La paradoja de Estados Unidos: el gigante económico sobre una cornisa cada vez más estrecha

Magnífico análisis de la economía de Estados Unidos (que a nosotros nos concierne, como a todo el mundo) del siempre perspicaz Nacho Montes de Oca (@nachomdeo) en X:

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Estados Unidos atraviesa una contradicción inédita. Nunca había concentrado tanto poder económico, tecnológico y financiero, pero tampoco había acumulado semejante volumen de deuda. Mientras las grandes empresas de inteligencia artificial atraen billones de dólares de inversión y llevan a Wall Street a nuevos máximos, el Estado se acerca a los U$S 39,8 billones de deuda, las familias deben otros 18,79 billones y el costo de financiar ambos endeudamientos continúa creciendo. Eso equivale a unos U$S 116.000 por habitante y cerca de U$S 295.000 por hogar.
La combinación de déficits fiscales permanentes, mayor gasto militar, consumidores cada vez más endeudados y una guerra comercial que encarece el costo de vida plantea una pregunta que hace apenas unos años parecía impensable: ¿hasta cuándo podrá la mayor economía del mundo sostener este equilibrio?
A fines de julio de 2026 la deuda federal ronda el equivalente al 123 % de su Producto Interno Bruto. De ese total, unos 32 billones corresponden a deuda en manos del público. Se trata del nivel más alto desde el pico de la Segunda Guerra Mundial (106 % en 1946) y el segundo más elevado de toda la historia estadounidense, solo superado por el momento más álgido de la pandemia de COVID.


El déficit acumulado en los primeros nueve meses del año fiscal 2026 ya supera los 1,4 billones y todo indica que cerrará el ejercicio cerca de los 1,9 billones, confirmando que el desequilibrio pasó a convertirse en un rasgo estructural de las finanzas estadounidenses.
El problema ya no es únicamente cuánto debe Washington, sino cuánto cuesta sostener esa deuda. En los primeros nueve meses del año fiscal el gobierno desembolsó U$S 857.000 millones solo en intereses, unos 24.000 millones por semana. Casi dos portaviones nucleares clase Gerald Ford cada diez días.
En 2026 los servicios de deuda ya representan alrededor del 15 al 16 % del gasto federal total y superan con claridad el presupuesto de defensa. Al finalizar este año, esa cifra rozará el billón anual, convirtiéndose en el segundo mayor gasto del presupuesto federal, solo detrás de la Seguridad Social y, en distintos momentos, por encima del presupuesto de defensa o del programa Medicare. En términos prácticos, equivale a unos 737 dólares mensuales por cada uno de los aproximadamente 129 millones de hogares estadounidenses.


La situación tiende a agravarse porque el gasto público continúa creciendo por varios factores al mismo tiempo: el envejecimiento de la población incrementa automáticamente las partidas destinadas a Seguridad Social y Medicare, mientras la competencia estratégica con China, la protección de las rutas marítimas en Oriente Medio y la modernización del arsenal estadounidense obligan a aumentar de forma sostenida el presupuesto de defensa. La idea de Trump de elevar en 2027 el gasto militar a 1,5 billones para financiar megaproyectos como el sistema de defensa Golden Dome o el Acorazado de Nueva Generación, agravan el problema.
A diferencia de otros períodos históricos, ese gasto difícilmente disminuya en el corto plazo. De momento, los EEUU enfrentan simultáneamente varios escenarios estratégicos que demandan grandes costos y ninguno parece encaminado a resolverse.
Cada nuevo dólar destinado a intereses o defensa reduce el margen para invertir en infraestructura, educación, investigación o reducción de impuestos, y obliga al Tesoro a emitir más bonos que ya no financia crecimiento, sino el costo de la deuda acumulada.


Mientras tanto, el deterioro también comienza a sentirse fuera de Washington. Según la Reserva Federal de Nueva York, la deuda de los hogares alcanzó un récord de 18,79 billones de dólares. Más de 13 billones corresponden a hipotecas, pero también continúan creciendo los préstamos para automóviles, las tarjetas de crédito y los créditos estudiantiles.
La ratio de servicio de la deuda de los hogares se mantiene en torno al 11,2 % de la renta disponible, un nivel todavía manejable pero claramente superior al de los años previos a la pandemia.
El dato más preocupante no es el volumen sino la calidad de esa deuda. La morosidad aumenta de forma constante, especialmente en los préstamos estudiantiles, donde los incumplimientos superiores a 90 días ya superan el 10 %, mientras también crecen los atrasos en tarjetas y créditos para automóviles. Con una tasa de ahorro inferior al 3 %, millones de familias disponen de un margen financiero mucho menor que el existente antes de la pandemia.


La guerra comercial impulsada por Washington añade más presión y ahora Trump quiere reiniciar la batalla arancelaria. Los aranceles ya elevaron el costo de las importaciones hasta niveles cercanos al 10-12 %, los más altos en varias décadas. Aunque incrementan la recaudación fiscal, distintos estudios estiman que entre el 76 % y el 94 % de ese costo termina trasladándose al precio que pagan los consumidores y empresas estadounidenses. En promedio, cada hogar pierde entre 550 y 1.100 dólares anuales de poder adquisitivo, precisamente cuando el crédito resulta más caro y la carga financiera continúa aumentando.
En cualquier otra economía desarrollada semejante combinación probablemente habría provocado una crisis de confianza. Sin embargo, EEUU continúa financiando déficits cercanos a los dos billones de dólares anuales sin grandes dificultades. La explicación no se encuentra únicamente en el papel internacional del dólar. Existe un nuevo factor que está modificando los flujos mundiales de capital y que, por ahora, permite sostener un equilibrio que hace apenas una década parecía imposible: la revolución de la inteligencia artificial.


La respuesta está en Wall Street más que en Washington. Mientras el Tesoro emite deuda a un ritmo superior a los 7.000 millones de dólares diarios, la revolución de la inteligencia artificial está atrayendo hacia Estados Unidos una cantidad de capital que ninguna otra economía puede igualar. Los grandes fondos internacionales, fondos soberanos, bancos centrales e inversores privados siguen considerando que las empresas estadounidenses dominarán la próxima revolución tecnológica y concentran allí una parte creciente de sus inversiones.
Ese flujo de capital cumple una doble función. Por un lado, eleva la cotización de las grandes compañías tecnológicas y mantiene al mercado bursátil estadounidense como el principal destino del ahorro mundial. Por el otro, fortalece al dólar y sostiene la demanda por los bonos del Tesoro, facilitando que Washington continúe financiando déficits desmesurados sin enfrentar una crisis de confianza.


La paradoja es evidente. La economía estadounidense presenta fundamentos fiscales cada vez más débiles, pero al mismo tiempo concentra los activos que el mercado considera más valiosos para el futuro. Mientras el resto del mundo apueste a que la IA multiplicará la productividad y las ganancias de las grandes tecnológicas, EEUU conservará su capacidad excepcional para atraer capital incluso cuando su deuda alcanza niveles récord.
Como dato: las siete mayores compañías tecnológicas (las “Magnificent 7”) concentran más de U$S 15 billones de capitalización bursátil, una magnitud superior al PIB de Japón y Alemania juntos.
Esa misma revolución tecnológica que hoy sostiene la confianza de los mercados también concentra riesgos que no pueden pasarse por alto. Los organismos internacionales han advertido que el actual auge de inversión en inteligencia artificial —con más de un billón de dólares comprometidos por las grandes empresas tecnológicas estadounidenses solo entre 2025 y 2026— presenta paralelos con burbujas históricas, impulsado por un ritmo de gasto que supera los flujos de caja de las compañías y se apalanca cada vez más en endeudamiento. A ello se suman vulnerabilidades concretas: el creciente costo energético de los centros de datos, que ya genera cuellos de botella en las redes eléctricas y encarece la operación, y la competencia de modelos chinos gratuitos o de muy bajo costo, que están comprimiendo márgenes y forzando a las empresas estadounidenses a justificar inversiones millonarias frente a alternativas mucho más baratas. Una decepción en los retornos o una aceleración de esa competencia podría provocar una corrección que debilitaría simultáneamente a los mercados bursátiles de Estados Unidos y a la capacidad del país para seguir atrayendo el ahorro mundial que hoy financia sus déficits.
Y luego está el circuito endogámico de dinero. Los grandes proveedores de infraestructura para IA financian parte de la expansión de sus propios clientes mediante créditos, inversiones o acuerdos comerciales, mientras esos clientes sostienen la demanda de nuevos equipos y centros de datos. Ese circuito contribuye a mantener elevadas las expectativas del mercado, aunque también incrementa la dependencia del sector respecto de un flujo permanente de inversión.


Por lo tanto, la fortaleza actual de EEUU también encierra un riesgo. Nunca una parte tan importante del ahorro mundial había dependido del desempeño de un grupo tan reducido de compañías. Si las expectativas sobre la IA se moderaran, si aparecieran competidores capaces de disputar ese liderazgo o simplemente si las valuaciones dejaran de justificarse por los resultados, una corrección bursátil podría provocar una salida simultánea de capitales, debilitando el dólar y elevando el costo de financiamiento del Tesoro. El principal sostén de la deuda estadounidense podría convertirse, al mismo tiempo, en su mayor vulnerabilidad.
A ello se suma otro cambio menos visible. Durante años, una parte importante de la deuda federal fue absorbida por la propia Reserva Federal y por bancos centrales extranjeros. Hoy ese escenario comenzó a modificarse. La Fed redujo sus tenencias tras el ciclo de endurecimiento monetario y varios bancos centrales disminuyeron gradualmente su exposición a los bonos del Tesoro estadounidense. Los inversores extranjeros todavía mantienen cerca de 9,4 billones de dólares en esos papeles, liderados por Japón (aproximadamente 1,14 billones) y el Reino Unido, mientras China fue reduciendo gradualmente su tenencia.


La coyuntura obliga a depender cada vez más de inversores privados, que solo seguirán financiando déficits si obtienen rendimientos razonables y por encima de la depreciación del dólar consecuente con la inflación en los EEUU. Esto es, atentos a un aumento en ese índice del 2,4% anual a un pico de 4,2% en mayo y una cifra del 3,5% en junio que sigue presionando hacia arriba a la tasa de referencia. Mas aun porque el petróleo y otras materias primas siguen al alza. Y la nueva guerra arancelaria, tampoco ayuda.
Ese proceso aumenta la presión sobre la Fed. Cada punto porcentual adicional en las tasas de interés representa decenas de miles de millones de dólares más en pagos para el Tesoro. De allí las crecientes presiones políticas para acelerar una baja de tasas. Pero el efecto de esa decisión puede ser exactamente el contrario: si los mercados perciben que la Fed pierde independencia para facilitar el financiamiento del Gobierno, exigirán mayores rendimientos para comprar deuda estadounidense, encareciendo todavía más el costo de ese pasivo.
China observa esta evolución con una lógica completamente distinta. Pekín no intenta desplazar al dólar de manera inmediata, sino aprovechar el desgaste financiero de su principal competidor. Mientras Washington destina una proporción creciente de sus recursos al pago de intereses, al gasto militar y al sostenimiento de una presencia global cada vez más costosa, China concentra inversiones en industria avanzada, inteligencia artificial, infraestructura, energía y minerales estratégicos. Paralelamente reduce de a poco su exposición a los bonos del Fed, cierra acuerdos comerciales en yuanes y amplía su utilización internacional sin provocar una confrontación directa con el sistema financiero dominado por el dólar.


En la práctica, ambas potencias están financiando su liderazgo de formas opuestas. Estados Unidos depende de la capacidad de sus mercados para atraer el ahorro privado mundial, mientras China moviliza el ahorro interno mediante bancos estatales y planificación industrial. Washington apuesta a que la innovación sostendrá el ingreso permanente de capitales. Pekín a que el creciente peso de la deuda y del gasto militar terminará reduciendo el margen estratégico estadounidense. Esa competencia ya no se libra solamente en el terreno tecnológico o comercial; también enfrenta dos modelos diferentes de financiar el poder económico.
La gran incógnita es cuánto tiempo podrá sostenerse el equilibrio en EEUU. Mientras su economía continúe liderando en la innovación tecnológica y atrayendo el ahorro mundial, el déficit podrá seguir financiándose sin grandes sobresaltos. Pero si alguno de esos pilares comienza a debilitarse, los efectos pueden propagarse con una rapidez inédita.


El primer riesgo es financiero. Una desaceleración de la inteligencia artificial, una corrección profunda en las grandes tecnológicas o una pérdida de confianza en la independencia de la Reserva Federal reducirían el ingreso de capitales hacia Estados Unidos. El Tesoro tendría entonces que ofrecer mayores rendimientos para colocar una deuda que ya crece a un ritmo superior a los U$S 7.000 millones diarios. Tasas más altas significarían intereses todavía mayores para el Estado, hipotecas más caras, más presión sobre empresas y consumidores y un nuevo aumento de la morosidad.
El segundo riesgo es económico. El endeudamiento público comienza a competir con el sector privado por el ahorro disponible. A medida que el Tesoro absorbe una porción mayor del mercado de capitales, empresas y familias enfrentan un crédito más caro y escaso. Ese fenómeno puede terminar reduciendo la inversión, el consumo y la productividad precisamente cuando Estados Unidos necesita enormes recursos para mantener su liderazgo en inteligencia artificial, infraestructura energética, semiconductores y defensa.


El tercer riesgo es geopolítico. La competencia con China, la guerra en Ucrania y la inestabilidad en Oriente Medio no parecen conflictos transitorios. Por el contrario, apuntan a una década de elevado gasto militar. Si Washington debe sostener simultáneamente su liderazgo tecnológico, la competencia estratégica con Pekín, el respaldo a sus aliados y el creciente costo de la deuda, el déficit dejará de responder al ciclo económico para convertirse definitivamente en un problema estructural.
Las consecuencias no se limitarían a Estados Unidos. Los bonos del Tesoro constituyen la referencia para buena parte del sistema financiero internacional. Si sus rendimientos continúan aumentando, también se encarecerá el financiamiento de gobiernos y empresas en todo el mundo. Los primeros afectados serían los mercados emergentes, que deberían ofrecer tasas aún mayores para refinanciar su deuda, reduciendo inversiones, crecimiento y empleo. El crédito internacional se volvería más selectivo, los proyectos de infraestructura perderían financiamiento y aumentaría la presión sobre las monedas más débiles.
Europa tampoco quedaría al margen. Sus gobiernos necesitan emitir grandes volúmenes de deuda para financiar el incremento del gasto en defensa, la transición energética y la modernización industrial. Un escenario de tasas más altas dificultaría ese proceso y reduciría aún más el crecimiento de economías que ya muestran señales de estancamiento.


China afrontaría un escenario más complejo. Por un lado, una economía estadounidense más débil podría facilitar su objetivo estratégico de reducir la influencia global de Washington. Pero, al mismo tiempo, Estados Unidos continúa siendo uno de los principales mercados para las exportaciones chinas y un pilar fundamental del sistema financiero internacional. Una crisis de deuda estadounidense provocaría una desaceleración del comercio mundial, afectaría la demanda externa y pondría bajo presión a las propias reservas internacionales de Pekín, que aún conservan una importante exposición a activos denominados en dólares. Para China, el desafío consiste en administrar un debilitamiento gradual de su rival sin desencadenar una crisis que también terminaría golpeando su propia economía.
El impacto alcanzaría igualmente a los mercados energéticos y de materias primas ya golpeados por las crisis sucesivas del COVID, Ucrania y Medio Oriente. Y puede haber un cisne negro en el fenómeno meteorológico del “Niño” que podría trastocar muchos planes económicos al mismo tiempo por la escasez o encarecimiento de la producción de materias primas y los costos de catástrofes asociadas con los extremos climáticos. EEUU es el resto de la ecuación.


Un dólar más volátil, un menor crecimiento mundial y un crédito más caro afectarían la demanda de petróleo, gas, minerales industriales y productos agrícolas. Los países exportadores enfrentarían menores ingresos fiscales, mientras que los importadores deberían convivir con una mayor incertidumbre cambiaria y financiera. Incluso sectores que hoy impulsan el crecimiento, como los centros de datos, la transición energética o la producción de minerales críticos, podrían ver restringido su financiamiento si el costo global del capital continúa aumentando.
Paradójicamente, el principal desafío para Estados Unidos no proviene de una recesión inmediata sino del éxito de su propio modelo. La revolución de la IA continúa atrayendo inversiones suficientes para compensar un deterioro fiscal que, en cualquier otra economía, ya habría provocado una crisis de confianza. Esa fortaleza, sin embargo, también posterga las reformas necesarias. Mientras el mercado siga dispuesto a financiar déficits crecientes, habrá pocos incentivos políticos para reducir el gasto o corregir el creciente desequilibrio entre ingresos y egresos del Estado.


La historia económica demuestra que las grandes crisis rara vez comienzan cuando todos los indicadores son negativos. Generalmente aparecen cuando un sistema aparentemente sólido pierde el factor que sostenía la confianza. Hoy ese factor es la extraordinaria capacidad de Estados Unidos para atraer capitales, al predominio del dólar y a la madurez de sus mercados financieros. Si alguno de esos pilares comenzara a erosionarse, el ajuste podría darse de manera traumática.
Ningún otro país reúne simultáneamente el liderazgo tecnológico, la capacidad de atraer inversiones, la profundidad de sus mercados y el privilegio de emitir la principal moneda de reserva internacional como EEUU. Pero esa posición excepcional ya no alcanza para ocultar un cambio de tendencia. La deuda pública se aproxima a los 40 billones de dólares, los intereses consumirán pronto un billón anual, las familias enfrentan niveles récord de endeudamiento y morosidad, el gasto militar continúa expandiéndose y la guerra comercial añade nuevos costos a consumidores y empresas.


La paradoja es que la misma IA que sostiene buena parte de la fortaleza financiera estadounidense también está retrasando el ajuste de sus desequilibrios estructurales. Mientras continúe atrayendo el ahorro mundial, Washington probablemente podrá seguir financiando déficits históricos. Pero si ese flujo comenzara a desacelerarse a causa de factores exógenos, como por ejemplo por un recorte de ingresos de los países de Medio Oriente que financian en parte del desarrollo de la IA como consecuencia de la caída de sus ingresos por el cierre prolongado de Ormuz, la deuda dejaría de ser un problema exclusivamente fiscal para convertirse en el principal factor de inestabilidad de la economía internacional.
El desafío ya no consiste únicamente en cuánto puede endeudarse Estados Unidos, sino en cuánto tiempo podrá seguir haciéndolo sin poner en riesgo el sistema que le dio el liderazgo durante los últimos ochenta años. Durante décadas Estados Unidos exportó dólares. Hoy exporta deuda e importa capital.
Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, la principal amenaza para la estabilidad financiera internacional no proviene de una economía emergente ni de una burbuja inmobiliaria, sino del delicado equilibrio entre la deuda de la mayor potencia económica del planeta y la capacidad de su revolución tecnológica para seguir atrayendo el ahorro mundial.
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Nacho Montes de Oca (@nachomdeo)

Cortesía de Fernando Broncano

Sobre Fernando Broncano 44 artículos
Profesor de humanidades (cultura y tecnología) en Universidad Carlos III de Madrid Estudió en Universidad de Salamanca Filosofía.

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