He llorado más veces de las que tenía que haber gritado fuerte.
Llevo toda la vida atrapada en la jaula invisible de la indefensión aprendida. Crecí sin defenderme, esquivando los conflictos como si fueran rayos que pudieran partirme en dos.
He llorado de más en vez de gritar con todas mis fuerzas, he suplicado buen trato a más de un perverso, he intentado dialogar con la calma de la comunicación no violenta incluso frente a quien me espetaba un “cómeme los huevos” sin pestañear. He tratado de argumentar lo inargumentable: “yo no te he tratado así”, “no entiendo eso; respétame».
Como si la lógica pudiera abrir un corazón sellado por el desprecio.
He tragado silencios hostiles enfrente sin conocerme; proyecciones que todas hacemos y algunas actúan con ganas. He habitado espacios donde el trato grupal ha rozado el acoso.
He sostenido neurosis ajenas y egos infinitos por encima de mi metro sesenta de estatura. Había que sobrevivir.
En mi vida privada he permitido de más, he comprendido lo incomprensible, he diseccionado mi dolor para buscar excusas que nadie me pidió. Me he exiliado de mí misma y de grupos, incluso amistosos, para no confrontar.
Me he mirado por dentro hasta casi entrar en autopersecución. Algún mal día llegué a creer la espuria idea de «recibes lo que emites».
Tal vez una estudia y se paga cursos de todas las materias para encontrar respuestas y evitar que te denominen gratuitamente victimista.
Pero basta.
Se acabó la pedagogía con quien no quiere aprender. Se acabó ceder mi voz, mi cuerpo y mi dignidad para sostener equilibrios que nunca fueron justos. No pasará ni un solo día más sin que me defienda.
Usaré las armas que tengo: mi escritura como trinchera, mi pensamiento como filo, la indagación como luz en mis sombras. Y si hace falta, alzaré la voz hasta que tiemble el aire.
Y si el caso extremo lo exige, usaré también mi fuerza física, porque mi cuerpo no es territorio de nadie más que mío. Y no es débil.
Simplemente estaba traumatizado y empequeñecido para no molestar.
Ya no soy la que huye: soy la que mira de frente. Lo juro; sin miedo.
Amiga, a ti que me cuentas susurrando un «he recibido tantísima violencia».
Que la menopausia te acompañe y tus mandíbulas sirvan para morder hacia afuera y no para partirte muelas por la noche de apretar en vacío.
¡Tira la férula de descarga y defiéndete!
Defiéndete con todas tus fuerzas frente a la agresión.
A mí no. A mí no más.
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso.

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