No puedes pedir a personas con partes muy evitativas, confusas o negligentes que reparen una herida que no crearon.
Y aun así, muchas veces lo hacemos. Con amigas, amigos, parejas, familiares o gente que forma parte de nuestro mundo afectivo y se relaciona con poca sintonía y registro emocional.
Con esta edad que una va teniendo (y los demás notan mucho más que la cara que tú ves frente al espejo) ya sé que muchas veces buscamos en lugares desérticos.
En quienes nunca se posicionan, en quienes no expresan ni sí ni no, en quienes ni siquiera pueden reconocer lo evidente, un apoyo, un tienes razón, una devolución que avale que estamos siendo claras, que estamos pidiendo algo básico.
«Oye, eso es tremendo; no es justo». «Te escucho y me llega lo que dices«.
Esta petición al vacío no ocurre porque seamos ingenuas, sino porque cargamos el residuo de una socialización que nos enseñó a exponernos para conseguir migajas de claridad, de validación o de cuidado.
A insistir.
A justificarnos.
A intentar que personas que no sostienen a nadie (ni a sí mismas) sostengan algo nuestro.
A veces lo llamamos “esperanza”, pero muchas veces es un patrón aprendido:
insistir en lugares donde nunca hay espacio para nosotras.
Y no es solo «trauma vincular»; es estructura.
Es la normalización de vínculos donde la responsabilidad afectiva brilla por su ausencia, donde la ambigüedad se convierte en forma de poder y donde la falta de posicionamiento se camufla como neutralidad.
«Yo soy amigo de todo el mundo»
«Un saludo no se le niega a nadie»
«Siento que te sientas así, pero».
Hay sitios oxidados a los que si no llamas tú, sólo vuelve el eco.
La reparación no está en conseguir que alguien cambie su forma de relacionarse.
La reparación está en reconocer la dinámica, dejar de autoexponernos en paisajes que no te acogen y elegir relaciones donde haya presencia, claridad y compromiso real.
Una relación, al menos.
Una, al menos, de ida y vuelta.
Al observar dónde colocamos lo más tierno y vulnerable nuestro, no hablamos de sentimentalismo o de lirismo barato; es una práctica política de autocuidado y de justicia afectiva: no seguir invirtiendo en vínculos que solo existen si eres tú quien hace todo el trabajo emocional.
Quien, entre adultos y adultas solventes, siempre da de más.
Propone de más.
Entrega de más.
Llama de más.
Quien parece necesitar más.
Mucho más.
A través de este texto no te invito a la soledad y a la exclusión propia, te invito a no invertir en una balanza desajustada.
A volver al centro.
Ese lugar donde no te quedas esperando, sentada, a que vuelva el equilibrio.
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso.

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