La huida del fuerte Enkaba(San Cristóbal)

 

Todavía la guerra de España sigue sorprendiendo con hechos que nos llegaron sesgados o poco concretos y al investigarse  se tornan épicos. El  22 de mayo de 1938  tuvo lugar un acto de magnitud legendaria que quedó enterrado en el silencio de plomo donde la dictadura y el miedo que arraigó en el alma de las siguientes generaciones se ocuparon de ocultar.

El monte  Enkaba se encuentra a diez kilómetros de Pamplona, a finales del siglo XIX se planteó construir una fortificación en dicho monte que se termina en 1919. El edificio recibe por nombre Fuerte San Cristobal. La obra ha sido dirigida por el comandante de ingenieros José de Luna, ascendido a general poco después.

 

Se horadó el monte fortificando el interior, al finalizar la obra debió quedar obsoleto debido al empuje de la aviación por lo que  no se utilizó hasta llegar la revolución de 1934  sirviendo de cárcel para los revolucionarios asturianos. También, se dice, que hubo presos comunes a partir de entonces, pero existe la duda de que se trataba de  aguerridos anarquistas que realizaron golpes anticapitalistas. Como sea, parece que hubo cuarenta y tres presos revolucionarios y unos ochenta a los que se le aplicó la Ley de Vagos y Maleantes pero contrastando datos, fueran miembros de CNT, ya que en el libro de registro del fuerte (A300) aparece que el cenetista santanderino Manuel Cerro, muere el siete de septiembre de 1935, lo que ocasiona un fuerte impacto, no solo entre la población cautiva, sino que la noticia corre por Iruña,  siendo enterrado con honores de militante revolucionario.

Con el triunfo electoral del Frente Popular en 1936 llega una amnistía para los políticos molestando a los comunes que se consideran subsidiarios de las injusticias políticas cometidas contra ellos.

El golpe de estado africanista, al frente del cual estaba el general Mola, residente en Navarra, triunfa en la zona sin apenas resistencia ya que existe una  fuerte conciencia carlista  llegando al fuerte,  el veintiuno de agosto de 1936 la primera remesa de presos navarros, la mayor parte de ellos gubernativos (no juzgados) Hasta el veinticuatro de noviembre, del mismo año, la población penitenciaria es solo de las zonas cercanas, mientras que  a partir de esa fecha se van integrando prisioneros  de las comunidades que caían bajo la bota militar.

El fuerte estaba bajo la montaña como hemos dicho, no fue concebido como cárcel por lo que  las instalaciones no solo estaban  obsoletas sino que, en la planta baja eran infrahumanas. La humedad, la oscuridad, el frío intenso en invierno y el calor abrasador en verano diezmaron a los integrantes del edificio que se divide en varias salas, las brigadas que estaban abajo y los pabellones un poco más altos y por consiguiente mejor preparados además de tener un suelo de madera y ventilación directa por lo que las condiciones son mejores. En los pabellones ingresaban militares republicanos, gente de cierto valor social, mientras que en las brigadas lo hacían la gente considerada común.

Tanto los años de la guerra como los  de la posterior posguerra, la población penal española fue  tan amplia que se habilitaron lugares inverosímiles para hacinar a los presos de cualquier manera convirtiendo a la nación española en una terrible cárcel.

Como en el resto del país, el fuerte San Cristóbal era incapaz de mantener las mínimas condiciones de salubridad y respeto a los presos. El hacinamiento no permitía dormir tumbados, se descansaba en el suelo, sobre tierra o piedras húmedas. Faltaba el agua, las letrinas eran infectas, por lo que los piojos y las enfermedades derivadas de la total falta de higiene produjeron una reducción de población penal escandalosa. Las prisiones y los campos de concentración españoles sustituyeron las cámaras de gas nazis por el hambre, la suciedad y el abandono absoluto.

Uno de los presos describe de esta forma el sueño de los residentes: “el silencio se imponía en la brigada, ni un ronquido, ni un suspiro que demostrase un sueño profundo, dormíamos sin dormir” No había agua  corriente en el fuerte,   en la parte baja del recinto se compartía espacio con dos aljibes que filtraban un poco de agua siendo la utilizada para lavarse  y adecentaban la ropa.

Llegó a haber casi tres mil presos en una superficie insuficiente. Con todo, lo peor que recuerdan los supervivientes era el hambre. Hambre mortal, hambre que les hacía soñar con comida a toda hora. Desayunaban un trozo de chocolate Manterola, que se producía en la ciudad de Pamplona, en la calle Zapatería, que era además de insípido trasparente.  Carecían de comedor por lo que comían sentados de cualquier forma en los pasillos de las dependencias;  la comida llegaba en peroles donde bailaban garbanzos, que puestos a ser generosos, contaban los presos que las raciones apenas llegaban a veintiocho ¡al mes! Para la cena, otra vez un agua infecta, y con suerte un trozo de patata crudo bailando en ella. Si ponían lentejas, además de escasas, contaban diez o doce por cabeza,  llegaban invadidas de cocos, que algunos no podían tragar por el asco. Había otros, menos escrupulosos o más desesperados, que cerraban los ojos para tomarlas sin ver la gusanada. Un chusco de cien gramos de pan para todo el día completaba la dieta.

Cuenta alguno de los presos, en el magnífico libro recopilatorio de la historia, escrito por Félix Sierra e Iñaki Alforja,La gran fuga de las cárceles franquistas” que los vascos, corpulentos y acostumbrados a mucha comida, eran los que peor lo pasaban ante esa dieta. Su hambre era tan terrible que llegaba a perder más de cuarenta kilos en poco más de dos meses.

El trato, imaginable. Cuando los de las brigadas de la parte inferior del recinto,  subían al patio ascendiendo por una escalera de caracol, los funcionarios se escondían y al paso les  propinaban golpes con un látigo o chuchazos que los presos no podían eludir.

oplus_1056

 

La misa diaria era obligatoria, los canticos falangistas, los gritos y salvas a Franco y a la parafernalia franquista inevitables. Los presos, se permitían la rebeldía de que en vez de gritar ¡Franco! se cambiaba por ¡Rancho! claro que si los funcionarios se percataban los castigos eran brutales. La celda donde se cumplían las penas estaba en la parte más baja del penal  llegando el agua hasta  las rodillas del preso, durante el tiempo de castigo apenas  se suministraba alimentos ni agua. Era conocido que, de la celda de castigo o se salía muerto o con los huesos desechos.

 

La premisa de los golpistas fue desde el principio, no solo encarcelar a la disidencia, sino eliminarla, humillando a los cuerpos y las mentes hasta doblarlos del todo y hacerlos sumisos al poder fascista. En el fuerte San Cristobal, como en miles de campos de concentración, cárceles y penales de España se llevaron hasta el final las órdenes implícitas.

Leopoldo Pico había nacido en Riaño, Cantabria,   asentándose desde muy joven en Vizcaya  residiendo toda su vida allí. Militante desde los principios fundacionales del PCE, amigo de Pasionaria, inteligente y valiente, ideó junto a un pequeño grupo de compañeros, Daniel Elorza Ormaechea, Julián Ortega Velazquez, y José Molinero Castañeda, un plan de huida. Todos ellos formaban parte del grupo de diecinueve presos juzgados en Vitoria que llegan al fuerte el veintitrés de diciembre de 1936, con amplia experiencia de lucha política y  un marcado carácter combativo. Durante meses se diseñaron los planos del penal con todo detalle e idearon la escapada en secreto. Para ello contaban con la ventaja de que había esperantistas entre los organizadores y durante tiempo habían enseñado el esperanto a otros presos, por lo que se comunicaban entre sí en ese idioma sin que el resto se percatara de nada, obviando de esta forma a los chivatos que, como ocurre siempre en toda prisión, había entre ellos.

Los que componían el núcleo del plan de huida, además de Pico, eran: Fernando Garrofé, Segundo Marquínez, Juan Iglesias, Joaquín Ibañez, Vicente San Martín, José María Gerendiain y Ángel Arévalo. Todos ellos se integraban en la primera brigada, que como hemos contado, era la peor zona del fuerte  al encontrarse en los sótanos del fuerte con unos mínimos ventanos de medio punto a ras de suelo por los que apenas entraba claridad.  Durante meses trazaron con detalle el plan y el 22 de mayo de 1938, al atardecer, Leopoldo Pico y Baltasar Rabanillo simularon una pelea aprovechando la apertura de las puertas por donde entraban los encargados de  traer la comida. Se enzarzan hasta que  uno de los guardianes se acerca para separarlos lo que es aprovechado por los contendientes para desarmarle  encerrándole en un sótano. Pico se viste con el uniforme del detenido, formándo de inmediato grupos organizados con el fin de tomar el fuerte imposibilitando la respuesta de los guardianes. Uno de los presos detiene a los cocineros, otro va hacia la guardia desarmando a todos. Se produce  una víctima entre los funcionarios ya que  se negaba a entregar el arma  siendo golpeado por uno de los amotinados en la cabeza. No hubo represalias ni actos vandálicos.

El plan se hubiera desarrollado  según lo previsto de no haberse  escapado el turuta que se incorporaba en ese momento de las vacaciones; llegando al fuerte observó el revuelo formado en el patrio lo que le hace huir, a pesar de que es tiroteado por los revoltosos,  dando la voz de alarma al llegar a la primera aldea habitada. Los presos que contaban con horas para huir se percatan de que el aviso del turuta pondrá en breve la maquinaria de represión.

En ese momento en el fuerte residían alrededor de dos mil quinientos presos. Los grupos organizadores de la fuga abren las puertas de las brigadas y de los pabellones al grito de “salid, estamos libres” y el consabido “¡Viva la República!”  El revuelo de alegría que se forma es grande. Algunos piensan que se ha ganado la guerra y llega la liberación, otros, en cambio,  no se fían  creyendo que es una treta para aplicarles la ley de fugas…

La mayoría de presos sale al patio, cruza el umbral del fuerte, divisa la negrura de la noche, pregunta a los organizadores si existe un plan hay de huida o refuerzos del exterior. Se responde que solo ha previsto  llegar a Francia a través del Pirineo sin planes ni orden. Los que conocen  la zona se desalientan  retrocediendo hasta el fuerte,  porque conocen bien  la dureza del camino,  no por la distancia ya que son solo cincuenta kilómetros los que  separan del  puesto fronterizo,  pero sin guía, de noche y con las fuerzas de orden avisadas por el turuta huido no hay posibilidad de llegar o son muy remotas.

Los organizadores de la huida que están  reunidos en el patio con bastantes presos, y que poco antes han desarmado a los soldador que custodian el fuerte tomando setenta fusiles que reparten entre quienes quieren salir, mientras consiguen que los centinela se rindan a los revoltosos. El resto de presos que sale de sus pabellones y brigadas con la cautela que les produce el miedo, pronto retroceden hacia atrás ante la incertidumbre de no saber qué ocurrirá durante la huida. Tan solo   795 se lanzaron al monte en mitad de la  oscuridad impelidos, sobre todo, por el hambre, la desesperación y el ansia de libertad.

Al poco tiempo comienzan a vislumbrar bengalas que encienden el cielo, también se escuchan ladridos de perros, ruido de coches…pisadas de hombres. Se han movilizado más de tres mil personas  que van en  busca de los huidos, entre militares, fuerzas de orden, falangistas y requetés , la mayoría de ellos con odio en la sangre y afán de venganza contra unos huidos que burlan la seguridad carcelaria.

Para los huidos, comienza la epopeya de cruzar caminos, barrancos imprevistos, vegetación inhóspita, alejándose de las poblaciones que encuentran a su paso, tienen hambre, sed, carecen de ropa y calzado adecuando, marchando famélicos incluso algunos enfermos. Caminan de noche, mientras que de día se esconden en las barrancas o cuevas que encuentran a su paso. Los huidos se  han dividido en grupos que van cayendo poco a poco. La caza del hombre por parte de las fuerzas movilizadas ha comenzado. No hay piedad para ellos; se les dispara como si fueran conejos, al ser apresados se les golpea con saña…

Hubo quienes cayeron al primer momento,  otros regresaron con los brazos en alto, algunos aguantaron hasta quince días comiendo caracoles, yerbas, remolachas o patatas que robaban de los campos. Sin acercarse a las aldeas o pueblos porque quienes lo hicieron fueron cazados previo aviso del vecindario, que por miedo o por odio, delataban enseguida. Hubo excepciones, alguna persona los dio de comer…como la mujer de un alcalde falangista que les propuso, antes de entregarse,  hacerles una buena comida como despedida de su libertad.

De los organizadores de la fuga cayeron todos siendo  fusilados al ser detenidos . A la frontera llegaron  solo tres de los casi ochocientos huidos. La atravesaron por la zona de Urepel (Baja Navarra) Sus nombres son: Mariano Ganzuegui, José Marinero y Valentín Lorenzo.

 

Hubo un cuarto hombre que también  cruzó la frontera, Jovino Granda,  siendo capturado por gendarmes afines a Vichy y devuelto a España…donde fue fusilado al momento.

El resultado de la fuga fue el que sigue:

Capturados 585
Asesinados en la persecución 206
Lograron cruzar a Francia 3
Fusilados posteriormente 14 (los cabecillas)

 

Lo que les esperaba a los doscientos seis capturados no se puede explicar en las dimensiones de este artículo. Encerrados en los sótanos del fuerte, con agua hasta las piernas, con unos mínimo ventanos por donde se adentraba algún rayo de sol durante segundos, sin apenas comida porque solamente  les pasaban un líquido salado en exceso sin proporcionarles  agua nunca, tan solo bebían la que escapaba de los aljibes con los que compartían espacio. Salían al patio al amanecer durante media hora, no les dejaban fumar, ni hablar o comunicarse con las familias o con otros presos. Cierto es que la solidaridad carcelaria funcionó  a veces, otros presos  les hacían llegar algún panecillo impulsado por hilos, o cigarros que tiraban por los ventanos…con el riesgo de ser fusilados de comprobarse la entrega. Los castigados, en algún momento ansiosos de vida, se asomaba al ventano para romper la oscuridad del antro o simplemente desde fuera se observaba las sombras cercanas, los centinelas disparaban al preso. A veces se trataba de divertirse tirando a los castigados hiriendo a algunos que no recibían en ningún caso ayuda.

Las palizas y las vejaciones, eran constantes, además de incrementarles la pena anterior en diecisiete años. Las autoridades les mantuvieron en esas condiciones  cuatro meses en el subsuelo del fuerte (recordemos que habían vaciado un monte por lo que estaban bajo tierra)  Milagro fue que salieran con vida de aquel encierro.

El hambre era, además de arma política, un gran negocio para el administrador del penal, Carlos Muñoz, y para el director, Alfonso de Rojas que gestionaban el economato con ayuda de funcionarios cómplices. A los presos no les permitían tener dinero, si la familia lo enviaba era incautado y revertido en bonos que servían de moneda en el economato del fuerte, donde los precios de los alimentos o del tabaco eran astronómicos, imaginen quien o quienes se lucraban de esas compras… La comida y el dinero que llegaba para alimentarlos también se escamoteaba cayendo en las mismas bolsas. Contaban varios presos recibir un ladrillo en el paquete que enviaba la familia sustituyendo a los alimentos que luego se vendían en el economato.

Años después uno de los presos del fuerte, Josu Landa, contaba a los autores del libro citado una anécdota cuanto menos curiosa. Estaban presos, junto a los republicanos, tres falangistas rebeldes que se opusieron al decreto de reunificación dictado por Franco, Ángel Álcazar de Velasco, que vestía siempre con el uniforme falangista paseando entre los “rojos” en actitud chulesca sin que nadie le hiciera caso, el también  apellidado Chamorro y Rodiles, que poco después de salir del fuerte fue nombrado director de Radio Nacional.

El día de la huida, cuando corría la voz por las dependencia, Landa, contó con cierta sorna que el “valiente” Alcázar de Velasco  estuvo escondido durante horas bajo la colchoneta de la zona donde dormía, no saliendo hasta que las fuerzas de orden tomaron el control de nuevo (pag.141). Esa aptitud cobarde no fue obstáculo para que años después escribiera un libro sobre la fuga del fuerte, ganando el Premio Espejo de España de 1977,  en donde se erigía como héroe de primera fila durante la huida. Al verificar la historia del tipo nos encontramos con una biografía en la Wikipedia tan inverosímil -conocido el relato de su cobardía- que nos parece inaudito que se mantenga. Consignamos que Ángel Alcázar de Velasco fue condecorado por el mismo José Antonio Primo de Rivera por sus actos en la zona civil, con la Palma de Plata de Falange española. No creemos que fuera por su valentía e intuimos que tipo de actos cometió el “aguerrido” falangista.

 

A raíz de la fuga, que por las características fue espectacular,  convertida en noticia al menos en  la zona,  lo que menoscababa el prestigio de los militares, se investigaron las condiciones del fuerte y su organización, haciendo dimitir al administrador y al director del mismo al descubrirse los robos y chanchullos que mantenían y les produjo un enriquecimiento personal más que evidente .

La parte positiva de la huida fue que a partir de entonces el rancho mejoró,  aunque no lo suficiente, al menos los alimentos recibidos llegaron a impedir  la desesperación y la muerte por su carencia.

En el penal San Cristobal murieron cientos de presos…por hambre, tuberculosis, avitaminosis, falta de higiene y de cuidados. Los piojos eran compañeros de los presos, invadían las ropas y los cuerpos hasta convertirse en compañeros de presidio.

El médico, doctor San Miguel,  un ser cruel e inepto, cuanto tenía que mirar a un enfermo lo movía con la punta del pie sin tocarle ni prestar atención y con visible desprecio al dolor o la enfermedad que les aquejaba.  Tenía un cupo diario de visitas ; en una ocasión un preso de Ponferrada  sufrió un infarto por lo que los compañeros avisaron al  médico que se encontraba aun en las instalaciones. San Miguel, respondió que había cubierto el cupo de visitas de ese día,  el enfermo  no tenía número por lo que se negó a verle o enviarle a un hospital marchando tan tranquilo. El preso, desatendido, murió al poco tiempo. Las monjas que atendían la enfermería del penal eran tan crueles o más  que el médico además de no tener ningún conocimiento sanitario ni medicinas o útiles de curas, no dudaban en insultar  a los que llegaban a la enfermería en demanda de cuidados desatendiendo los más elementales derechos humanos. Cierto es que, entre los presos,  había algún  médico que con las precariedades lógicas  era quien intentaba curar a quien tuviera cerca.

Entre tanto malvado podemos excluir a uno de los capellanes. Don José María Pascual Hermoso de Mendoza, trasegaba con las cartas de los presos haciéndolas llegar a las familias, intercedía por ellos, escuchaba su cuitas y siempre  tenía palabras de consuelo para quien se acercara. Había un segundo  capellán que al contrario de José María Pascual, extremaba la crueldad, impartiendo misa con dos pistolas al cinto bien visibles. Si observaba algún preso que no prestaba atención con la debida devoción al oficio, o no gritaba con vigor las consignas, no dudaba en golpearlo empuñando la pistola, que utilizó más de una vez.

También reseñamos que un grupo de mujeres, llamadas emakumes por los euskaldunes,  visitaban el fuerte, escuchaban las cuitas y acompañaban a los presos durante la condena. Mayoritariamente era nacionalistas, incluso alguna de ellas contrajo matrimonio con el preso visitado. Estas jóvenes se exponían mucho, además de emprender un largo camino desde la ciudad hasta el fuerte, la señalización por solidarizarse con los condenados era temible, lo que no desalentaba el valor de las emakumes suponiendo para los presos un gran consuelo.

Eran tantos los que morían que la administración del fuerte se vio obligada a abrir fosas en terrenos cercanos al fuerte porque los pueblos  limítrofes se molestaban con la ocupación del terreno de sus cementerios por la cantidad de cadáveres salidos del fuerte. Había días que eran hasta tres cajones los que expelían las puertas de San Cristobal,  sin dirección apreciada por el resto de presos.

La situación carcelaria en los penales, campos de concentración y prisiones de España, fueron similares al fuerte San Cristobal, dejando un recuerdo imborrable que puebla de pesadillas a quien lo vivió y no murió de hambre, pena o asco. Las historias que hemos escuchado bien podrían inspirar otro infierno de Dante. Lo que destaca al fuerte  descrito y por lo que lo contamos, fue la huida de casi ochocientos aguerridos hombres ansiosos de libertad que demuestran que aun en las más atroces situaciones hay personas libres que se levantan sin temor a la represalia.

Una épica que merece conocerse. Y no olvidarse jamás.

María Toca Cañedo©

https://www.eitb.eus/es/television/programas/vamos-a-hacer-historia/fuerte-ezkaba/videos/detalle/7538578/video-cuando-estallo-guerra-fuerte-san-cristobal-se-lleno-presos/

 

https://www.youtube.com/watch?v=W8TC-0yv5CQ

https://www.youtube.com/watch?v=fpBuw3FNS5Y

https://www.sabinoarana.eus/fr/historias-vascas/efemerides/la-fuga-del-fuerte-de-san-cristobal-una-de-las-mayores-evasiones-carcelarias-de-europa-20200522

https://senderosdememoria.es/la-fuga-de-ezkaba/

Bibliografía:

Félix Sierra e Iñaki Alforja,La gran fuga de las cárceles franquistas Editorial: PAMIELA EDITORIAL, 2006

Mikel Guerendiain Azpiroz, Mauro,  Pepitas de Calabaza, 2025

 

 

 

 

 

 

 

Sobre Maria Toca 1900 artículos
Escritora. I Premio de Novela Ateneo de Onda 2016. II Premio Concurso Literario de Relatos del Bajo Cinca, 2015. I Premio de Relato Guadix 2020 Finalista de varios... Hasta el momento, tres novelas publicadas: Son celosos los dioses, Prototipos, El viaje a los cien universos. Poemario: Contingencias. Numerosas participaciones en libros de relatos corales. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina

Sé el primero en comentar

Deja un comentario