HERMANA

 

(Del libro Leyendo a María Zambrano. Un regalo de la Aurora. Lola Valle)

                                A la enfermedad de mi hermana Anita y a la paloma herida

 

                1911- 1972                                  1953-1982

 

Pero mi historia es sangrienta. Toda, toda la historia está hecha con sangre, toda historia es de sangre, y las lágrimas no se ven. El llanto es como el agua, lava y no deja rastro. El tiempo, ¿qué importa? ¿No estoy yo aquí sin tiempo ya, y casi sin sangre, pero en virtud de una historia, enredada en una historia? Puede pasarse el tiempo, y la sangre no correr ya, pero si sangre hubo y corrió, sigue la historia deteniendo el tiempo, enredándolo, condenándolo. Condenándolo. Por eso no me muero, no me puedo morir hasta que no se me dé la razón de esta sangre y se vaya la historia, dejando vivir a la vida. Solo viviendo se puede morir.

                                                  […]                                                    

Pero espera, tengo ya el cabello blanco casi. ¿Cuánto tiempo llevo aquí encerrada conmigo misma? Ni los muertos me reciben, quise bajar con ellos, para no sentir ese frío…por eso ¿qué dirán de mí, de Antígona la piadosa, la buena hermana?

                                                                                            La tumba de Antígona

 

Cuando María llega al aeropuerto de Orly el 6 de septiembre de 1946, después de dejar su América materna, ve a lo lejos a su hermana Araceli, ve su sombra, ve su delgadez, entrevé sus entrañas sin ninguna clase de envoltorio. Araceli fue al aeropuerto acompañada de una amiga, a pesar de la compañía, María a lo lejos sintió la soledad de Araceli. Sola. Sintió que su hermana se había desentrañado, sintió cómo la historia sangrienta de Europa había devorado sus entrañas. Tardó María en acercarse a la tumba abierta de su hermana, a su depresión. Araceli había sido torturada por la Gestapo, física y moralmente. Se habían llevado sus entrañas aquellos dos años de visitas a la cárcel de la Santé y ese día que se volvió a casa con el hatillo porque su compañero, Manuel, ya no estaba. A pesar de la presencia de la amiga, alrededor de Ara, ella no veía más que un aire de soledad. Sola. No le habló la hermana de su dolor, cómo podía dar ella un lugar a su propio dolor cuando había visto morir a niños con los ojos abiertos. María no pudo llegar a tiempo para acompañar a su madre en los últimos días de vida; los trámites para volar desde Cuba no fueron fáciles. El visado no llegó a tiempo. Fue Araceli quien había cuidado de una madre empequeñecida. Se convirtió en madre de su propia madre, en ese momento en el que una madre se transforma en hija, en una madre niña. Había cuidado a su compañero, atravesado por la persecución hasta que lo mataron. Fue torturada por ser cuidadora. La llevaron a la noche oscura de la que no pudo salir más que a través del delirio. La propia Antígona cuidó de su padre ciego. Fue el bastón de su propio padre hermano. No recibió Antígona el cuidado primordial del padre, no podía ser vista por su padre Edipo, ciego. Nació con forma de bastón para otros; para enterrar al hermano muerto y hacer justicia con su propio sacrificio. Vivió Antígona para los otros y como Adela, la hija de Bernarda Alba, murió virgen, sin contraer sus propias nupcias, símbolo de la propia vida. Adela se suicidó escuchando el grito triunfante del poder de Bernarda ¡Mi hija ha muerto virgen!¡ Que se cierren puertas y ventanas! Antígona se colgó, se suicidó virgen bajando a la tumba para cumplir la condena de Creonte de ser enterrada viva y cubierta por una piedra. Y es que vivir la vida de los otros (ser hija, hermana, madre siendo virgen) y no tu propia vida, tus propias nupcias es lo mismo que nacer muerta.

María Zambrano quiere dar a su Antígona un tiempo para escucharse  porque ese será su propio tiempo, el tiempo para sí misma, para entrañarse. Para su autoconocimiento. Libre ya, por fin, del cuidado de los otros, liberada de la forma de bastón. Un tiempo necesario para mirarse y desatar los nudos de ser hija y hermana de un padre ciego. Un tiempo para darse cuenta de que no tuvo la mirada del padre. No fue vista pero ahora ella es la responsable de verse a sí misma. Un tiempo, al fin, para su viaje interior

Araceli como Antígona estaba siendo enterrada viva. Se había visto enredada en la historia, enredada por la detención y muerte de Manuel Muñoz Martínez, su pareja. Condenada a vivir en la tumba de la Historia. No le queda a María más que lavar la soledad de su hermana, lavar el dolor no expresado de la hermana. Vivir en hermandad. Limpiar con el llanto. Limpiar con agua para entrañarse, para recuperar las entrañas de la hermana, para ser una con la hermana. María se queda en París y luego juntas vivirán en Roma y buscarán la vida en el muchacho de mármol de la vía Appia y lavarán el dolor en el bosque de La Pièce, en los largos paseos, en esos claros por donde entraba la Luz, más allá de la historia, viviendo apegadas a la generosidad de la naturaleza, dejando entrar la vida por esos claros del bosque. Porque dejar que los claros entren es la única manera de poder vivir y vivir es la única manera de permitirse morir. Al fin y al cabo, morir y vivir no son polaridades, como tampoco lo fueron las catacumbas y el efebo, en sus años en Roma. Las catacumbas y el muchacho comparten la misma vía Appia como la vida y la muerte aguardan hasta unirse en el bosque. Araceli muere y es enterrada cerca de” la choza” en la que vivían. La cruz fue siempre el símbolo de Araceli y a ella se refiere la inscripción que María elige para su lápida: O crux ave spes única. Y antes de enterrarla tuvo María este gesto:

Cuando murió mi hermana, yo le puse en la cara un bordado de mi madre, bizantino, tan perfecto como la prosa leopardiana. Todo era entonces sacro. Todo perfecto.

Cuando muere Araceli el domingo 20 de febrero de 1972, María se queda algunos años más en La Pièce acompañada de su primo Mariano, el que se abraza a los árboles, y sus gatos. Profundiza aún más en su soledad, en su adentramiento. Prosigue su viaje interior que reforzará con un breve viaje a Grecia. En una carta a su amigo cubano Lezama Lima, a quien también lo mató la historia, escribe:

La vi una hora después de su muerte, como la vi inolvidablemente una hora después de su nacimiento. Había una adecuación perfecta, era la misma criatura, solo criatura de nuevo, inocente, casta, majestuosa ahora, bellísima, como si la historia─ de la que murió, pues que su dolencia mortal fue la historia─ no hubiera existido.

   ─ Mi hermana Anita murió el 2 de enero de 1982, agotada por la enfermedad. Con riñones paralizados. Desentrañada. Bellísima. Criatura bienaventurada. La velábamos en la casa y en su ataúd se posó una paloma herida (¿Habrá perdón para el que estrangula una paloma?). Cuando dejó de respirar yo estaba a su lado leyendo El lobo estepario de Herman Hesse. Me faltaba un mes para cumplir 20 años. No sin ayuda estoy transformando el dolor por su enfermedad, su agonía y su muerte en un agradecido recuerdo, en un camino recibido. Fue enterrada con los restos de su abuelo paterno. Ambos encontraron adecuación en las manos agarrotadas por la artritis.

Los sabios, decía mi tío Sebastián, no viven en los palacios, viven en las chozas. “Choza” llamaba María a su casita en medio del bosque. Comenzó a llegar también allí el progreso y la tecnología. María, aunque toleró la historia no pudo soportar las lágrimas del bosque y se trasladó a Ferney-Voltaire en 1978. No sin antes salir a pasear en las noches de tormenta con truenos y relámpagos y sentir esta fuerza de la naturaleza como una vía de conocimiento.

Observo sin dejar de asombrarme cómo las personas empleamos las formas impersonales del verbo o el plural mayestático para ocultar nuestros sentimientos. Así de insoportable nos resulta conectar con nuestro interior y así de insoportable nos resulta conectar con nuestro dolor individual, porque al parecer cuando la pena es colectiva se soporta mejor. Araceli cuando hablaba de su mal no hablaba nunca en primera persona. Hablaba en plural, “lo que nosotros en París hemos pasado”. No se permitía la primera persona para tratar del sufrimiento. El sufrimiento era colectivo. Ella, una gran lectora, no entendía cuál era el método elegido para la realidad que se vivió en Europa, como Antígona no entendía el lenguaje del poder de Creón. Cuenta María que empezó a leer el Discurso del método de Descartes, por si acaso ahí encontraba una explicación que otorgara razones a lo sucedido en Europa. Por si acaso existiera un método.

 ─Mi hermana, simplemente, hablaba de lo que se padecía en los hospitales en los que ella era ingresada, de una niña que murió a su lado. También en plural. No le concedió la primera persona del singular a su sufrimiento, a las largas sesiones de diálisis. Nuestro dolor, su dolor, era individual. No sin yo lamentar que perteneciera este nuestro padecer a toda la comunidad, como una forma de encontrar alivio. Antes de enterrar a mi hermana tuvo mi madre un gesto: puso en su cara un pañuelo blanco, bordado por su madre con una paloma sana. Este gesto mi madre se lo había visto antes hacer a su madre. Nunca nos faltaron los pañuelos blancos. ─.

Desde Cuba, su isla prenatal, María, sin saber a veces cuál era el paradero de su hermana dialogaba con ella. Yo escuchaba el dolor de mi hermana mientras crujía la hierba. Ahora escucho lo que escribe María que me va guiando como una lámpara maravillosa, tal como pienso que a ella la acompañó La guía espiritual del místico Miguel de Molinos. Y casi con el cabello blanco sigo escuchando cómo cruje la hierba.

    María también fue una Antígona que convirtió su exilio en su destino, en su viaje interior, en su patria matria, en un adentramiento a la condición humana. Como a la protagonista de su obra de teatro se concedió tiempo antes de morir para ser ella misma, para morir habiendo vivido. Porque la vida plena es lo que hace tener una muerte plena.

Araceli formaba parte de una comunidad forjada en el sufrimiento y en el heroísmo que no proclama su nombre. Y ella sentía que no podía insistir, quizá no podría nunca abrir su alma para dar salida a lo inhumano, porque toda aquella historia la había vivido Antígona por piedad, hermanando con el amor sin odio a vivos y a muertos, sin adelantarse a crear el enemigo, sino teniendo que rendirse a la evidencia de lo que había, de que hay enemigo inexplicablemente.

Delirio y destino

 

 

 

 

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