LA PROFANACIÓN DE Washington DC

DEL ARCO GIGANTE A UN BÚNKER A PRUEBA DE BOMBAS NUCLEARES, LA ORGÍA DE OSTENTACIÓN ARQUITECTÓNICA CON LA QUE TRUMP QUIERE CONSTRUIR SU LEGADO.

Un salón de baile descomunal, un cuartel general militar de seis plantas, un helipuerto convertido en terraza para cócteles, un ángel dorado sobre un arco gigantesco que le rinde homenaje a sí mismo… Nuestro crítico de arquitectura deplora la mutilación de Washington a manos del presidente decorador en jefe.

Cuando tienes a un promotor inmobiliario como presidente de Estados Unidos, quizá esperes que se le dé un pequeño lavado de cara a la capital. Que se renueven algunos edificios, tal vez que se replanten algunos parques. Pero cuando quien está al mando es un constructor megalómano, las cosas pueden descontrolarse. Hace una década, cuando Donald Trump fue elegido presidente por primera vez, me pregunté qué podía significar para Estados Unidos estar dirigido por un magnate inmobiliario cuya carrera había dejado tras de sí un rastro de promesas incumplidas, compradores enfadados y pleitos interminables, con las normas burladas, el patrimonio pisoteado y el mundo salpicado de una flota de torres aspiracionales revestidas de una frágil pátina de lujo. La respuesta es peor de lo que podría haber imaginado.

 

Como si se tratara de una secuela hollywoodiense de pesadilla, Trump 2 ha liberado las verdaderas ambiciones arquitectónicas del presidente: El Imperio del Bling contraataca. Como autoproclamado decorador en jefe de Estados Unidos, Trump no solo ha supervisado la mutilación dorada de la Casa Blanca, sino que ha emprendido la Mar-a-Lagoficación de la propia Washington DC, aplicando su pincel dorado a las estatuas, embadurnando estanques con revestimientos de piscina que se descascarillan y preparando planes para un colosal arco triunfal, todo ello adquirido mediante una tormenta de contratos adjudicados sin concurso. Y, al más puro estilo de vendedor de dudosa reputación, este programa de construcción de abalorios está resultando ser un señuelo muy visible que distrae de los daños mucho más profundos que se están infligiendo en otros lugares.

El descomunal salón de baile de la Casa Blanca es hasta ahora el proyecto más emblemático del mandato de Trump: un almacén atiborrado de lámparas de araña concebido a una escala que haría sonrojarse a Ceaușescu. Erguido como una tarta nupcial excesivamente glaseada sobre un búnker de hormigón de varios niveles, es una construcción fanfarrona que oculta una paranoia profundamente arraigada: una sala del pánico envuelta en decadencia, donde un dictador asediado podría encerrarse.

«No interferirá con el edificio actual», prometió Trump el pasado julio, cuando anunció los planes. «No lo tocaremos». Tendría capacidad para 650 invitados y costaría 200 millones de dólares, financiados mediante donaciones privadas. Menos de tres meses después, sin esperar la aprobación del Congreso, derribó el histórico Ala Este y arrojó los escombros en un campo de golf público cercano (que también pretende remodelar). El salón de baile se hinchó, como si le hubieran inyectado una fórmula para ganar peso rápidamente, hasta alcanzar capacidad para 1.000 personas en un edificio cuyo volumen es tres veces el de la Casa Blanca. El precio también se ha triplicado hasta los 600 millones de dólares, de los cuales al menos la mitad correrá ahora a cargo de los contribuyentes.

 

Trump presumió de que su salón de baile será «más bonito» que Versalles, pero parece algo ensamblado a partir de los retales de un almacén de elementos clásicos, sin el menor respeto por la manera en que encajan las piezas. «Tiene todos los gestos reflejos del clasicismo», me dijo un antiguo funcionario de la Comisión de Bellas Artes (CFA), «pero no están integrados de una manera que tenga ningún sentido».

Una amplia escalinata ceremonial conduce a ninguna parte. Una majestuosa entrada con frontón ha sido desplazada hacia un extremo de la fachada oriental. Las columnas del pórtico se extienden a lo largo de cuatro filas de profundidad («La Corte Suprema tiene tres», señaló Trump. «Ningún otro edificio las tiene, y lo hice porque es increíble»). Las proporciones del salón están tan completamente desquiciadas que harán que la Casa Blanca parezca un cangrejo violinista descompensado, con el apéndice hinchado empequeñeciendo por completo al edificio original.

La escala inflada resultó demasiado para el arquitecto del proyecto, James McCrery II, siempre ataviado con pajarita, que protestó ante la naturaleza cada vez más monstruosamente frankensteiniana de los detalles clásicos que se estaban aplicando. Entonces entró en escena Shalom Baranes, cuyo estudio de DC ha gestionado contratos federales por valor de miles de millones de dólares, incluida la renovación del Pentágono tras los atentados del 11-S.

La experiencia de Baranes con instalaciones fortificadas ha resultado muy útil, dado que el proyecto ha evolucionado hasta convertirse en lo que Trump llama ahora «el Magnífico Salón de Baile y Complejo Militar». El salón de fiestas, confirmó el presidente en marzo, «se convierte esencialmente en un cobertizo para lo que se está construyendo debajo»: un búnker de categoría militar de seis plantas, dotado de un centro de mando y operaciones de emergencia, un hospital militar a escala completa, centros de telecomunicaciones seguras y salas de situación, todo ello servido por redes especializadas de tratamiento y filtrado del aire para proteger frente a amenazas biológicas, químicas y radiológicas. «Está pensado para el caso de un ataque nuclear», ha presumido Trump. «El hormigón es tan duro que no estoy seguro de que pudieran derribarlo».

Detrás de la cornisa desmesurada, el tejado del salón albergará un puerto para drones militares y un sistema de misiles de defensa antiaérea. Las imágenes hacen que parezca un portaaviones aparcado junto a la Casa Blanca. En el típico neolenguaje trumpiano, el proyecto ha pasado de ser un espacio para agasajar a dignatarios a convertirse en una «estructura de Seguridad Nacional desesperadamente necesaria» que debe completarse a cualquier precio.

Después de que varias sentencias judiciales paralizaran las obras, el Tribunal Supremo intervino recientemente para permitir que se reanudaran, aunque, reveladoramente, la resolución no hizo ningún comentario sobre la legalidad del proyecto. Pero las cuestiones planteadas ante los tribunales han dejado al descubierto hasta dónde creen los asesores de Trump que llega su poder absolutista. «Si el Gobierno decide, con mucha rapidez, derribar la Estatua de la Libertad», preguntó un juez, «¿no se puede hacer nada?». Un abogado de la Administración respondió: «Creo que es así, sí».

También se están realizando esfuerzos igual de agresivos para sacar adelante el segundo gran proyecto de vanidad presidencial: el gigantesco arco triunfal. Fue anunciado despreocupadamente el pasado octubre, con maquetas impresas en 3D expuestas en el Despacho Oval como si fueran souvenirs horteras. Está previsto que se eleve 250 pies —unos 76 metros— sobre Memorial Circle, una enorme rotonda situada en Columbia Island, en el río Potomac, en DC: un pie por cada año de independencia de Estados Unidos. Pero no hay ninguna ambigüedad sobre a quién pretende realmente honrar el imponente monumento. Cuando le preguntaron, Trump respondió sencillamente: «A mí».

«Será el arco triunfal MÁS GRANDE y MÁS BONITO», presumió en las redes sociales, «de cualquier lugar del Mundo». Ha citado precedentes romanos y «el de París», y añadió que su versión «lo superará en todos los sentidos». Curiosamente, pese a su afición por el régimen norcoreano, ha olvidado mencionar el Arco del Triunfo de Pionyang, construido en 1982 para conmemorar el 70.º cumpleaños de Kim Il-sung. Revestido con 25.500 bloques de granito blanco brillante, uno por cada día de la vida de Kim, su losa superior se eleva 10 metros más que la de Trump (aunque la de este está coronada por una estatua que añade otros 25 metros de altura a su vanidad). El Triumphbogen de Hitler, tampoco mencionado, habría tenido el doble de tamaño.

Para completar su cosplay napoleónico, el presidente ha contratado a Harrison Design, proveedores de ostentosas McMansions desde Atlanta hasta Los Ángeles, con el proyecto del arco dirigido por Nicolas Charbonneau, director del Sacred Architecture Studio del estudio. Charbonneau esbozó por primera vez la idea para ilustrar un ensayo publicado en abril de 2025 por el crítico conservador Catesby Leigh, titulado Washington Needs an Arch («Washington necesita un arco»). Proponía una estructura modesta de 60 pies, unos 18 metros. Trump se hizo con la idea y, con su irrefrenable pasión por agrandarlo todo, la multiplicó por cuatro.

Al igual que el salón-búnker, el arco ha ido creciendo y cargándose de ornamentación dorada —en una palabra, volviéndose más trumpiano— a medida que avanzaba el proyecto. El diseño definitivo, presentado el pasado abril, incorpora una Estatua de la Libertad de alas doradas de 60 pies —unos 18 metros— que brota de la cima como un remate de tarta sobredimensionado, flanqueada por dos águilas rechonchas. Incluso los aliados de Trump han sugerido que el diseño podría rebajarse. En una revisión de la CFA, McCrery, el primer arquitecto del salón de baile, recomendó eliminar cuatro leones dorados de la base del arco. «Son nobles, valientes y fuertes», señaló. Pero «no son de este continente». El arco debe celebrar únicamente los triunfos estadounidenses, y eso también se aplica a los animales.

El Servicio de Parques Nacionales ha determinado que el proyecto «afectará negativamente» a decenas de lugares históricos de DC, mientras que un grupo de veteranos de Vietnam ha presentado una demanda alegando que el arco será una indeseable «expresión de dominación», con su mirador cerniéndose sobre el Cementerio Nacional de Arlington. Ninguna de estas cuestiones parece estar suponiendo un obstáculo, y está previsto que las excavaciones arqueológicas preliminares comiencen pronto.

Los trabajos preliminares no auguran nada bueno. En julio se levantó una réplica del arco para la Great American State Fair, fabricada con madera contrachapada recubierta de vinilo blanco. Se deformó con el calor: sus superficies se ondularon y se desprendieron, mientras grumos de espuma expansiva rezumaban por su torcida cornisa. Inmediatamente recibió el apodo de «arco Temu», un nombre muy apropiado, dado que los adornos del Despacho Oval de Trump parecen haber sido adquiridos en el equivalente chino de ese mercado en línea, Alibaba.

El salón de baile y el arco recibieron decenas de miles de objeciones por parte del público, pero ambos proyectos fueron acelerados a través del sistema. Como me explicó el antiguo funcionario de la CFA, fue «muy inusual» que los proyectos conceptuales iniciales recibieran la aprobación definitiva sin que se hubieran resuelto los detalles. El salón de baile solo necesitó 12 minutos de deliberación. Y ha marcado el tono de lo que está por venir. No hay nada que un promotor inmobiliario deteste más que la burocracia, y Trump ha prometido simplificar las regulaciones en todos los ámbitos. Más allá de acelerar sus disparates arquitectónicos en DC, los cambios propuestos facilitarán las perforaciones, la instalación de tuberías y la construcción de centros de datos, todo ello en nombre de «recuperar el orgulloso legado de Estados Unidos como nación de constructores».

Oculto tras toda la polémica en torno a estos proyectos trofeo está el hecho de que la Administración ha tomado medidas para debilitar drásticamente la protección de edificios y paisajes históricos, desatando la apisonadora del desarrollo por todo el país. Los cambios en la Sección 106 de la Ley Nacional de Conservación Histórica reducirían la definición de lugares históricos, excluirían la consideración de las consecuencias «visuales, atmosféricas o auditivas» de los proyectos sobre lugares históricos y reducirían las obligaciones de consultar a las tribus indígenas y al público. Como señaló Brent Leggs, presidente del National Trust for Historic Preservation, esto «destriparía la conservación de nuestro patrimonio cívico y cultural compartido en Estados Unidos».

La ironía no podría ser más evidente. Trump se desgañita hablando de continuar la tradición estadounidense de construir monumentos, mientras debilita los mismos mecanismos que existen para proteger el patrimonio del país. Aun así, al recortar estas protecciones, al menos está allanando el camino para que sus propias incorporaciones puedan ser derribadas con la misma rapidez con la que fueron levantadas.

A juzgar por la calidad de la construcción hasta ahora, quienes en el futuro tengan que derribarlas quizá no necesiten mucha ayuda. El estanque reflectante del Monumento a Lincoln ha sido vaciado por segunda vez, después de que el revestimiento utilizado en la primera renovación, de 15 millones de dólares, empezara a desprenderse pocos días después de su finalización. A pesar de un nuevo sistema de filtrado destinado a mantener el agua en un impoluto tono «azul de la bandera estadounidense», unas enormes proliferaciones de algas lo convirtieron rápidamente en un pantano verdoso. Mientras Trump culpaba a los vándalos, documentos judiciales presentados por el Departamento de Justicia acabaron reconociendo que el fallo se debía a una renovación «precipitada y chapucera». «Tengo a un tipo que es increíble haciendo piscinas», presumió Trump, antes de adjudicar el contrato sin concurso a una empresa que había trabajado en su campo de golf de Virginia.

En otros lugares de la capital, la iniciativa «Safe and Beautiful» («Segura y bonita») ha supuesto un gasto de 76 millones de dólares en fuentes, 5 millones en dorar un par de estatuas ecuestres de The Arts of War y The Arts of Peace, 500.000 dólares en un único pedestal para exhibir la estatua de un destacado propietario de esclavos, que había sido retirada de Delaware en medio de las protestas de Black Lives Matter, y otros incontables actos de cirugía estética en nombre de limpiar la «cloaca» de DC.

The two Arts of War statues, «Valor» and «Sacrifice» were covered over for restoration and reguilding until the end of July. This photo, taken July 31, 2026 shows «Sacrifice» shortly after the newly regilded statue was uncovered. Arlington Memorial Bridge, Washington, DC.

Una de las joyas de la corona será el National Garden of American Heroes, para el que se han reservado 40 millones de dólares. Según la Orden Ejecutiva 13978, este parque de 250 estatuas «reflejará el esplendor sobrecogedor del excepcionalismo atemporal de nuestro país» frente al «imprudente intento de borrar a nuestros héroes, nuestros valores y nuestra forma de vida en su conjunto». La lista de personajes que serán homenajeados incluye propietarios de esclavos y otras figuras cuyas estatuas fueron derribadas tras el asesinato de George Floyd. Expertos en escultura calificaron el calendario propuesto de «completamente inviable» y advirtieron de que probablemente produciría obras «chapuceras y carentes de inspiración», sugiriendo que el único lugar con fundiciones capaces de hacer realidad un proyecto de esta escala y a esta velocidad sería China. ¡Que se prepare Alibaba!

La manía constructora de Trump lo consume por completo. Utiliza las ruedas de prensa para presumir de sus últimas reformas y ha hablado de que construir es «lo divertido» que hace para relajarse, entre secuestrar a presidentes sudamericanos, bombardear Oriente Próximo y acosar a Groenlandia. Pero personas del entorno de la Casa Blanca aseguran que su afición terapéutica se ha convertido en la prioridad política, un enorme drenaje de energía y recursos de la Administración.

El escritorio Resolute nunca había visto tantas muestras y catálogos: mármol para el cuarto de baño de Lincoln, cortinas doradas para el Salón Este o los adoquines de «un millón de años de vida útil» para el camino de entrada. Una lista de compras de la Casa Blanca que ya supera los 900 millones de dólares. El Despacho Oval parece la exposición de un promotor inmobiliario y, más recientemente, ha mostrado una maqueta de dos metros de la remodelación del aeropuerto de Dulles proyectada por Trump, valorada en 22.000 millones de dólares, con techos de espejos dorados y «el garaje más grande del mundo».

Cuanto más se acercan los autócratas a su final, más frenéticamente construyen. Nerón emprendió la construcción de un palacio dorado antes de verse abocado al suicidio. María Antonieta construyó una aldea de juguete antes de ser decapitada. Hitler examinaba planos arquitectónicos en su búnker durante sus últimos días. Trump está enterrado entre catálogos de accesorios y acabados, ocupado inspeccionando la ejecución de su helipuerto convertido en terraza para cócteles, mientras el país se desmorona a su alrededor.

Oliver Wainwright — The Guardian, 14/09/2026

Cortesía de Juan González Posadas

Sobre Juan Gonzalez Gonzalez Posada 36 artículos
Director de Museos y Exposiciones en Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Valladolid, desde enero de 2004. Además, es fundador/presidente de DDOOSS - Asociación de Amigos del Arte y la Cultura de Valladolid, desde enero de 1996. Anteriormente, fue Director de Comunicación y Desarrollo en Patio Herreriano. Museo de Arte Contemporáneo Español (Valladolid), de 2002 a 2004; y Coordinador de Comunicación y Actividades Culturales fuera de Cataluña de Fundación “La Caixa”, de 1988 a 1994, entre otros cargos.

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