Ya están aquí otra vez estas “fechas tan entrañables”. Cada año llegan antes y es que el capital no puede permitir que paremos de consumir ni un segundo.
Este año escuche a alguien decir “El que no crea, que no las celebre”. Si bien es cierto que se refería a la celebración del nacimiento del Mesías cristiano, voy a ponerlo en duda por un momento y voy a hablar de una de mis creencias más fervientes: “La Sagrada Familia del pajarito” de Bartolomé Esteban Murillo, donde podemos observar al cumpleañero, a su madre y a su “padre” en una escena que sí que es verdaderamente entrañable.
¿Qué tiene esta obra de 1650 para despertar tal devoción en mí?
En primer lugar la cotidianidad de la escena pues parece como si, atravesada una de las puertas del Ministerio del Tiempo, estuviéramos asomados por la ventana de cualquier casa sevillana del siglo XVII. Este tipo de representaciones son poco frecuentes: Jesús (un querubín precioso) sostiene un pájaro en su mano derecha ante la atenta mirada de un perrete, José (un mozuco bien majo, por qué no decirlo) observa y participa tiernamente del juego, mientras María (en segundo plano y con cierto toque divino) detiene sus labores de hilandera para mirar la escena. La amenaza protestante y, como respuesta, la maquinaria de la Contrarreforma está en el origen de este giro iconográfico, pues la iglesia católica necesita aproximar lo divino a las clases populares para no perder fieles.
En segundo lugar, la calidez de su paleta de colores con esa variedad de marrones y grises. Parece todo un paisaje otoñal que apacigua el alma. Y todo ello inserto en ese estilo tenebrista tan del Barroco, tan de Caravaggio (imposible no caer en su influencia). Solo la diagonal entre el perro y el cuerpo del pequeño Jesús ilumina la escena. No olvidemos que estamos ante un cuadro de temática religiosa.
Y por último, el manto que cubre las piernas de José. No puedo explicar la manera en la que capta mi atención ese ocre, esos pliegues, la forma en la que reposa sobre el banco de madera que también sostiene la imponente figura del carpintero más famoso de la historia. Por ese manto pago un billete de tren a Madrid y corro por los pasillos del Museo del Prado preguntando a los guías donde han ubicado el cuadro esta vez (ya lo he visto en dos lugares distintos de la galería). En resumen: por ese manto, mato.
Así pues creamos en todo aquello que nos mueva y celebrémoslo. Cree a tu manera.
Celebra a tu manera. Baja el volumen del ruido exterior, del obsceno consumismo y recuerda que la grandeza se encuentra en las cosas sencillas: en el precioso canto de un pajarillo, en un perrete juguetón, en la cálida mirada de un padre, en los rizos dorados de un infante y en el hogar que representa la presencia de una madre.
Feliz celebración sea cual sea la tuya.
Noemí Gómez Pereda.

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