Tarde de sábado asurado en Santander. La semana ha sido especialmente dura, con pequeños incisos de tragedias que no llegan a tanto, solo son incomodos recovecos que la vida envía para probarnos que seguimos vivas y que no olvidemos lo que ese maldito cuento que es la biblia nos dice que la vida es valle de lágrimas.

Me he prometido descanso, asueto y calma. Hay un libro que espera hace días, con la paciencia silenciosa que tienen los libros que esperan. Lourdes, la dulce voz que suena a caramelo me dice que ha sido premio de novela corta de AMEIS. Lo publica Pie de Página y ambas cosas son garantía, me digo golosa porque hoy será el día que me ponga con él.
Lo escribe una tal Rosario López de la que nada sé. Prometo enterarme.

Me levanto tarde después de ojear prensa, una entrevista que me envía amigo y compañero que me intuye el gusto. El País pregunta a Nicolás Sartorius por pasados y presentes y me deleito en las respuestas del sabio que no ha perdido la cabeza como muchos de su generación manteniéndola lúcida, luminiscente y sobria. El joven de 87 años que sigue deslumbrando.
El libro sigue esperando. Como pronto porque soy muy europea cuando puedo y al acabar me dejo abrazar por el sofá de lectura, extiendo los pies en alto, abro las páginas de Todas las lluvias y empiezo a leer.

Una prosa lírica y hermosa va deslizando una historia que no es de vida sino es vida, latido ciego de alma sufriente que cuenta algo íntimo, callado, secreto como las lágrimas que derrama Rocío añorando abrazos y las frases de Aurora que ya no llegan porque murió produciendo una herida que supura y no cierra. Me encuentro con una ayudante de corrección, por más que Pilar la anime a que no haga caso de lo que dice el contrato, que se siente escritora sin escribir porque tiene que comer, pagar un piso compartido en una ciudad sin nombre, anónima como lo son las ciudades donde no se vive solo se duerme se traslada una del trabajo a algún sitio y donde las amigas en cuanto tienen hijos ya no son amigas porque se diluyen en la nada y no responden a los wasap ni a las llamadas ni cuentan cosas ni se ríen en complicidad. Una ciudad donde queda lejana la pelirroja que debería ser pelinaranja, Clara, la amiga cómplice que no respondió a la llamada de amistad de Facebook porque se ha casado, tiene hijos y quizá le quedó lejos la infancia compartida en columpios cuando estos aun eran grandes.

Lo que nos refleja la narradora de esta novela es un viaje a la profunda nada que es la depresión relatada con un lirismo poético tan bello como doliente. Y como buena poeta, a la lectora que sigue embrujada y abrazada por el sillón de lectura, se le abren las compuertas de la evocación y le asaltan dos niños pequeños que contemplan el programa infantil con arrobo mientras la madre -yo de tan joven que ni me reconozco- friega los platos en una cocina azul que se guarda entre los algodones de los recuerdos.
También salta al olvidado regazo de otra abuela refranera y cantarina, no tan dulce como la Aurora, pero brava y elocuente como la Modesta, con su mandil de alivio por lutos eternos que me habla también como la otra a Rocío, como si fuera persona y no la niña que se come sus palabras y las convierte en alma para siempre. Y me hace pensar que ser abuela salva mucho. Y ser nieta es grandeza sublime porque ellas, las abuelas, son las que nos enlazan con las viejas historias y nos salvan muchas veces del ahogo que nos impone el presente y el miedo al futuro. Ellas, la Aurora, la Modesta y tantas otras, son la tabla a la que asirnos cuando se nos abre el presente y aparece la sima de la oscura negrura que quiere devorarnos.

El hermoso paseo que damos por las páginas de la novela de Rosario López nos enseña algo que intuimos: caminar por el desvarío de la depresión sabiendo contar puede convertirse en el milagro de hacer buena literatura, a la vez que nos salva del desastre, de subsumirnos dentro de esa oquedad oscura que quiere triturarnos.
Es una novela hermosa por doliente. Es la historia que relata sin falsas piruetas la conciencia de algo tan duro como la depresión. Rocío quiere tener algo roto, que se note que no puede levantarse, ni trabajar, ni vivir. Se decepciona cuando los análisis están bien y solo tiene 37,4 grados de fiebre, que eso no es nada, le dicen y ella llora. Llora con el desconsuelo de no entender porqué siente que la muerte la pisa los talones y no entiende por qué…Y ese dolor la incrementa el malestar.

La Siemprefuerte está ahí, recordando que la vida y el éxito exige ser tormenta de continuo, no tener fisuras por donde se escape las lágrimas sin causa, ni querer dormir días y días, no tener ni hambre ni ganas de alimentarse y no poder contar porque se ignoran los motivos de porqué se está tan mal.

Este dolor del alma, la noche oscura de santa Teresa, la tragedia silenciosa de no saber vivir, de no poder enfrentar el duelo y anclarse en la vivencia que pasó, es algo tan duro como intangible, tanto que abre unas heridas invisibles que jamás curan. Que hacen desear el abrazo falso y atarse a un oso de peluche o a un marchito corazón de terciopelo que un raro te coloca en el pecho y no querer mirar a la vida ni un minuto más.

La novela Todas las lluvias ha ganado el Premio AMEIS de novela corta pero ganará el corazón de quien se introduzca por sus páginas conformando un sueño tan hermoso como doliente. El que camina por el alma de una sufriente que drena su tristeza insalvable escribiendo una pequeña obra de arte.
Ha caído la noche. Fuera ha empezado a llover, la surada ha parado en mi ciudad y es el golpeo de las lagrimas que caen del cielo las que me dicen que es mentiras ser fuerte, que lo normal es quebrarse, doblarse ante la vida y ante el duelo de quien se ha marchado con sus frases, sus triquiñuelas de una abuela eterna.
Y que escribir salva. Y que leer, también.
María Toca Cañedo©

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