En mi tarea profesional a lo largo de décadas he escuchado con frecuencia a mujeres contarme que en procesos terapéuticos, en contextos informales también, les han señalado que tienen “relaciones difíciles con los hombres”.
Aparentemente, esta frase suena neutra. Pero cuando miramos de cerca qué significa en sus relatos, encontramos otra cosa: padres violentos, parejas que traicionaron la confianza recurrentemente, dinámicas de manipulación grave y continua, abuso emocional, control, humillación, o incluso violencia psicopática.
Abuso más superficial o «ligero» continuado en el tiempo como gota perenne en el mejor de los casos.
Nombrar todo esto como “relaciones difíciles” es un modo de minimizar y despolitizar el dolor y nuestras vidas.
Implica colocar la responsabilidad en la mujer, como si su dificultad fuera un problema individual de vinculación, en lugar de reconocer que lo que atravesó fueron contextos de violencia estructural, machista y patriarcal.
El lenguaje importa tanto, prima:
Como señala Adrienne Rich, “nombrar es un acto de poder”. Cuando no nombramos la violencia, sino que la reducimos a “dificultades relacionales”, perpetuamos el silenciamiento de las mujeres, amiga.
Desde una perspectiva sensible al trauma sabemos que los síntomas que aparecen en nosotras (ansiedad, hipervigilancia, desconfianza, dificultad para sentirse seguras en la intimidad) no son “rasgos de personalidad” ni “fallos en la manera de relacionarse”, sino respuestas de supervivencia al trauma vivido.
La sociología feminista ya nos ha contado acerca del «continuum de violencia»: la vida de muchas mujeres, a lo largo de todo el mundo, está atravesada por múltiples formas de violencia, desde lo más sutil a lo más brutal, y todas ellas dejan marca.
Por eso, cuando se dice a una mujer “tienes problemas con los hombres”, se invisibiliza lo esencial: que lo que ella ha experimentado son abusos de poder, relaciones desiguales y violencias normalizadas por el patriarcado.
Cambia la mirada, de la culpa a la comprensión, compañera. Es urgente.
No son “relaciones difíciles”. Son experiencias que afectaron a nuestra manera de confiar y vincularnos.
No es que «no sepamos estar con hombres”, o «llevar adelante una pareja», es que hemos sobrevivido en relaciones profundamente desiguales.
No es un “patrón inconsciente” que las mujeres repetimos por torpeza, es la consecuencia de haber crecido y vivido en un mundo que normaliza el abuso y castiga a las mujeres por ser la mitad de la humanidad.
La terapeuta feminista Jessica Benjamin recuerda que la capacidad de vincularse de forma sana surge en relaciones de reconocimiento mutuo, no en contextos de dominación. Si no hubo reconocimiento, sino violencia, el problema no está en nosotras: está en lo que hemos vivido.
Nombrar para reparar ha sido importante en mi camino.
Como dice Marcela Lagarde, “el poder patriarcal no sólo oprime, también roba el relato de nuestras experiencias”.
Recuperar las palabras correctas es parte de la reparación.
Decir “viviste violencia”, en lugar de “tienes problemas con los hombres”, es devolver dignidad y verdad a la experiencia de las mujeres.
Porque sólo cuando reconocemos la violencia como violencia podemos empezar a sanar e integrar.
No minimices, no patologices, no culpabilices en tu práctica profesional.
Lo último que necesitamos es que se nos catalogue de “complejas” a la hora de estar en una pareja heterosexual.
Amiga, a todas las personas (profesional, compañero o familiar), a todos los que varían el foco del asunto y se marcan un «blaming victim» para no asumir la situación real en que nos encontramos las mujeres y criaturas podemos gritarle:
“No patologices mi dolor. Señala su origen. No soy ‘difícil’: lo que ves es el residuo de la violencia vivida.”
“Deja de etiquetar mi carácter.
Nómbralo: es el eco de la gravedad de lo vivido. No soy el problema.”
“Mi malestar no es un defecto personal, es la huella de la violencia. No me llames loca, nombra lo que es.”
“Lo que llamas ‘dificultad’ es en realidad el residuo. Deja de poner la carga en mí y señala la raíz.”
Sé feminista, cariño. Sé feminista en tu práctica y tu vida.
Entender todo esto, a muchas nos salvó de la carga ominosa y del auto señalamiento.
Nos salvó, repito, y nos ayudó a defendernos.
Cuando las niñas venimos al mundo no somos seres complejos, extraños, incomprensibles.
Somos seres humanos como tú, José Antonio.
Buen día, otro día.
Por si sirve.
María Sabroso.
Obra de la artista Danielle.

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