No había visto la premiada Valor sentimental de Joachim Trier (vergüenza por mi desidia). No pude resistir mientras la veía la comparación con Amarga Navidad de Almodóvar, con la que comparte muchas similitudes de tema, guion y trasfondo: una metapelícula sobre el poder curativo y confesional del cine. No podía menos de comparar las respectivas estéticas, los interiores nórdicos austeros, cercanos al universo de Hammershoi, de Trier con los coloridos barrocos y de diseño de Almodóvar. En el momento más tenso de la película, Gustav, explicando a Rachel el suicidio de su madre en la habitación donde ocurrió, le dice que fue en un taburete de Ikea que no podía estar allí sesenta años antes.

Como la película de Almodóvar, también juega con el referente real del personaje del guion y con las fuentes de inspiración del autor en los personajes cercanos. En las dos películas están presentes los tres momentos que establecia la Poética de Aristóteles, con los que él teorizaba que eran un reflejo de la estructura narrativa de la acción humana: la peripateia, o giro de los acontecimientos que sumerge a los personajes en una situación de tragedia, drama o comedia, la anagnórisis, el momento de reconocimiento, bien del otro, tal como nos explicó Cavell, bien de la verdadera naturaleza de uno mismo (como cuando Burne y Edipo descubren de sí mismos que son asesinos) y la catarsis o purificación emocional que clausura el relato. No voy a comparar los méritos de las dos películas en sus aspectos más técnicos, pues son dos estilos de grandes directores. Sí me atrevo, sin embargo, a comparar el flujo de emociones en las dos películas. Mientras que Trier logra que los juegos de las miradas y el ascetismo de los intérpretes produzcan la convicción de que los personajes están partidos, quebrados por secretos e historias y realmente necesitados de ayuda (la secuencia repetida sobre la oración del ateo es perfecta para definir la película) los personajes de Amarga Navidad te llevan a pensar en los ejemplos de Sartre de la mala fe: el camarero que se esfuerza en sus gestos en convencerte y convencerse de que es un camarero. Hay en los personajes de Almodóvar, en esta película, una impostación de los sentimientos para intentar convencerte de que son sentimientos tenebrosos y profundos. No puedes evitar la impresión de mauvaise foi. En parte porque Almodóvar cree en las interpretaciones del melodrama y el teledrama, en parte porque hay algo en el relato del director en su invierno que lleva a pensar en la mala fe.
Dicho esto, que se puedan comparar, y elegir una de ellas, estas dos películas es una buena cosa del cine de esta temporada.
Fernando Broncano

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