Trump llegó a hacer un cameo en “Sexo en Nueva York”. Compró en 1989 una página de The New York Times para pedir que se restableciera la pena de muerte y se la aplicaran a cinco muchachos negros, acusados de violar y dejar en coma a una mujer blanca que corría por Central Park. En 2002 se descubrió que eran inocentes pero eso daba igual: nunca se disculpó con esos chicos. Trump ha pensado a menudo que bailar obscenamente al ritmo de Frank Sinatra o celebrar fiestas bochornosas, un remedo de las de Gatsby lo convertían en la encarnación de Nueva York, en una fálica torre gemela andante.

Y no.
Al candidato rival y ya alcalde electo solo le faltaba ser trans en la quiniela. Zohran Namdabi se cuela en el metro, denuncia que un tomate vale cinco dólares y un alquiler cinco mil quinientos. Sonríe. Práctica la horizontalidad, el optimismo combativo. Allí donde Trump se afana en instituir una jerarquía vertical, el “aquí mando yo” de un Dios iracundo, implacable y cruel, experto en plagas, un dictador del antiguo testamento, el nuevo alcalde se regodea con un baño de masas, habla con los ciudadanos, y sí, sonríe mientras truena “Sube el volumen, Donny”.
Siri Hudsvedt cuenta que una vez leyó que en un colegio neoyorquino se hablaban 67 lenguas diferentes. Pero se estima que hay 700 en esa torre babélica que es la ciudad que se ha rebelado contra el señor naranja que pensaba que era su propietario. Comprenderlo es fundamental. Tantas nacionalidades en convivencia exigen una mirada generosa, inclusiva, un diálogo abierto que haga de la diversidad un dignísimo sello distintivo.
Trump estaba de color calabaza el martes. Nunca ha entendido que Nueva York no era su coto de caza ni una mansión particular con vistas a Long Island. Vaya empacho de alegre libertad que le ha provocado el comunista islamista de treinta y pocos.
Y cómo lo hemos disfrutado, océanos mediante.
Patricia Esteban Erlés.

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