Escuché a Rufián decir en el Parlamento lo rápido que la derecha (sin distingos, solo hay una, la casposa, irredenta, malhablada, soez, agresiva, salvaje) ha tomado la palabra invasión para nominar lo ocurrido en Ceuta en cambio para Palestina utiliza mil subterfugios para no nombrar un genocidio, una política de apartheid y exterminio sobre el pueblo palestino.

El Español, hacía un titular el otro día con estas palabras: “un invasor muere por diabetes”

Los “invasores” asaltan, contagian enfermedades incurables e insalvables. La ciudadanía ceutí vive recluida en sus casas sin poder salir, atemorizados, sin puntualizar que así viven solo los habitantes del Príncipe y aledaños porque el centro de la ciudad y las zonas más ricas, gozan de tranquilidad y calma.

El otro día en Santander, la policía tuvo que fletar autobuses para que los manifestantes antifascistas convocados por asociaciones de acogida, pudiera salir de la zarpa que cientos de energúmenos/as ladrando con una agresividad que daba pavor, y no nos despedazaran a las doscientas personas aproximadamente que allí nos encontrábamos.
De camino a casa, vivo cerca y mi aspecto un tanto neutro me permitió escabullirme sin mayor peligro, escuché a varias personas, bien por teléfono o comentando a acompañantes, mascullar palabras llenas de odio: “esos putos rojos, vamos a acabar con ellos, como en el 36” dijo un tipo de no más de treinta años. “Que se jodan que los hemos acogotado a los putos rojos” decía otro.

No les cuento mi estado cuando llegué a mi casa porque es obvio. Recordaba las historias escuchadas tantas veces, de acoso vecinal a la viuda del fusilado, de golpizas a hijos de encarcelados, de humillaciones a gente recién salida de la cárcel a la que sus vecinos hacían un ofensivo vacío. Recordaba a las rapadas, a las que les daban ricino para pasearlas cagadas por la calle. Cada grito de aquella chusma infecta me asaltaba con el recuerdo de una historia escuchada en la labor de recopilación en la que me empeño. Recordaba aquella lágrima que no pudo contenerse, el abrazo ahogado por la emoción de quien me contaba como temblaba la abuela al ver los tricornios acercarse por el camino.

A la vez escuchaba a la Modesta gritándome con furia al descubrir una revista un poco conflictiva en mis manos: “no te metas en eso, niña, tú no sabes nada. No tienes ni idea de lo que pasamos, de lo que nos hicieron. No seas imbécil y no te metas en política” Resonaba el “no te signifiques, hija” contenido de mi padre, que yo, inconsciente rebatía con risa.

No pude evitar sentir un latigazo de temor cuando me cruzaba con gente, mucha gente, envueltos en banderas con el pollo flameando al viento, y clamé para mis adentros que, por favor, que no me reconociera nadie porque en una ciudad pequeña como Santander y los diversos actos en los que participo, soy reconocible.

A la vez me condenaba por sentir ese temor, y me repetía: “pues si te reconocen y te insultan, mejor, te desatas y no sigues con la puñetera angustia” Pero no era suficiente. No sé que hubiera pasado de ocurrir lo que mis temores auguraban. Soy de mecha muy corta y generalmente me disparo sin cautela ninguna y temo que la cosa no hubiera acabado bien.

Había violencia, se olía el miedo del grupo en que estuve durante un rato. Me daba cuenta de que sin el blindaje que nos hizo la policía no hubiéramos salido indemnes. Sí, la policía custodiando a antifascistas, me decía con cierto apuro…La policía…

Poco después de marchar me informaron que tuvieron que traer autobuses para salir de la ratonera en que los fascistas ladradores habían formado ante los antifascistas, siendo acompañados por los agentes dentro del autobús en previsión de un asalto.

En las calles de mi tranquila ciudad. Las mismas calles que han soportado un verano insufrible con la población duplicada, con borracheras, ruidos, vomitonas de madrugada. La misma población soportando que empresas desconocidas se hagan con edificios enteros, bajos comerciales y lugares de esparcimiento para hacer vivienda turística que se paga a precio de oro y cotiza en otros países.

Trato con inmigrantes de forma continua debido a que presido el Ágora Solidaria Cultura y Memoria Luis Toca. Escucho constantemente como se explota en hostelería a jóvenes, hombres y mujeres, con sueldos de miseria y horario esclavo. Hace poco una mujer con una bebita de tres años me contaba como al día siguiente de regularizarse el marido había sido expulsado del trabajo sin indemnización porque el jefe, constructor de las mismas viviendas turísticas que nos ahogan, solo contrata a ilegales. Les hace trabajar de sol a sol, les paga poco sin queja ninguna porque supondría denuncia. Los regularizados ya tienen derechos, pueden sindicarse, por eso prefieren que sean “invasores” para esclavizarlos a gusto. Escucho a uno de nuestros patrocinados contar como en agosto le expulsaron de la habitación que compartía con su hermano de quince años, por la que pagaba 350€, para alquilarla a turistas.

Escucho que las insultan, que las/os humillan en público, que hay gritos, vejaciones… Como tienen que sortear al viejo de mano larga que al mínimo descuido soba, toca, agrede. No puedo evitar enfadarme porque tengo mirada europea. Les digo que no se queden, que denuncien, que… «María tenemos que comer” Y pagar, afirman.

Están solas, muchos sin familia ni amigos. Y la soledad pesa. Algunos son jovencillos que apenas saben de nuestro país, pero quieren conocerlo todo, preguntan mil cosas con la curiosidad del ingenuo. Porque ellos y ellas aman a esta España que les maltrata más que nosotras porque les supone esperanza de vida digna, de ayudar a las familias dejadas atrás. Aman a nuestro país y soportan con un estoicismo que raya en la sumisión, enfadándome a veces, porque tienen esperanza en nuestra forma de vida, en nuestra sociedad.

Les contemplo intentando entender que les hace ser tan dignos, tan alegres, tan humanos, si hay miserables que los quieren echar, tirarlos al mar, o les gritan “vete a tu país” “España cristiana y no musulmana” mezclado con el consabido “Pedro Sánchez hijo de puta” y no puedo evitar acolecharme y pensar –cuando me ataca la rabia– que yo expulsaría a las turbas feroces del otro día, los que ceñudos y sudorosos nos gritaban “rojos de mierda, llévatelos a casa” Los llevaría en una patera por pleno Mediterráneo sin agua ni comida. Les dejaría dormir a la intemperie mientras una bandada de bestias les rocía con gas pimienta o les persigue a palos. Sí, porque eso hacen los grupos de criminales fascistas en los asentamientos ceutíes. A niños/as, a madres con pequeños.
Les dejaría vagar por Libia soportando las violaciones constantes que soportan las mujeres, los abusos, golpizas y persecuciones que sufren los hombres. Les dejaría que la lengua les creciera en la boca por falta de agua hasta que se convirtiera en una masa viscosa y no volvieran a gritar “rojos, hijos de puta, llévatelos a casa”

Haría eso y mucho más, pero debemos ser civilizadas porque ya saben que la justicia tiene el ojo izquierdo tuerto y ve de poco a nada. Y porque hay que ser modélica para que no nos llamen violentas y nos acusen de ser terror rojo.
Los invasores son ellos, inmigrantes en chancletas. Israel, en cambio, nos dice la chusma derechista, es un país democrático que defiende los derechos de la mujer y de la cultura aunque realice pogromos constantes sobre la población palestina, levante muros para ahogar a los del otro lado como si fueran sosias del Ghetto de Varsovia, y quieren poner gradas para ahorcar cada noche a una treintena por lo menos y verlo. Que les gusta el espectáculo de ahorcamiento a palestinos. A los ciudadanos sionistas de Israel. Los que no invaden, ni coartan las libertades. El país ejemplo para las bestias de la derecha.

Invaden los pobres. Los inmigrantes que no traen tanques ni hacen estallar drones teledirigidos a las escuelas y hospitales (he leído como se coreaba la matanza de pequeños “futuros terroristas de Hamas” a quien va de intelectual y escritor sufrido) Los “invasores” de Ceuta tampoco llevan armas, como no sea una navaja afilada para cortar el mendrugo que les lanza la ONG de turno.
Están ahí porque Marruecos es una dictadura infame que expulsa a los jóvenes porque ansían el Gran Marruecos para repartirlo entre unas cuantas familias que rodean al sátrapa beodo (sí, padre de los musulmanes y borracho a discreción; quizá como es descendiente de Mahoma imaginamos que tendrá bula con las cosas que en su país están penadas por ley. Si dudan revisen las fotos de sus noches parisinas y si ven alguna mujer entre los acompañantes del mequetrefe, me cuentan)

Huyen de un país sin futuro, de trabajos esclavos, de trueques infames y de abusos constantes. Huyen porque los echan y el gobierno de España ha cedido, como los europeos, el mantenimiento de la frontera a los sátrapas haciendo dejación de las obligaciones legales y humanas.
Y nos “invaden”, nos dicen los medios de la derecha, no como Israel que no invade Gaza ni tortura a Cisjordania porque eso es ampliar los cimientos culturales de la cultura occidental de la que los hijos de Sión son la defensa en la frontera contra un islamismo salvaje. Eso cuentan los “amables” sionistas cuando les decimos el horror que sentimos al ver nenes destripados y madres rotas con hijos envueltos en sudarios blancos en sus regazos. Los sionistas no invaden, amplían la cultura occidental.

Pero, amigas/lectores, los que entran en Ceuta son los “invasores”. Con chanclas y en camiseta, como dijo otra parlamentaria modélica, Aina Vidal. Nos contagian enfermedades, no como en el geriátrico de la Comunidad de Madrid que le come la sarna y los viejitos vegetan sin cuidados mínimos.

No quiero extenderme más, espero que comprendan el grito de rabia que ha supuesto este artículo y la desesperada llamada de atención que intento realizar. No, la historia no se repite, pero rima mucho. Estamos viviendo algo similar a lo que se vivió en la Alemania pre nazi. Los pogromos, los gritos feroces, las acusaciones infundadas, y el odio que se respira en cuanto se reúnen unos cuantos especímenes de esta derecha infectada de fascismo.
Y cuando lo volvamos a vivir tendremos la amargura de saber que se pudo evitar, porque deberíamos haber aprendido las lecciones que ofrece la historia.
Por eso a la derecha le molesta la Memoria.
María Toca Cañedo©
Reportaje fotográfico de Amaia Carracedo Arana

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