Mayte Commodore

 

 

María Teresa del Carmen Aguado Castillo nace un nueve de junio. El año es difícil de precisar, durante la investigación que precede al escrito he constado por lo menos tres fechas, 1929, 1931 y 1934, esta última es la sostiene Wikipedia…quédense con la que les parezca porque no he conseguido averiguar la real. Es hija de una pareja prolífica, la única chica entre catorce hermanos de una familia modesta. Los padres tienen una fonda cercana al puerto santanderino, vienen de una larga saga de hosteleros y es el medio de vida de la familia. Los años de postguerra son duros y la necesidad acucia muchas veces a la prole. La madre, Teresa, cocina bien y sencillo con lo que hay para gente portuaria y trabajadora de todo tipo que recalan en la fonda.

Mayte, años después, no recordaba la guerra pero sí el incendio santanderino de 1941, del que le quedó la secuela del miedo a los vendavales que agitaron la noche de febrero cuando la ciudad ardió al completo. También contaba de adulta que en una ocasión le preguntó a su padre cómo era posible, si habían ganado la guerra según decían,  que se arruinaran “¿de haber perdido qué nos hubiera pasado?  ¿nos hubieran matado a todos?” El bofetón  paterno cerró las preguntas de la entonces niña, contaba divertida. No eran tiempos fáciles para nadie en la dura postguerra y en casa de los Aguado como en casi todas, había necesidad.

Tanto que, siendo niña, la dejaban subir a los barcos, donde obtenía regalos variados de la cordial tripulación: esmalte de uñas, pañuelitos…cosas sin mayor importancia que cualquier niña hubiera guardado como tesoro. No la pequeña Mayte, que ya  por entonces descollaba con dotes fenicias. Mayte, escondía los regalos entre su ropa para que los carabineros no detectaran nada, luego los vendía a clientas de la fonda.

Cuando los guardias la veían bajar del barco, la preguntaban divertidos.

-Qué andas haciendo Maituca.

-Estraperleando, señor guardia- respondía pizpireta provocando la risa incrédula de los pendencieros de verde.

Y era verdad, reía Mayte, contándolo años después. “No me creían porque era muy chica pero  subía para hacer eso, estraperlo. Lo vendía y sacaba algunas pesetas

Mayte  había nacido entre los fogones de la fonda familiar. Teresa, su madre, estuvo cacharreando hasta la misma hora del parto. Cuando subió a la casa ya salía la pequeña con prisa hacia la vida. Se crio entre cacerolas, humos de cocido montañés y cuando había con qué llenar el puchero, Teresa, salteaba unas costillas con patatas que luego subirían a los cielos del buen yantar madrileño. Pero no adelantemos.

La hostelería era el mundo conocido para la niña, se alimentó con el trasiego de platos, y el ruido del chapoteo de conversaciones alrededor de un café con sol y sombra, pero quería formarse porque desde muy pequeña su talento se ahogaba en una pequeña y provinciana ciudad como Santander. Pensaba en la capital, en triunfar, en hacerse grande en Madrid. Para ello necesitaba formarse con los mejores. Sin saber  de dónde sacaron el dinero, sus padres la enviaron a un internado suizo, en Lausana,  que enseñaba  hostelería de elite. Allí la joven lo pasó mal. Mayte, acostumbrada a la tribu familiar, a los cuidados maternos/paterno,   se encontró con el desprecio de las compañeras. “Ser española entonces era ser basura, todas me miraban mal, nunca me sentí tan sola como en aquel colegio. Llegaron a escupirme” confesaría en una entrevista a Pablo Lizcano en RTVE. Aun así, aguantó, consciente del sacrificio que la familia hacía por ella. Además, las ganas de aprender para triunfar solapaban los desprecios.

Mayte Aguado, tenía claro que  no era del motón. Nunca jugó con muñecas, ni a rayuela. Los juegos de las niñas le parecían aburridos, lo suyo era saltar y subir arboles con los hermanos y los amigos del barrio. Odiaba ponerse zapatitos de niña, prefería calzado de cordones como llevaban sus hermanos porque le permitían correr y saltar. La escueta sociedad de la época era estricta con las mujeres, su fin era el matrimonio y los hijos. Mayte Aguado quería un hijo, pero el matrimonio le parecía anticuado y sus costuras no estaban hechas para sujetar a un talento como el suyo.

A su regreso de Lausana, acabados los estudios, se queda en Madrid. No quiere regresar a la escueta ciudad en donde nació. Se le ha quedado pequeña mucho antes. En la capital consigue trabajo en una prestigiosa cadena de hostelería, donde los dos primeros meses gana seiscientas pesetas; al tercer mes, en el sobre de la paga, encuentra mil cuatrocientas pesetas…de los primeros años cincuenta. Un sueldo de ministro para una joven de veinte años que trabaja como una leona y tiene el talento de una genio en el trato al cliente y en los fogones.

Mayte, además de buena cocinera y hostelera, ama la cultura, de la que se declara oyente, “escuchante” confiesa.

Cumplió muy joven el deseo de ser madre. Tuvo a su hijo Luis, apenas con veinte años, trabajando en la cadena  hostelera de lujo, donde era cocinera, maître, ayudante, contable… Llegó a trabajar dieciocho horas seguidas, sin libranzas, ni vacaciones. Como le pasara a Teresa, su madre, Mayte,  casi da a luz entre pucheros. Nadie había notado el embarazo, tuvo a su pequeño, y siguió trabajando. No se casó ni jamás reveló el nombre del padre de su pequeño.

Mayte tiene claro que ella no ha recalado en Madrid para ser empleada, por mucho dinero que gane. Tiene sueños y el siete de mayo de 1954, abre una taberna en la calle General Mola,Hostal Mayte” la llama. Está en las afueras de Madrid, no es un barrio concurrido;  la gracia está en que cerca de su tasca estaban los estudios Bronston, y Sevilla Films, en donde el precario cine español estaba levantando el vuelo. Van llegando estrellas internacionales a grabar en los estudios vecinos, que no tienen otro sitio donde comer más que en la taberna de Mayte.

Da comienzo al despegue forjándose el mito de Mayte Aguado como mujer carismática,  que recibe en su restaurante como si fuera una madre complaciente . Charlon Heston, Ava Gardner, Raquel Welch, Esther Williams (que le solicita la receta de su costilla con patatas para hacérsela a su marido Fernando Lamas) Sofia Loren, Ernest Hemingway (sin copas era amable, contaba)  y tantos más, son clientes de su taberna que propagan su fama.  Mima a los clientes, los atiende con cariño y ellos le devuelven el afecto.  Se decía que en el restaurante de Mayte jamás se subían las sillas a las mesas para expulsar al cliente pesado. Nunca es tarde para ellos, lo importante es que se estuvieran cómodos. Como en casa.

Hubo broncas descomunales, como la de Suarez con Fraga debido a la legalización del PCE. Borracheras infames, como las de Hemingway, que tenía mala bebida. Amores o lo que fuera que se fraguaron entre el filete al whisky o las patatas rellenas de caviar. John Travolta, perplejo y asqueado ante un plato de angulas, que al probarlas se pidió tres (platos) Cenas pantagruélicas de Orson Welles. Conspiraciones del general Perón que siempre iba acompañado del inseparable y siniestro López Rega. También era sitio común de la izquierda, frecuentado por la plana mayor del PSOE y Carrillo con frecuencia.

https://www.larazon.es/gente/20210704/ymjbrmiurvg45irabu3246fgpq.html

Su taberna se queda pequeña, el éxito ha sido fulgurante por lo que, pidiendo créditos, entrampándose todo lo posible, en 1967 abre Mayte Commodore. Es en este nuevo lugar donde ensayó los imaginativos cambios que introduce pasmando a la clientela madrileña con la modernidad. Su restaurante, tiene  diversos ambientes, salas cerradas que permiten realizar bodas y eventos multitudinarios. La luz es indirecta, potenciando la intimidad, hay flores en las mesas y moqueta en el suelo, reflejando el lujo exquisito que lo diferencia del resto.

Nadie concibe en la España, que empieza a modernizarse a trompicones, semejantes dispendios, por lo que al principio el nuevo local es un fracaso. No va nadie. La gente se asoma a la puerta, ve las mesas puestas pero vacías y marcha a otro sitio. Mayte se desespera; les dice a los miembros del equipo que manchen las mesas, rellenen los vasos hasta la mitad, desmiguen pan, simulando un foro inexistente, como forma desesperada  de atraer clientela. Contaba, entre seria y sorna, que la visitó un cura milagrero que comió con otros menos dotados que él para los hechizo, asegurándola que pediría a la Virgen que se la llenara el local. Como ocurrió esa misma noche,  así que Mayte pensó que algo le debía a la Madre de Dios, porque  tal  que como ocurría con toda la fanfarria política y mundana del momento, se implicaba en su éxito.

En el Mayte Commodore, se reunieron en una comida,  un grupo de políticos de la dictadura, entre ellos Girón de Velasco, con el entonces príncipe Juan Carlos Borbón, a negociar la ley de Sucesión al Estado, donde quedó fijado que sería él, el bisoño príncipe, quien sucedería a Franco. Poco después el Borbón juró los Principios del Movimiento y todo quedó atado y bien atado. La corona española, se coció en los manteles del Mayte, por tanto. En sus mesas comieron Che Guevara (el hombre que más se parecía a Jesucristo, dijo Mayte de él) Juan Domingo Perón, que labró una larga y cariñosa amistad con la hostelera, Carrillo, Felipe González cuando dejaba el “Isidoro” aparcado, y todos los grandes protagonistas del mundo de la política, cultura y sociedad de la época. Tanto es así que Manuel Fraga celebró la boda de su hijo en los salones del Commodore.

En dicho espacio, los salones del Mayte Commodore, se trazó mucha de la historia de España de los últimos años de la dictadura, y la Transición. Ella fue hermética con su ideología, “creía en las personas, odiaba la traición”, siendo discreta  con lo que escuchaba y veía,  tratando a todos por igual. Si las paredes y los manteles de ese lugar hablaran seguro que aprendíamos mucho de cómo era el país y la sociedad de su época.

A pesar del éxito no olvidaba el amor a la cultura. Creó un premio literario que ganó prestigio internacional puesto que  recibir el Premio Mayte de Teatro, consagraba por la resonancia mediática conseguida. Fernando Fernán Gómez, Sacristán y tantos otros lo recibieron, además de forjar amistad inquebrantable con ella.

También creo un premio taurino a la mejor faena de San Isidro. Y por su local desfilaron todos los matadores de la época junto a las cuadrillas, dando lustre taurino al lugar. Ella, se declaraba aficionada pero apenas podía asistir al coso porque los horarios hosteleros no permitían dislates.

Se la veía, sin embargo, en presentaciones de libros, conferencias, exposiciones. Siempre de “oyente” aprendiendo y alimentando su alma con la cultura y la lectura, incluso pintaba en sus pocas horas libres. Era una mujer que imponía, no por su físico, que era pequeña y de aspecto normal, sino por la autoridad que emanaba. Le gustaba mandar, ejercía el poder sin importarle demasiado las conveniencias sociales de la época. Alguna vez contó lo duro, lo extremadamente difícil que fue ser empresaria de éxito, hostelera, en un mundo de hombres y comenzando tan joven. Lo contaba, como de soslayo, sin dar mayor importancia a percances sufridos porque pensaba que la gente no quiere oír penas ni problemas ajenos.

Además,  el orgullo cántabro le impedía asumir la fragilidad y las dificultades titánicas que suponía en una sociedad como la de entonces, con leyes discriminatorias, donde no se podía abrir una cuenta bancaria, ni sacar pasaporte sin permiso paterno o marital. Mayte, hizo de su capa un sayo en todo momento pagando un alto precio por ello. Algo debió guardar, dentro de su hermetismo, porque a veces se le torcía el gesto e imponía el respeto que entendía le debían de forma directa. Siendo madre soltera, empresaria de éxito,  estando  sola y joven viviendo en el Madrid de los años cincuenta, no dudamos de que Mayte  Aguado debía estar fundida en pasta especial.

Siempre afirmó que el matrimonio estaba anticuado y no era para ella;  algo debió cambiar porque Mayte, en pleno éxito profesional, contando cuarenta y nueve años, en 1983 se casó con Manuel Grandes, siendo padrino de la boda, su hijo Luis.

Hasta el final de su vida, trabajó de sol a sol, cuidando a sus clientes/as como a familia, amalgamando la historia de nuestro país…y de otros, puesto que también era visitada por poderosos de otras latitudes que al recalar en Madrid, buscaban su restaurante. Sirviendo platos de su invención como el pato con frambuesa, pero no olvidando ni las lentejas ni las patatas con costilla, que la prolífica Teresa, allá en los albores de su vida, cocinaba para trabajadores del puerto santanderino.

Mayte Aguado, muere el veintisiete de noviembre de 1990, cuando el país trotaba hacia otras historias que ya no se cocerían entre sus fogones. Su hijo Luis, se trasladó a Santander, donde creó durante un tiempo, La Atalaya de Mayte, frente al Sardinero.

María Toca Cañedo

https://www.rtve.es/play/videos/autorretrato/autorretrato-mayte/4682259/

https://www.elmundo.es/loc/2016/08/06/57a205a622601d69268b4605.html

Sobre Maria Toca 1896 artículos
Escritora. I Premio de Novela Ateneo de Onda 2016. II Premio Concurso Literario de Relatos del Bajo Cinca, 2015. I Premio de Relato Guadix 2020 Finalista de varios... Hasta el momento, tres novelas publicadas: Son celosos los dioses, Prototipos, El viaje a los cien universos. Poemario: Contingencias. Numerosas participaciones en libros de relatos corales. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina

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