Rebeca

Una historia puede perseguirte toda la vida como un perro fiel. Eso me sucede a mí con Rebecca, de Daphne du Maurier. Desde que vi la película de Hitchcock, el terrible cuento de esa casa con fantasma, de esa R mayúscula impresa en todos los objetos que le pertenecieron, en todos los seres que amaron a la primera señora de Winters, viene conmigo y se cuela a menudo en lo que escribo. La casa humanizada y perversa es mi personaje favorito y si además se disputa el papel de mala de la historia con alguien tan perturbador como la señora Danvers, tanto mejor.
Pero, ¿de dónde salió la novela que sir Alfred llevó a la pantalla para que tuviéramos una versión plástica de la narración pesadillesca de una mansión que se niega a quedarse sin fantasma?
Leo que en ella confluyeron varias circunstancias de la vida de la autora, hilos narrativos que confluyeron en Manderley. En 1928 Daphne du Maurier se encontró durante un paseo por un misterioso bosque de Cornualles con una casona llamada Menabilly, abandonada desde hacía tiempo. Se enamoró de ella como solo una domófila puede hacerlo y antes de salir por la puerta besó sus paredes y le juró que regresaría. Sin duda, aquella casa era un hermoso cadáver que se quedó enterrado en su memoria hasta que encontró el momento oportuno para resucitarlo. Por otro lado, una mañana la autora halló entre las cosas de su marido unas cartas de un antiguo amor, llamada Jan Ricardo. La R.de su apellido quedó grabada a fuego en su mente, a pesar de que su esposo le contó que aquella novia del pasado había acabado suicidándose. Quizás él no sabía que la vida real es solo una de entre todas las vidas que podemos llegar a tener. La muerta desconocida echó a andar en ese mismo instante en dirección a la mansión incendiada y tomó posesión de ella.
Así surgen a veces las historias.

 

Patricia Esteban Erlés

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