A veces no hace falta ser quien abusa para formar parte de una dinámica de maltrato. Basta con mirar hacia otro lado cuando sabemos perfectamente lo que está ocurriendo.
No quiero hablar solamente de la persona que trata mal, sino de algo más incómodo: qué hacemos quienes estamos alrededor cuando vemos una relación muy desigual o dolosa en la que se hace mal a otra persona delante de nosotras. Incluso se daña a alguien a quien apreciamos.
No deseo por favor dar lecciones sobre “cómo ser buena amiga”, o «una buena colega profesional» sino reflexionar sobre esa posición tan cómoda del espectador/a que se declara neutral mientras una persona queda sistemáticamente en una posición de inferioridad o dañada delante de tus narices.

Me interesa saber qué pasa dentro de nosotras cuando le decimos a una amiga o compañera :
Sí, yo lo vi.
Y no moví una uña.
La identificación con quien agrede: a veces resulta más fácil ponerse del lado de quien tiene más carácter, más seguridad o más capacidad para imponerse.
La desprotección de quien está más vulnerable: cuando una amiga o colega está pasando un mal momento, tiene menos recursos emocionales en esa época o simplemente su carácter es menos impositivo, podemos exigirle que “se defienda” en lugar de preguntarnos por qué estamos tolerando que alguien la trate así de mal.
El silencio como forma de participación: no intervenir no es exactamente lo mismo que agredir, pero tampoco es neutro cuando observamos repetidamente una dinámica de humillación, desprecio, ironía, exclusión manifiesta o sometimiento.

La excusa de “es que ella es así”: una frase muy frecuente para normalizar conductas que, si las viéramos desde fuera, nombraríamos como maltrato.
La amistad como complicidad: una pregunta que me hago mucho aquí es qué significa realmente ser amiga o compañera de alguien.
Si solo estamos cuando todo es agradable pero desaparecemos cuando hay que poner un límite a otra persona del grupo ¿qué clase de amistad o compañerismo estamos ofreciendo?
Algo que reflexiono también y me genera ruido es no convertir a la persona vulnerable en una criatura que tenemos que rescatar.
Quizá podemos acompañar a la amiga sin quitarle agencia.
La cuestión no es hablar por ella, sino no participar en una dinámica que la empequeñece.
No participar, repito. Señalarla, al menos.
No soltarle eso tan manoseado de «a mí no me ha hecho nada», «yo no estaba allí», «sí estaba pero yo no lo vi» «tú estás muy sensible».
Me pregunto un montón de veces por qué algunas personas nos parecen más defendibles que otras.
Estoy segura de que hay algo de estatus, personalidad y popularidad en cómo distribuimos nuestra empatía dentro de un grupo.
Y también me doy cuenta, prima, de las inercias afectivas.
Hay vínculos profesionales, amistosos, grupales, que sobreviven no porque hoy nos hagan bien, ni porque admiremos especialmente a esa persona, sino porque llevan mucho tiempo ahí.
Hay recuerdos compartidos, años, anécdotas, lealtades antiguas y todo eso genera una especie de continuum. “Es mi amiga” o es «mi compi» acaba funcionando como una categoría que ya no revisamos.
Y eso puede hacer que sostengamos comportamientos hacia nosotras o hacia otras personas que, si las replicara alguien recién llegada a nuestra vida, probablemente no toleraríamos.
Que alguien te comente después de una experiencia claramente abusiva “yo lo vi” tiene algo paradójico.
Por un lado valida tu percepción pero por otro deja en el aire una pregunta incómoda: si lo viste tantas veces ¿qué hiciste mientras estaba ocurriendo? ¿Por qué no me ayudaste?
No creo que la respuesta tenga que ser necesariamente confrontar cada episodio.
Pero sí hay una diferencia enorme entre no intervenir en un conflicto puntual y normalizar durante años una dinámica en la que una persona es sistemáticamente desacreditada, ridiculizada o colocada por debajo de otra.
Entendemos muy bien que en el acoso escolar infantil o adolescente hay agresor/a víctima y espectadores. Sabemos que los espectadores tienen un papel importantísimo.
Sin embargo, cuando somos adultos y ocurre algo parecido dentro de nuestras amistades o dinámicas laborales, pareciera que desaparece ese marco. Decimos:
“Son cosas entre ellas.”
“Ella es así.”
“Ya sabes cómo es.”
“Seguro que no lo hace con mala intención.”
«Déjalo pasar«
Y quizá estamos replicando exactamente lo mismo que criticamos cuando hablamos del bullying: convertir la conducta del agresor en una característica de personalidad y dejar que la persona que la recibe cargue con las consecuencias.
¿A cuántas de las personas que llamamos amigas, compañeras de lucha o de camino seguimos eligiéndolas hoy?
No cuántos años llevamos con ellas.
No cuántas cosas hemos vivido juntas.
No cuántos recuerdos compartimos.
¿A cuántas elegimos de corazón?
Y a cuántas somos capaces de espetarles claramente «eso que estás haciendo es totalmente inaceptable», «Para».
«No».
Por mí, por mis compañeras, no siempre por mí primera.
A veces, primero por ti.
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso.

Deja un comentario