Hay una frase que me estremece cada vez que la escucho en reuniones, documentos institucionales o conversaciones públicas: “Yo no me muevo en blancos o negros; prefiero explorar los matices de gris.”
En abstracto puede sonar sofisticada, incluso democrática.
Pero, cuando se refiere a las violencias diversas que atraviesan la vida de las mujeres a lo largo del mundo, esa apelación a los grises no es una postura reflexiva: es una toma de posición. Y casi nunca del lado de quienes sufren la violencia.
El discurso de los grises suele venir envuelto en una apariencia de equilibrio moral, como si la neutralidad fuera un valor en sí mismo.
Sin embargo, como ya advertía bell hooks, la neutralidad frente a la opresión es simplemente otra forma de sostenerla: “No hay tal cosa como una posición no política frente al patriarcado; toda elección es una elección en el campo del poder.”
La idea de los grises se convierte así en un refugio confortable para quienes temen nombrar la violencia explícita y la más borrosa pero estructural, porque nombrarla implica ver sus causas, sus responsables y sus beneficiarios.
Muchas maestras han insistido en que la violencia patriarcal no es un fenómeno abstracto ni ambiguo; es una tecnología de poder, una pedagogía que ordena el mundo y coloca a las mujeres en un lugar jerárquicamente inferior.
Cuando ante ese orden estructurado se invocan “puntos intermedios”, lo que suele ocurrir es un blanqueamiento de la asimetría. Los grises funcionan como un dispositivo discursivo que diluye la responsabilidad y crea una sensación de equivalencia entre quien ejerce la violencia y quien la sufre.
Desplazamos la mirada del agresor hacia el medio ambiente, hacia la pareja, hacia el contexto, hacia las heridas primarias, hacia el mundo cruel que construimos; cualquier abstracción que evite nombrar al sujeto violento.
Ay, el “falso equilibrio”, prima, uno de los modos predilectos del patriarcado para desactivar la voz de las mujeres. Cuando una mujer denuncia, cuando señala el abuso, cuando cuestiona la estructura, aparecen las invitaciones a “ver todos los lados”, como si su dolor necesitara siempre ser relativizado para no incomodar.
En el campo de las políticas públicas, los grises se traducen en comisiones infinitas, en marcos teóricos que no se atreven a hablar de patriarcado, en protocolos que hablan de “dinámicas” pero no de violencia masculina.
En «cuestiones de familia«, o «pasiones destructivas«.
La equidistancia no es prudencia. La equidistancia es complicidad.
Cuando se habla de violencia sexual, de abuso, de explotación, de asimetrías de poder, no existe un lugar intermedio que no sea funcional a la desigualdad.
Los grises pueden ser útiles para pensar la estética, la literatura o la complejidad humana. Pero en el terreno de las violencias patriarcales, los grises se han convertido en un sofisticado mecanismo de despolitización.
Y yo, personalmente, cada vez que escucho a alguien reivindicar ese territorio nebuloso entre el blanco y el negro, no veo neutralidad: veo un silencio cuidadosamente administrado para no incomodar al poder.
Porque cuando se trata de la vida y la seguridad de las mujeres, no necesitamos más grises.
Necesitamos valentía para nombrar, para posicionarnos y para romper de una vez los pactos de equidistancia que sostienen la violencia sistemática que nos atraviesa.
¿Victimismo? ¿Grisura?
Mira las noticias, escucha a tus amigas, a las hijas y hermanas.
Escúchalas y no te asustes.
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso.
Fotografía de Michael Wesely.

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