La frontera que se cierra no exige tratados.

Tengo la sensación de que consideramos que poner algo de los tan manidos límites consiste en explicar.
Explicar por qué algo te duele.
Explicar por qué una actitud nos resulta injusta.
Explicar por qué determinado trato no es ético.
Y sí, es importante, básico, explicarnos, dialogar, abrir puentes, poner voluntariedad.
Pero también observo que nos encontramos, una y otra vez, entrando en conversaciones interminables, circulares, agotadoras.
Conversaciones donde lo importante deja de ser lo que se vive para convertirse en un juicio sobre el carácter, la sensibilidad propia, la forma de decir las cosas.
Conversaciones donde no hay escucha sino defensa.
Cuántas veces hemos expresado un «me has dañado» o «esto que ocurrió no me gusta lo más mínimo» y el relato ha girado, se ha dudado de nuestra percepción.
Cuántas veces ofrecemos o nos ofrecen luz de gas. Desplazamiento. Confusión.
Cuántas veces tratamos de hablar de un asunto concreto y la devolución es un «yo ya sé cómo tú eres» a modo de banco de niebla.
Con el tiempo he ido entendiendo algo esencial: mi límite no necesita ser comprendido del todo para ser válido cuando el asunto es sustancial para mí o quien me importa.
Nombrar el límite no es analizar la conducta del otro ni intentar que reconozca su error.
No es pedagogía emocional.
No es un debate.
Nombrar el borde es hablar de mí. De lo que es aceptable y de lo que no lo es en mi planeta o en la galaxia común, en este momento de mi vida, en este vínculo, en este espacio personal o profesional.
“No es aceptable para mí que me hables así.
“No voy a seguir esta conversación en estos términos.”
“Con este trato, yo me retiro.”
«Eso que ocurre con tal persona es abusivo y no lo avalo».
Eso es un límite.
No exige acuerdo.
No pide permiso.
No busca convencer.
He aprendido y sigue costando que cuando necesito explicar demasiado, normalmente ya no estoy poniendo una frontera, estoy pidiendo que me reconozcan.
Y cuando el otro/a no está dispuesto a reconocer, la explicación se vuelve una trampa: me expone, me desgasta y me deja más vulnerable.
Poner el acento en «esto no es asumible para mí», es un acto de respeto propio. Es salir del terreno resbaladizo de la justificación y volver al suelo firme de la responsabilidad personal.
Yo no controlo lo que el otro haga, piense o diga.
Sí puedo decidir qué permito, hasta dónde me quedo y cuándo me voy.
Y, evidentemente, poner los tan laureados límites tiene que ver con el capital social y económico y no todas las personas podemos por igual, prima.
Nombrar mi límite no garantiza que el otro cambie.
Pero sí garantiza algo fundamental: dejo de traicionarme para pertenecer a cualquier precio.
Y eso, muchas veces, es el comienzo de una relación más honesta y ética.
O de una despedida necesaria.
Ay, qué alivio.
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso.
Sobre María Sabroso 190 artículos
Sexologa, psicoterapeuta Terapeuta en Esapacio Karezza. Escritora

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