de recuperación y renovación que Douglass elogió.

Mientras contemplamos la farsa del Día de Trump, podemos imaginar lo que Estados Unidos aún podría llegar a ser cuando celebre su tricentenario.

Quizá nosotros no vivamos para verlo. Pero podemos creer en ello de todos modos. Y creer con más fervor precisamente por haber atravesado un capítulo de la historia estadounidense que traiciona de manera tan flagrante las esperanzas de los Padres Fundadores y pone a prueba de forma tan exigente el legado que dejaron.

Por David Frum. The Atlantic, 31/06/26

Sobre Juan Gonzalez Gonzalez Posada 12 artículos
Director de Museos y Exposiciones en Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Valladolid, desde enero de 2004. Además, es fundador/presidente de DDOOSS - Asociación de Amigos del Arte y la Cultura de Valladolid, desde enero de 1996. Anteriormente, fue Director de Comunicación y Desarrollo en Patio Herreriano. Museo de Arte Contemporáneo Español (Valladolid), de 2002 a 2004; y Coordinador de Comunicación y Actividades Culturales fuera de Cataluña de Fundación “La Caixa”, de 1988 a 1994, entre otros cargos.

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