La supuesta polarización de la que tanto se habla comenzó en 2008, cuando la crisis de Lehman Brothers puso de manifiesto que las democracias occidentales solo eran entramados controlados por el poder económico. En España, Podemos sacó a la luz que el poder real se hallaba en manos de los bancos, los fondos de inversión, las agencias de calificación, las compañías de petróleo, gas y electricidad, la industria farmacéutica y las grandes empresas de comunicación y tecnología.
Las elites se sintieron amenazadas. Una izquierda que rescataba las lecciones de Marx, Gramsci y la Escuela de Frankfurt señalaba que el rey estaba desnudo, que la democracia solo era un teatro que preservaba un orden social injusto, fuente de toda clase de agravios, abusos e iniquidades. La democracia que conocemos es un sistema que controla el poder judicial, la prensa y las Fuerzas de Seguridad, frustrando una y otra vez los anhelos de los más desfavorecidos. No importa demasiado quién gobierne. Las desigualdades no desaparecen y los privilegios no se tambalean.
Este discurso alarmó al poder económico hasta el extremo de poner en circulación una ola reaccionaria concebida para desacreditar y cancelar a las voces disidentes. El acoso que sufrió Podemos solo es uno de los ejemplos más notables de esta estrategia. Gracias a la manipulación mediática, las voces más críticas fueron silenciadas y desarmadas. Al mismo tiempo, se alimentó un discurso de odio que responsabilizaba de todos los problemas sociales y económicos a los inmigrantes, las feministas, los intelectuales, los animalistas y la comunidad LGTBI. La sociedad perdió el espíritu crítico surgido de una indignación global y se alineó con las tesis de la ultraderecha. El “vivan las cadenas” se transformó en un fenómeno planetario.
Ante este panorama, solo cabe resistir, movilizarse, promover la unidad de las fuerzas progresistas. Previsiblemente, la represión continuará, pero se disfrazará de defensa de la libertad. Ojalá la sociedad despierte y recupere la rebeldía que inspiró brotes de resistencia tan esperanzadores como la revuelta zapatista.
Rafael Narbona Monteoliva.

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