Pena y dolor. Cuando al silencio lo rasga el sonido del teléfono, o al revés, un teléfono que no responde. Cuando una llamada o una falta de ella trastoca la vida para siempre, no hay remedio.
El duelo es un trayecto del que nadie sale impune. Una vez que se atraviesa la devastación se forja un nuevo ser con jirones de lo se era de antes, con lo que supone la experiencia doliente y con el giro personal que se quiera o se pueda dar.
Son decenas de víctimas las que se han ido en un accidente que no debió ocurrir. Son decenas de familias que han quedado rotas para siempre porque la fecha del veintiocho de octubre del 2026 resquebraja la memoria.
Por ellas y para ellas van nuestras condolencias. Por ellas y para ellas todo el respeto del mundo. Por ellas y para ellas, queremos saber qué ha vuelto a pasar y debemos exigir las responsabilidades a las que haya lugar. Porque nada es casual, porque la tecnología no es infalible pero no puede fallar tanto.
Y una última reflexión: ¿no será mejor llegar que ir tan rápido? ¿No será mejor disfrutar del paisaje que atravesar campos a doscientos por hora? ¿No será mejor vivir que crecer sin sentido?
No se me ocurre nada más que enviar un abrazo. A todas las madres, padres, hijos, hijas, hermanos, hermanas, novias, novios, amigos, amigas…
María Toca Cañedo

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